American Valhalla: El Crepúsculo de los Dioses

Lo único que tengo es mi nombre
Iggy Pop

California, desierto Joshua Tree. El sol baña una carretera bordeada por cactus espinosos. Una motocicleta levanta una estela de polvo tras su paso. El cielo salpicado de nubes posee un azul brillante. American Valhalla comienza con Josh Homme de Queens Of The Stone Age. El cantante reflexiona sobre el paso del tiempo, la vida y la muerte, los desafíos que los artistas deben asumir a la hora de realizar su trabajo. Sus palabras resultan reveladoras: “Si no arriesgas nada, no ganas nada”.

GÉNESIS DE POP POST DEPRESSION

Desde principios de década, la fortuna discográfica de Iggy Pop oscilaba en la cuerda floja. Llegado a una edad madura, se encontraba cómodo versionando clásicos franceses en Après (Thousand Mile, 2012). La crítica, como no podía ser de otro modo, lo acusó de haber entrado en decadencia. La imagen de Iggy en esmoquin interpretando a Jacques Brel no fue del agrado de sus fieles seguidores. Por otra parte, Ready To Die (Fat Possum, 2013) con los Stooges tampoco convenció a nadie. El peso de los primeros discos de la mítica banda de Detroit es demasiado grande; cualquier trabajo saldría perjudicado en comparación con la leyenda. Iggy tenía problemas con un miembro sin especificar del grupo; su liderazgo fue puesto en evidencia. Había llegado la hora de liquidar a la formación.

Ambos artistas llevaban tiempo barajando la posibilidad de trabajar juntos. Era evidente que la Iguana necesitaba nuevas ideas musicales, sangre fresca que lo sacara del bache creativo de los últimos años. Debido a diversos proyectos, Homme no se encontraba disponible. Iggy le envió un paquete postal con letras de canciones, poemas y dibujos; mucho de aquel material provenía de las aclamadas sesiones con Bowie a finales de los setenta. Homme quedó prendado al instante: la idea de grabar un álbum con su ídolo fue irresistible.

CREATIVIDAD EN EL DESIERTO

Homme reclutó a Dean Ferita, guitarrista de su banda, y al batería Matt Helders de los Arctic Monkeys, para el viaje. A todos les impresionaba la oportunidad de trabajar con Iggy. Durante varias semanas en los estudios Rancho De La Luna —en secreto, sin contrato de grabación ni presiones por parte de las discográficas—, el sudor, la búsqueda de la toma perfecta y una química especial entre los músicos, llenó el local de ensayo.

Apartados del mundo, viviendo juntos, la hermandad floreció en Joshua Tree. Pop Post Depression fue un disco oscuro, contemplativo, chirriante y polvoriento. Un trabajo crepuscular con un poso de nostalgia berlinés que lo vinculaba con los primeros álbumes en solitario de La Iguana. Conforme transcurrieron las sesiones, todos querían ofrecer el mejor producto posible. La creatividad fue tan grande que los hizo grabar “Sunday” en media hora cuando estimaban que les llevaría toda la jornada. Homme, implicado en las labores de productor, desde el respeto y la admiración, no dudaba en exigirle a Iggy lo mejor de sí mismo. Estimulado por el desafío, este se dejó la piel detrás del micrófono. El mejor ejemplo es “Paraguay”: un epílogo visceral, entre gritos y blasfemias, nacido de la improvisación. Al terminar la toma sus compañeros quedaron en estado de shock. Iggy no se había dejado dormir en los laureles.

EL ESPÍRITU DEL DUQUE BLANCO

Mientras mezclaban el disco en los Pink Duck Studios, Homme convenció a la Iguana para llevar a la carretera el futuro álbum: el público merecía escuchar aquellas canciones en vivo. Matt Sweeney (bajista) y Troy Van Leeuween (guitarra) fueron incorporados como músicos de apoyo. El primer día del ensayo de la gira fue planificado, y un reportero del New York Times estaría presente para cubrir el acontecimiento. Una inesperada noticia sacudió a Iggy la madrugada anterior: su amigo David Bowie había fallecido. Conmocionado, tomó un avión y se presentó en el estudio tal como estaba previsto. La Iguana se encontraba triste y vulnerable. Sus compañeros lo arroparon en todo momento y, pese a la terrible pérdida que había sufrido, la sesión fue un éxito. Los temas sonaron cortantes, duros y rabiosos. Puede que el espíritu del Duque Blanco se encontrara presente en el local.

PODER CRUDO EN ROYAL ALBERT HALL

Para sorpresa de todos, Pop Post Depression aunó a la crítica y al público, convirtiéndose en el mayor triunfo de la carrera discográfica de Iggy. Un elepé que, aunque no fue producido por Bowie, condensaba su esencia a la perfección. Del veintiocho de marzo al quince de mayo del 2016, durante veintiún conciertos a lo largo de Norteamérica y Europa, los músicos machacaron la carretera. Aparte del último disco, el grueso del repertorio estuvo formado por temas de The Idiot y Lust For Life (RCA Records, 1977) con el añadido de “Repo Man”, la misma que Homme escuchaba de forma obsesiva durante su adolescencia. Una de sus preferidas de la Iguana, tal como reconoce sin ambages.

Salas de tamaño medio, teatros y auditorios, registraron llenos absolutos; el público conectó con el grupo en una serie de salvajes conciertos. Iggy, a pesar de rozar los setenta años, se desenvolvió sobre las tablas con la energía que lo caracteriza: descamisado, retorciéndose, escupiendo y haciendo cortes de mangas a los presentes, zambulléndose entre las masas aunque la distancia del foso fuera mayor de la esperada. ¿Quién dijo que a la Iguana no le quedaba nada que ofrecer?

El bolo más importante de la gira se celebró en el Royal Albert Hall de Londres. El público vibró con la actuación y a Iggy casi hubo que sacarlo a la fuerza del escenario. Un doble directo —Pop Post Depression: Live At The Royal Albert Hall (Universal Music Group, 2016)— del evento fue publicado meses más tarde. El sonido es perfecto y la voz de la Iguana se encuentra en plena forma. Al finalizar el concierto, exhausto en los camerinos, Homme se sincera delante de la cámara: sus palabras son las mismas que escuchamos al principio del documental. El círculo se ha cerrado.

EPÍLOGO

Después de las dolorosas desapariciones de Lou Reed, Lemy Kilmister, David Bowie y Leonard Cohen, entre muchos otros, James Newell Osterberg puede ser considerado un auténtico superviviente. American Valhalla es un trabajo sincero, crudo y, sobre todo, humano. El retrato de un artista que, por muchas dificultades que se interpongan en su camino, se niega a arrojar la toalla. Un viaje de descubrimiento, de entrega, al que no se puede renunciar.

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