ARF 2017 (Mendizabala) Vitoria-Gasteiz

Dieciséis años, casi mayoría de edad y el Azkena Rock Festival (ARF) adopta nuevo formato, reorganización de espacios, nuevos escenarios de espíritu club, oferta de atracciones extramusicales pero de indudable conexión con el ADN musical del festival, búsqueda de nuevos públicos (este año se han visto más niños que nunca).

Todo traducido en una mejora de las zonas de descanso o restauración y una ampliación de la oferta musical que la convierte en inabarcable y sorpresiva con conciertos no anunciados como los de Crudo Pimento, Pablo Und Destruktion o Forastero y el deseo de que los “árboles nos sigan dejando ver el bosque” cosa que parece va por el buen camino con el anuncio de la primera banda para el 2018: The Beasts Of Bourbon. Ante sí el reto de consolidar los espacios de este año, la recuperación de un tercer día de festival o recoger el guante lanzado desde el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz sobre la presencia femenina en el festival.

Musicalmente nos quedamos con los momentos vividos en el escenario principal y en el más pequeño, de Fogerty e Isaak al escenario Trashville, de la pulcritud, los trajes, los vídeos, las grandes luces, las bandas de varios músicos, a las distancias cortas, al cuerpo a cuerpo, a los dúos a las one man band, a músicos que ocultan sus rostros con caretas de monos, esqueletos de vaca o protectores de soldador como los contagiosos The Cyborgs que nos pusieron a bailar sin respiro a ritmo de blues enfermizo y sucio que empezaba en Mudy Waters y terminaba en Hound Dog Taylor.

Por allí desfilaron el hombre orquesta King Automatic, Pelo Mono, Vurro, The Devils o Bob Log. Extremos que se tocan y se complementan para venir a un festival y poder estar en una sala.

Esta visita al escenario más taciturno del recinto hizo que nos perdiéramos a Graveyeard uno de los representantes de la embajada escandinava que todos los años visita el festival y que hizo repetir a unos Hellacopters que conservan su aura entre parte del respetable pero que quedan ya lejos de sus días de gloria, al igual que Bloodligths que, intentando rescatar el espíritu de Glucifer solo abandonan su monotonía cuando versionan a Billy Brag o The Damned. Todo lo contrario que Union Carbide Productions que deudores sin rubor de The Stooges y MC5 arman una coraza de sonido sucio y directo a la garganta sustentada en dos bajos con la que nos taladraron el cerebro a pesar del mal sonido que afectó sobre todo a la voz de Ebbot Lundberg que habíamos visto hace una semana con The Indigo Chldren en un registro totalmente distinto. La verdadera energía del festival.

Por la parte británica de origen en los 80, resisten The Godfathers con su “Johnny Cash Blues” o su biblia vital “Birth, School, Work, Death” y el malencarado, hasta cuando daban las gracias, superviviente Kevin Coyne pero a los que les quedó un poco grande el escenario principal. El mismo escenario donde naufragaron hace unos años The Cult que se sacaron la espina y cerraron el festival por todo lo alto con un Ian Astbuty pletórico demostrando que si quieren, todavía pueden ser una formación importante en directo.

Una de las propuestas fuera del rock de guitarras se centraban este año en el soul de Michael Kiwanuka que comenzando con una psicodélica “Cold Little Hart”, se acercó al funk ,al afro reggae, reivindicó su condición racial en “Black Man in a White World”, todo con un fondo soul realmente delicioso, perfectamente ejecutado con un sonido sedoso, dejando ver la cantidad de influencias de la mejor música negra que atesora este hombre, desde un Terry Callier hasta un Marvin Gaye, sin aspavientos escénicos para dejarnos en trance muy arriba en su final con “Love&Hate” y la sensación de haber recibido algo parecido a un masaje musical.

Psychotica era quizás la apuesta más arriesgada del ARF 2017 y así lo demostraron, formación inusual, sin batería, bases pregrabadas y focalizado en la figura de su cantante de Patt Briggs, más cerca de la performance que de los tics rockeros al uso. Realizaron un breve pero intenso set de sonidos góticos e industriales que muchos no entendieron y que la garganta de su cantante se encargó de finiquitar antes de tiempo.

John Cameron Fogerty tiene ya 72 años y no se separa nunca de sus camisas de cuadros ni de un cancionero mítico que, a pesar de tener una sobreexposición popular tremenda no se ha conseguido quemar. Tras una larga introducción de video de 10 minutos y una vez situados temporalmente en su música aparecieron los seis miembros de la banda con el propio hijo de Fogerty, Shane a la guitarra y encarar el pantanoso “Born on the Bayou” y enlazado el rockero “Travelin Band”.A Fogerty se le oía bien de voz pero mucho mejor a la guitarra como demostró en “ Green River” y el magnífico sonido, las evocaciones a Woodstock y “Who’Il Stop the Rain” completaban un inicio espectacular y dejaban un panorama de concierto pletórico como así fue.

Apoyado en la banda para los necesarios descansos a su voz se fueron sucediendo hit tras hit, canciones imposibles de no haberlas coreado o bailado antes, “Midnigth Special”, “Hey Tonigth” y “Lookin out my Back Door” saltando del country al gospel o al groove de “I Heard It Trough the Gravepine” en un recorrido por la música de raíz norteamericana al alcance de muy pocos y demostrando como se puede hacer un set de canciones eternos sin caer en el cliché dándoles brío y electricidad.

En el epílogo del concierto se vivieron los momentos más álgidos con “Have You Ever Seen the Rain” cantada por las 18.700 almas que le contemplaban.”Fortunate Son” nos mostró su lado más guitarrero retando a su propio hijo en un bonito duelo para irse a un bis donde “Bad Moon Rising”, “Proud Mary” y “Rockin All The World” nos dejaron en un estado en el que no se podía pedir más; bueno sí, que hubiera hecho “Suzie Q”.

Chris Isaak se presentaba siete años después, con la autoría de uno los mejores e irrepetibles conciertos de la historia del festival. Seguramente otro en su lugar hubieran repetido concierto y hubiera triunfado también pero Issak lo hace siempre desde el apabullamiento por la clase y la elegancia.

El savoir faire del cantante y su banda es tan contundente que, a pesar de moverse en un formato donde nada se improvisa, no hay margen para la sorpresa, se sabe casi de antemano los temas y como los vas a oír, su ejecución es hasta insultante por la sencillez con la que la practican. Da lo mismo que versionen “Ring Of Fire” “Petty Woman” o “I’ll Go Crazy” salteadas en mitad del concierto o que en su parte central haga sus joyas propias “Wicked Game”, “Blue Hotel” o “Go Walking Down There”, que deje a su batería cantar en algún tema o se atreva a cantar en español “La tumba será el Final” los 30 años de vida de la banda y la voz de Chris lo subyugan todo, lo seducen y lo conquistan.

“Two Hearts”, “Speak of The Devil” y “Baby Did Bad Bad Thing” nos acercan a su lado más oscuro, delicado y juguetón, enfundado en unos trajes imposibles que solo alguien muy seguro de si mismo es capaz de lucir.

Terminar tu concierto con los músicos en primera línea del escenario y con un medio tiempo ante 17.000 personas solamente es posible si dominas la delgada línea roja de la perfección.

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