Ayala – Si no lo creo no lo veo (Autoproducido)

Llevo semanas atrapado por la sinceridad, la crudeza, y la casi insultante fidelidad a sus propios sonidos, con los que Roger Ayala, de la mano de su inseparable banda, han sido capaces de plasmar en su primer largo que lleva por título Si no lo creo no lo veo.

Y es que aunque sea difícil de creer, sí señores. Dentro del pop independiente, y al otro lado de las melodías guitarreras, y de los sonidos cada vez más electrónicos con los que nuestras bandas se empeñan en jugar, existe un territorio a penas explorado que es el de los sonidos tranquilos, los envoltorios instrumentales, y la calidad y calidez de las ideas cristalinas. Un territorio más allá del que un día descubrieron grupos como La buena vida, o Family,  y que tantas bandas se empeñan en repetir, una aldea alejada de la densidad de la ciudad que hoy día saturan los “re-descubiertos” sonidos folk, un pobladito de diez canciones, en los que Ayala parece que ha conseguido el entorno apropiado para demostrar todo lo que son capaces de transmitir.

Un largo que comienza con un ligero coqueteo con el rock de los clásicos a través de su primera canción “el cantante elegante”, muestra de la potencia, y la dureza que también pueden hacer, a través de compactos ritmos de batería, y letras cortantes, pero que simplemente representa una fachada un poco ruda y fría, pues en cuanto el disco abre la puerta, es el calor del hogar y del corazón, el que te acoge con un estremecedor abrazo titulado “I más D”, y prolongado a través de “la primavera”.

Así que una vez dada ya la bienvenida, y sentados frente al fuego del salón, comienzan a surgir los grandes temas, las grandes melodías formadas a través de pocos instrumentos muy bien interpretados. Canciones en las que si su envoltorio es una burbuja sonora imposible de fragmentar, lo que se encuentra en su interior es aún mejor. Canciones que hablan de amistad, de frustraciones, e incluso que se atreven con temas sociales, tratados de una manera tan irónica, que ya ni sabes si se refieren a lo que uno cree, o es producto de la imaginación de uno mismo.

Pero la velada, como no podía ser de otra manera, sigue avanzando y va fenomenal, y es el vino, y el calor de la chimenea el que hace que la banda se desnude definitivamente a través de una canción de amor sin complejos titulada “Álex y Cristina”, que como todo amor bien hecho, comienza suave y tierno, y va ganado efusividad y potencia por segundos, para acabar convirtiéndose en una explosión controlada, cargada de percusión, y sonidos de guitarra, mientras los acordes del piano, la hacen única.

Tras la noche, un soleado amanecer es comparable a “por delante”, para finalmente despedirse con siete minutos de canción titulados “las torres mellizas” que por momentos vuelven a recordar al rock con el que comenzó el disco, haciendo de este modo un círculo, en el que resulta difícil no volver a presionar la flecha que indica “play”, más cuando no dejan de decirnos que estarán esperando.

Algo así como una especie de Drexler mejorado, y con intrusiones de sonidos e instrumentos puros, que sencillamente abren la cortina, para mostrar un paisaje, difícil de encontrar en nuestros días.

Una genialidad, creada por ellos de principio a fin, que te atrapa desde la belleza y la sencillez de su portada, y que forma una oportunidad inmejorable para dar un voto de confianza y apoyo, a la valentía y los sonidos de los más fieles e independientes.

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