Chucho (Joy Eslava) Madrid 30/09/16

La reencarnación de Chucho en 2013 fue una noticia que seguí con una intensidad y un fervor máximos. Aún recuerdo su concierto de regreso como una de las más bestiales demostraciones sobre un escenario de los últimos tiempos (leer aquí).

Este año, por contra, no vi venir un disco, Los años luz (16), que me dejó muy frío y con el que fui más que indulgente en su momento haciendo la reseña para esta misma casa. Disperso, con un sonido capaz de ahogar y deslucir cada una de sus canciones y lejos de las cimas alcanzadas por una carrera soberbia e intachable hasta ese momento, pese a las garantías de Fernando Alfaro y los suyos sobre las tablas, abría ante mí por vez primera algunas dudas ante la velada que me esperaba.

Chucho, reconvertido en tripleta original con Juan Carlos Rodríguez –que cambió bajo por guitarra- y Javier Fernández a la batería, junto a dos discretos y solventes músicos de apoyo a bajo y teclados, fueron quienes formaron el equipo con el que Fernando Alfaro irrumpía con su habitual trance escénico tan personal.

Poco tardé en sacar conclusiones: tras una aún desangelada “Mi anestesia” y dos inconmensurables “De aire” y “Cirujano patafísico”, llegó el grueso de canciones nuevas. Y, pese a alguna intolerable, indigna en grado sumo de la carrera de Chucho como “¡Viva Peret!” u “Oso Bipolar”, estaba claro que sobre las tablas las canciones de su último trabajo ganaban enteros notablemente; sirvan como mejores ejemplos las bonitas “Cosas hermosas” y “Un inmenso placer”, o las envenenadas y afiladas “Banderas negras” –uno de los momentos más inconmensurables de la noche, con una intensidad y atmósfera sobresalientes- y “Fuego fatuo”.

Conclusión: su último disco sale reforzado sin llegar ni de broma al genio de antaño y condenamos al ostracismo el tratamiento de sonido de los últimos discos ofrecidos por Alfaro –que incluye sin duda alguna sus dos discos en solitario, deslucidos por una producción excesiva el primero y dejada el segundo-.

Y, claro, cuando Fernando y los suyos tiraron del genio de temas como “Visión de rayos –x”, “Ricardo ardiendo”, “El detonador EMX-3” o “Revolución”, interpretadas con alma, entrega y emoción porosa, a la par que transmutadas en dolorosísima y dulce nostalgia en mi interior por tiempos pasados que se fueron, ya sabía que estaba ante otra noche inolvidable de una de las bandas de mi vida.

Un detalle que no me gustó fue el ninguneo a Koniec (04), disco que no me canso de defender en cualquier conversación musical que me lo permita. De él sólo sonó ese himno de los tiempos, más necesario que nunca, “La mente del monstruo”. Para los bises, Chucho reservó entre otros dos temas clásicos, la bello y exuberante “Un ángel turbio” y la inevitable “Magic”, cerrando un concierto en el que nos fuimos con la idea peregrina, imposible- y deseada pese a todo- de que “Lo mejor de nuestra vida está aún por ocurrir”.

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