Cocorosie – The Adventures of Ghosthorse and Stillborn (Touch and Go/Green Ufos)

Érase una vez una aldea llamada Ford Dodge, Iowa, en la que nació una niña de nombre Sierra. Dos años después y a muchos kilómetros de allí, en la paradisíaca isla de Hawaii, otra niña nació; se llamó Bianca. Las dos pequeñas eran hermanas y fueron educadas en un estimulante entorno de libertad artística. La historia de amor entre Timothy Cassady y Tina Hunter llegó a su fin y, contando 14 años, Sierra se separó de su hermana para ir a vivir con su padre. Pasó el tiempo, las niñas se hicieron mujeres y, tras una década de ausencia, volvieron a encontrarse en 2003. En un cuarto de baño de París jugaron a hacer música y allí dieron forma al maravilloso La Maison de Mon Rêve (04). Fin.

Así termina el cuento de hadas de Cocorosie. A partir de ahí las cosas empezaron a torcerse y, a manos de las siniestras exigencias de la industria musical, se les rompió la magia. Noah’s Ark (05) no respondió a las expectativas y ahora, con The Adventures of Ghosthorse and Stillborn, las hermanas Cassady intentan hallar de nuevo el camino. Aquí hay hip hop donde antes había blues pero, pese a todo, a Cocorosie les está costando horrores reinventarse.

Es este un disco de grandes contrastes. En él se dan cita desde los momentos más inspirados de su cancionero hasta los temas más flojos que han escrito hasta la fecha. En el primer grupo encontramos el enérgico inicio con “Rainbowarriors”, la espectacular “Promise” (así sonarían hoy en día Goldfrapp si tras en magnífico Felt Mountain (00) no hubieran perdido los papeles), el groove de “Werewolf”, las hermosas miniaturas de “Sunshine” y “Bloody Turns”, la candidez de “Houses” (firmada por Devendra Banhart) o la baza segura de la voz de Antony en “Miracle”. Sorprendentemente, la mejor canción del lote la encontramos en la pista escondida al final del disco, una “Childhood” que recupera a las encantadoras Cocorosie folk de su debut.

En el sector de cola tenemos la plúmbea “Animals”, la insulsa “Black Poppies” o “Japan”, un divertido calypso que naufraga cuando Sierra da rienda suelta a sus dotes operísticas; un recurso que, a lo largo de todo el disco, más que epatar, irrita. Esperaremos al próximo movimiento para decidir en qué dirección debe señalar nuestro pulgar.

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