Dominique A (Sala Arena) Madrid 10/06/16

Para capullos integrales como quien les escribe, ser una persona constante, regular, sin fisuras, capaz de mantener un nivel aceptable en cualquier empresa que afronte en su vida, es algo merecedor de todo elogio. Esta introducción viene a colación de reivindicar la figura de Dominique A como la de uno de los pocos artistas incapaz de dar un paso en falso discográfico o de ofrecer un directo que no sea como mínimo más que digno. Por supuesto, la noche del viernes en Madrid no iba a ser una excepción.

Las propuestas sobre las tablas del francés oscilan entre la de enfrentarse él solo al desnudo con su guitarra y pedales a un cancionero deslumbrante –mi preferida, no lo oculto- o la de hacerlo pertrechado por una banda, aportando en estas ocasiones un cromatismo detallista muy agradecido. Pues bien, en esta ocasión el formato que adoptó fue el de un cuarteto clásico de rock, acompañado de una segunda guitarra que según el tema se tornaba en teclados varios.

De entrada, el formato me descolocó al suministrar a las canciones un plus de rugosidad, aspereza y abrupta exposición. Hasta que me adopté a unas formas que no esperaba teniendo como referente más cercano el sensible y atemporal Éléor (15), me costó disfrutar de temas como “Hotel Congress”, “Cap Farvel” o “Semana Santa”.

Todo cambió con la llegada oscura y revisitada de un tema tan expansivo como “Tout sera comme avant”, que sonó poderosa y lírica a la vez, o canciones nuevas tan agradecidas como “Par le Canada” o un “Au revoir mon amour” que para mi desgracia cantaba más alto en mis orejas un descerebrado que el propio Ané.

Otros temas pretéritos que adaptaron con formidable prestancia “el lado gótico” nunca escondido de Dominique A fueron una portentosa “Pour la peau” y la deslumbrante belleza acongojante de “immortels”, sin atisbo de duda uno de sus temas más conmovedores, el cual finalizó con unos espasmódicos bailes dignos de Ian Curtis en estado de trance.

A esas alturas, estábamos ya ante otra noche memorable, ganada palmo a palmo, en un crescendo formidable de menos a más que estalló con dos bises imborrables para nuestro devenir musical en vivo. El primero, con un rescate tan celebrado como “La mémoire neuve” , la celebrada “Hasta que el cuerpo aguante” -ambas contenidas-, la rumbosa “La fin d’un monde” y, sobre todo, la explosión oscura asombrosamente bailable en la que convirtió su clásico “Le courage des oiseaux”.

Y, tras una ovación cerradísima, los cuatro músicos volvieron al escenario para interpretar un “L’ocean” que trasladó toda su agua a mis ojos –no pueden acometer semejante belleza a quemarropa y pretender salir ileso- y un crepuscular “L’horizon”, tan evocador e infinito como siempre, trasladándonos a través de una imaginaria línea de fuga a un lugar imposible donde nuestro presente, pasado y futuro convivieran en una agradecida paz.

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