Eduardo Guillot: Sueños Eléctricos. 50 películas fundamentales de la cultura rock

Las listas, de cualquier tipo, son el recurso fácil en estos tiempos de precipitación y digestión sencilla para ganarse un buen puñado de clics. No hay que estrujarse mucho las meninges: 13 cosas que no sabías delos mejores 15 discos delas mejores 100 películas… Todos los que nos dedicamos de una u otra forma a generar contenidos en la web sabemos que es lo que más atrae a la gente, y todos caemos  en la tentación a menudo. Además, seamos sinceros: cualquiera con acceso a Internet o un par de libros puede hacerlo. Sin embargo, lo que no puede hacer todo el mundo es darle una consistencia a la lista, una coartada intelectual, generar un discurso coherente dentro del cual la inevitable lista sea un recurso más, el final de una reflexión bien enhebrada o simplemente el resultado de concertar el análisis objetivo con los gustos personales del autor. Si se consigue todo a la vez, entonces estamos ya ante una obra que va más allá en la que la lista resulta casi la anécdota y que rechaza lecturas simplistas o en diagonal. Una obra que, aceptando su cualidad de objetiva, es capaz de esquivar las típicas reacciones apresuradas del tipo “me falta esta, me sobra aquella”. Este tipo de obras no abundan, porque tampoco lo hacen los autores capaces de darle a una simple lista esa patina juiciosa, esa exhortación a la reflexión pausada que las distinga de la maraña que nos invade cada día. Por todo ello este libro llamado Sueños Eléctricos, subtitulado 50 películas fundamentales de la cultura rock y editado por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) a finales del pasado año, es tan valioso.

Para empezar su autor es Eduardo Guillot (Valencia, 1967), una de las pocas plumas de este país que puede emprender un proyecto de este tipo y salir triunfante. No en vano estamos ante uno de los periodistas que mejor reúne en su persona el gusto y la erudición necesaria en campos de la cultura popular similares pero distintos como la música y el cine. Además de colaborar con numerosas revistas musicales y ser autor de diversas monografías (Ramones o Iggy Pop, entre otras), ha publicado también libros dedicados al cine, ha trabajado varios años para el Festival Cinema Jove y la Filmoteca Valenciana, y ha sido colaborador, director o jurado en diversos festivales cinematográficos.

Foto Eduardo Guillot

Guillot ha defendido en varias entrevistas esa dualidad entre la música, sobre todo el rock, y el cine. Considera que para ser crítico musical no hace falta saber de cine, pero en su opinión sí que es importante estar versado en la cultura rock a la hora de abordar muchas películas ambientadas en la segunda mitad del siglo XX con un mensaje juvenil, subversivo o simplemente que refleje la contracultura de su época. Él lo está, por supuesto, y por eso es capaz de marcarse un prólogo de 20 páginas, nada menos que un 10% del total del libro, solo por el cual ya vale la pena pagar su precio. Un excelente prólogo en el que relaciona la historia del cine hasta la Segunda Guerra Mundial, la irrupción de los teenagers como clase social autónoma con poder adquisitivo y necesidades de entretenimiento adultas pero diferentes a la de sus mayores, y el impacto que supuso la aparición del rock and roll. Explica los motivos por los que la cultura del consumo y el hedonismo encontraba en el nuevo cine de los 50 el vehículo perfecto para realizarse, y encuentra aplastantemente lógico que, una vez el rock pasó de ser solo un sonido a convertirse en una actitud, una forma de vida, ambas artes empezaran a colaborar para ofrecer a los jóvenes un producto destinado específicamente a ellos.

En el proceso de repasar la historia de dicha colaboración en cine y rock, Eduardo Guillot repasa en 50 películas fundamentales de la cultura rock multitud de títulos que, aunque no necesariamente musicales (aparecen mencionados Salvaje o Rebelde Sin Causa) sí que reflejan el modelo juvenil y rebelde que, creado a imagen y semejanza de la nueva generación, poblará las pantallas en las siguientes décadas. Tras marcar 1955 como el punto cero de las películas rock, el autor va desgranando su historia a través de una filmografía que incluye películas al uso y también los llamados biopics y rockumentaries, tan de actualidad. Lo hace con cierto orden cronológico, pero también agrupando por conceptos además de por épocas. Asistimos así a una exhaustiva enumeración de títulos, algunos más conocidos que otros, que desactiva inmediatamente cualquier tentación de analizar de una manera frívola y apresurada la lista posterior, los 50 títulos que se nos prometen desde la portada. Sí, a todos nos faltará alguno y nos sobrará otro, el mismo autor es consciente de ello y se ha lamentado posteriormente de ciertas ausencias, pero asistiendo a la lógica tras el proceso que da lugar a la lista uno no puede más que leer y disfrutar del camino sin apresurarse por la llegada. Eduardo, como no podía ser de otra manera, tiene sus bien fundamentados motivos para escoger su lista de 50, y uno no encuentra motivos para discutírselos porque en el ya tantas veces mencionado prólogo, que es casi un libro en sí mismo, los argumenta cabal y sobradamente.

Y llegamos así a la lista de las 50 películas fundamentales en la cultura rock. Una lista que no se limita a la simple enumeración de títulos. Para empezar cada película viene con su ficha técnica, como debe ser, donde además de lo habitual (director, actores, guionista, año, duración…) aparecen también los responsables de la música. La lista se abre, como no, con Semilla de Maldad, la película que inauguró el cine rock no tanto por temática (no era la primera vez que se hablaba de delincuencia juvenil, y además viene con moraleja complaciente y aleccionadora) como por el hecho de que sonara el “Rock around the clock” de Bill Haley & The Comets en los títulos de crédito, tanto al principio como al final, y por los tumultos que originó. Es evidente que, sesenta años después, nos puede parecer casi ridículo otorgarle carta fundacional del cine rock a un señor mayor con caracolillo a lo Estrellita Castro en el pelo, pero hay que recordar que estamos en 1955. Pongámonos en el lugar de aquellos adolescentes que se volvían locos en el cine cuando sonaba la canción: era el pistoletazo de salida para que ellos importaran, para que tuvieran un sitio dentro de la cultura popular. A partir de entonces la industria debería tenerlos en cuenta. Para su desgracia, la máquina de hacer dinero no solo los tuvo en cuenta sino que los asimiló y deglutió como ha hecho con (casi) todo lo que sonaba a nuevo, a furtivo…pero esa es otra historia

A partir de ahí el autor analiza en profundidad otros 49 títulos, que van desde las inofensivas películas de Elvis Presley, pasando por la ruptura que supuso la aparición en la gran pantalla de los Beatles y sus monerías, atravesando la era dorada de los musicales rock (los 70) hasta llegar a un siglo XXI en el que el cine rock, como el rock en sí mismo, ha quedado despojado de su entramado contracultural y revolucionario, pasando a ser un producto de consumo más. Así, no es de extrañar que dentro de la producción de los últimos años abunden los documentales sobre figuras atormentadas o exóticas (Daniel Johnston, Nick Cave, Ian Curtis, Rodríguez, Dylan), destinados a los que todavía quieren ver en la pantalla sino ya una revolución, que a estas alturas ya no sabemos si es posible, al menos una historia de desorden, de revuelta, de originalidad, de tibio enfrentamiento con la sociedad biempensante y aburguesada. Aunque ahora nos dediquemos a indignarnos en redes sociales desde el sofá, en lugar de arrancar la tapicería de los asientos del cine.

Los nombres que aparecen en la lista de 50 películas fundamentales de la cultura rock es casi lo de menos. Están muchas de las que todos tenemos en la cabeza, como Easy Rider, American Graffitti, Tommy, Fiebre del Sábado Noche, Quadrophenia, Granujas a Todo Ritmo, The Harder They Come… También documentales míticos hechos en todo o en parte a partir de grabaciones de conciertos: Woodstock, Gimme Shelter, Stop Making Sense o Last Waltz… Por supuesto habla del mockumentary por excelencia, This is Spinal Tap, de musicales al uso como Hair y de películas que fascinaron en su momento a los más frikis como Alta Fidelidad, The Wall o, en otro estilo, Blow-Up. Eduardo salta conscientemente por encima de títulos que pudieran parecer obvios si habláramos de musicales, películas como Cantando Bajo La Lluvia, West Side Story, Cabaret y similares. Pero claro, hablamos de rock, aunque el autor también manifiesta su voluntad de abrir el abanico de estilos hasta donde le sea posible, buscando además un cierto equilibro entre décadas. Esa intención pasa por descartar ejemplos similares a otros que figuran en el libro. Supongo que por eso está Hair pero no Jesus Christ Superstar, Fiebre del Sábado Noche pero no Grease, Rock Rock Rock! pero no The Girl Can’t Help It, o Alta Fidelidad pero no Escuela de Rock, y así con otros cuantos títulos. Pero ya dije que no valía la pena perder el tiempo con las ausencias, sobre todo porque muchas de ellas aparecen comentadas en el extenso prólogo, situadas en su contexto y convenientemente valoradas.

Estamos pues ante una obra que, a pesar de su brevedad (apenas 200 páginas) funciona no solo como una imprescindible obra de consulta para todo aquel que esté interesado en conocer detalles sobre nombres concretos, sino también ante un libro que puede leerse de un tirón como una documentada, argumentada y más que interesante introducción a la historia del cine rock. Apto además para todos los públicos, no solo para iniciados o expertos, aunque me imagino que lo disfrutarán más quienes fliparon con Anvil o Last Days que quienes consideren La La Land o Moulin Rouge como cimas artísticas del género en lo que va de siglo.

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