Entrevista: Parade

“Hay canciones, cantantes y grupos de los que me enamoro y me llevan a hacer música. Mientras eso me suceda, seguiré componiendo y escribiendo.”

No es un robot programado para hacer música con sus extraños cachivaches y conjurando extraños mecanismos, ni tampoco un ente comunal bajo el que se agrupan artistas estrafalarios que intentan revertir el pop de toda la vida para hacerlo más sencillo y digerible.

Es un enamorado de las canciones, de las tradicionalmente bonitas y de otras menos lustrosas a primera escucha, y sobre todo un apasionado de su trabajo, al que le dedica el tiempo que debe para crear trabajos radiantes y llenos de personajes extraordinarios y ritmos sorprendentes.

Si alguien no conoce el personalísimo universo de ParadeAntonio Galvañ de nacimiento, yeclano de nacimiento y adopción– debe saber que este maravilloso disco titulado Demasiado Humano puede captar su atención sin remedio ni vuelta atrás. Como los buenos caldos, su sabor permanece inalterable y persistente en el paladar. Él mismo hace con nosotros un repaso por estas nuevas y otras anteriores e igualmente imprescindibles canciones.

Sintetizadores, cajas de ritmo e imperfección, las referencias básicas de esta nueva entrega. Las mismas de siempre, se podría decir.

No lo entiendo así, ya que los últimos discos habían sido cada vez más acústicos, especialmente Amor Y Ruido (2013) donde aparecían baterías, guitarras acústicas y contrabajos. Para mí ha sido una especie de retorno a los inicios, enfrentándome yo solo a las canciones con mi colección de sintetizadores y el ordenador, sin límites a la hora de poner arreglos. Sin delegar, asumiendo toda la responsabilidad y tocando y cantando el noventa por ciento de lo que aparece en el disco.

Contrasta el título, Demasiado Humano, y la forma de hacer habitual, recurriendo a la electrónica para expresar sentimientos a veces demasiado cotidianos. Por el contraste entre la teórica frialdad del medio de expresión y lo realmente expresado.

Eso he intentado, usar elementos electrónicos que en un principio dan una impresión de frialdad y distanciamiento para transmitir emociones y hacer al oyente partícipe de estas.

También habría que decir, para que nadie piense que la cosa ha cambiado demasiado, que ahora se habla de motoristas fantasmas, inteligencias artificiales y otras historias increíbles. ¿El universo personal sigue ahí?

Las historias no son tan increíbles, la singularidad está cerca, como afirma Ray Kurzweil. Los robots dentro de poco serán tan indistinguibles de los humanos que ni la prueba Voight-Kampff que se usaba en Blade Runner será capaz de diferenciarlos. El Cementerio Nuclear en la Pequeña Ciudad es una historia real, Villar de Cañas está ahí para demostrarlo. La controversia entre puestos de trabajo y radiactividad está de plena actualidad. Yo no sé si hay Carteritas de Tanatorio, pero es muy plausible, las personas tendemos a olvidar nuestras pertenencias en esos momentos de dolor. Para mí lo que cuento son historias que no están hechas para epatar, son historias que me parecen cercanas y emocionantes, por muy fantástico que parezca el continente. La pérdida, la soledad y el amor que uso como base en casi todas mis canciones son la materia que nutre las canciones populares desde hace muchos siglos.

Después de ocho discos y de imponer un sello ya personalísimo, ¿se puede decir que este trabajo revela el lado más humano de Parade?

Es una colección de canciones unida por la producción sintética y el trabajo duro de un par de años de composición, selección y grabación. El título alude a lo que hablábamos de cómo la imperfección nos hace humanos, de cómo los sintetizadores analógicos son más cálidos porque fallan y algunas veces son imprevisibles.

¿Cómo se sigue uno alimentando, artísticamente hablando, para seguir creando esa especie de paraísos artificiales o nutrir la imaginación durante tantos años?

Hay historias que, de alguna manera, me tocan. Me llaman la atención y me conducen a letras que luego utilizo en las canciones. Hay canciones, cantantes y grupos de los que me enamoro y me llevan a hacer música. Mientras eso me suceda, seguiré componiendo y escribiendo.

¿“Traedme la cabeza de Philip K. Dick” es una reivindicación del autor o un ajuste de cuentas con su legado?

Es totalmente una reivindicación de autor, que me encanta, tanto sus libros como su azaroso y singular periplo existencial, lleno de paranoia y revelaciones. También hablo de cómo un libro o una película pueden meterse en tu cabeza y hacer que veas la vida normal a través de las ideas que te proporcionan. Las ideas de Philip K. Dick son muy persistentes y dejan mucho poso: la negación de la realidad física, la mentira, el engaño, el ansia de trascender, los replicantes, las historias alternativas… Maravilloso.

Otro título impagable es “Johnny Ramone, agente de la KGB”, donde le das un baño funky a la historia.

La figura de Johnny Ramone da para muchas canciones, con ese temperamento autoritario, despótico a veces, que tenía. Me pareció que unas ideas tan retrógradas encajaban mal en un grupo punk como los Ramones, por lo que intenté buscar una razón a tanta defensa de Reagan y las armas. Y enseguida me percaté del engaño: era un espía encubierto con la fachada perfecta. Me parecía demasiado obvio hacer una canción de estilo punk sobre un grupo punk, la verdad. Así que tiré para otro lado.

Por cierto, en ese tema le sacas bastante partido a las guitarras. ¿Nunca te has planteado hacer un disco con instrumentos más orgánicos, más acercado al pop tradicional?

En Amor Y Ruido había una utilización de la instrumentación acústica para hacer canciones pop. También un acercamiento a ciertos géneros tradicionales y populares, especialmente a la canción italiana y mediterránea, además un protagonismo de pianos y guitarras bastante importante. Como reacción a todo esto que te estoy contando nace Demasiado Humano, con sus colchones de sintetizadores, sus cajas de ritmos y las historias sobre pastelerías y bizcochos, sobre pandilleros y huidas.

El nombre de Parade siempre se ha asociado a artesanía, al máximo ejemplo del “háztelo tú mismo”. Por eso, al menos para unos cuantos, representas la más pura independencia, aunque no entres en ese circuito que todos sabemos.

Yo he sido independiente por necesidad. No me creo que nadie haga un grupo pop y no le guste que le escuche la gente. Mi deseo es ese, pero también hacer lo que me emociona de la manera que creo que es la más adecuada, sin presiones por parte de nadie. Hasta ahora he encontrado ese apoyo en los dos sellos discográficos que han editado mis discos: Spicnic y Jabalina.

Al final, muchos clásicos del pop están ahí, juntos y revueltos en tu música, aunque no nos demos cuenta.

Es que soy muy fan de los Beatles, de los Beach Boys, de ABBA, Kraftwerk, de Sigue Sigue Sputnik o Prefab Sprout, por ponerte solo un pequeño ejemplo. No puedo evitar que las escuchas que les he dado a sus discos no salgan por algún lado en mis canciones. Y no me importa, de verdad. Lo que no me gustaría es caer en la mera copia. Intento que no sea así, pongo mucho de mi parte.

¿Cómo se llevan al directo unos discos de estas características?

Somos tres músicos en directo, Jesús Galvañ (teclados y bases electrónicas), Eduardo Piqueras (guitarras) y yo con el piano y cantando. Además, tenemos una parte visualen forma de proyecciones de vídeo que acompaña cada canción.

Buceando en tu historial de colaboraciones recordamos el trabajo en el debut de Ibon Errazkin, otro outsider de lujo, aquella canción que grabaste con los paisanos de Iluminados y sobre todo el EP con Fernando Márquez “El Zurdo”, y nos parecen totalmente reivindicables aquellas versiones.

Fueron momentos muy intensos que dieron muy buenos resultados. Con Ibon Errazkin y Teresa Iturrioz también colaboré en el primer disco de Single, su grupo actual. Produje también el disco de 2009 de Kikí D’Akí, No Mires Atrás, para la discográfica Siesta.

Por cierto, y volviendo atrás de nuevo, ¿qué era exactamente un “Intonarumore’, el extraño título con el que bautizaste al recopilatorio de hace unos años?

Los intonarumori eran unos instrumentos inventados a principios del siglo XX por el pintor futurista y compositor Luigi Russolo. Eran unos cubos que contenían mecanismos que producían ruidos, cada uno con su propio altavoz. Con varios de estos cubos enormes montaba conciertos futuristas con chasquidos, zumbidos y golpes. La música del futuro según Russolo. Me hizo mucha gracia el invento y bauticé como Intonarumore a mi estudio casero, donde he grabado todos mis discos.

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