La Bien Querida – Romancero (Elefant Records)

La Bien Querida ha sido aupada desde todas las esferas a ser la nueva esperanza del indie-pop patrio. Unánimemente, figuras de la escena  (J y Antonio Luque entre ellos), plumillas y oyentes, quedaron irremediablemente prendados de unas canciones sublimes en su sencillez, sinceridad y espontaneidad.

Recalco que yo fui otro corazón deliciosamente afligido por Ana Fernández-Villaverde. Nada nuevo bajo el sol, pero una capacidad casi milagrosa que, basada en el menos es más, era capaz de darnos aire a través de la magia que consigue el pop alfarero sin tener por qué explicarse en basamentos técnicos o racionales. Unos arreglos bellos y simples vestían unos temas que, sin pudor, mostraban unas influencias (La Buena Vida,  Sr. Chinarro o Family) bien asimiladas y con un talento primerizo que uno se cree a pie juntillas, del que, quede claro, no dudaré nunca.

Su página en myspace y la mimada plasmación, con la ayuda de Horacio Nistal, en maqueta hace dos años de esos temas, han sido los pilares con los que La bien querida aseguraba un interés máximo de los fieles cara a su puesta de largo con Romancero (09). Bueno, pues, un desastre manifiesto que diría alguno.

Cuando se está acostumbrado a escuchar unas canciones de determinada forma, es difícil el ejercicio que supone acostumbrarse al producto final que nos encontramos enlatado. Pero, no nos engañemos, esto es algo sangrante. La producción de David Rodríguez (Beef) ha buscado premeditadamente huir de lo que eran las excelencias de unas canciones que ya estaban muy adentro de todos. Qué duda cabe que habrá polémica, enfrentamiento con la audiencia, esta discusión será típica en cualquier conversación en torno a Romancero (09). Afortunados los que se acerquen al disco sin la escucha previa de los temas en maqueta, no les dolerá tanto.

Formalmente el sonido abusa de probeta en un intento de aportar mayor personalidad y empaque huyendo de los lugares comunes; demasiado adorno superficial que trata de venderse como sutil y plegado al protagonismo de la voz de Ana sin conseguir engañarnos. Loable siempre querer sorprender e impactar, pero no robando la esencia, haciendo un ejercicio soberano de ingeniería genética a los mandos. Unas sesiones de laboratorio en busca de lograr hacer algo memorable, un nuevo Un soplo al corazón (93) o Heliotropo (73); y se nota demasiado esa preocupación, casi obsesión, a cada segundo. Eso quita frescura y calidez a, repito, las costumbres que ya habían arraigado en nuestra imaginería musical cotidiana.

Con el bisturí ya en la mano, es más fácil ver las carencias provocadas por el exceso en el trasunto creativo y la inventiva genial. “Ya no” es el primer esqueleto de nadería desmembrando melodías y ritmos, asesinando sin piedad lo que antaño fue. Cosa parecida ocurre con  “De momento abril”, que con el hilillo de un ritmo y cuatro palmas (mortal comienza a resultar la coartada del uso del flamenco en el indie como si siglos de tradición se resumieran tan burdamente) resbala clamorosamente, menos mal que el arreglo de cuerda de Mohamed Soulimane (Orquesta Arab) salva en clave andalusí la segunda mitad del tema de la desesperación total. Su mano sana, como una de las pocas excepciones, “El zoo absoluto” de atmósfera planetaria bien conservada. La emotividad chinarra de “Corpus Chirsti” muta en capas electrónicas de filtro ensoñador que también puede salir airosa del desaguisado.

Algunos temas novedad en Romancero (09), bien por no estar acostumbrados a sus excelencias, o bien porque no hacía tanta falta ensañarse en busca de un hito patrio, brillan por momentos. Ahí está “Siete medidas de seguridad”, bien construida, con el marchamo de canción y donde se asimila por igual la guitarra, ahora sí, flamenca de Juan Antonio Grimaldos con las melodías vocales de David y Ana y la flauta ululante que la mece. “A.D.N.” es una bella postal lánguida a destacar, a pesar de que Joe Crepúsculo se pasó por allí para hablar por encima. La voz debió filtrarse accidentalmente y no se percataron en la mezcla. O eso, o es que era tan necesario ese nombre en el libreto como lo eran Satrustegui o Calderé en la  Selección Española de los mostachos.

¿Más desaguisados mayores o menores quieren? Uno menor: la pura asepsia en que queda convertida “Santa Fe” (qué cool queda cambiar “Ahí” por “Madrid”, ¿eh?) cuando sus arreglos y guitarra nos habían dado tanto en maqueta. Otro mayor: haber dejado fuera un tema tan hondo como “Monte de piedad” o tan balsámico como “Actitudes espectrales”; y el más descomunal: haber convertido su emblema más emocionante en ese insulto de electrónica ratonera a lo Chico y Chica que es “9.6”. Sacrilegio injustísimo.

¿Por qué esto, de verdad, por qué?

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