CRÓNICA CONCIERTO
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James Brown
La Riviera [Madrid]
03 de Junio de 2002 - Darío Prieto
Un tema – “Please, please, please” –, un coro de cuatro bellezas cantando “no James, no te vayas, por favor”, un hombre de rodillas, exhausto y un primo de Sammy Davies Jr. pero sin bigote que sale desde atrás con una capa de lentejuelas rojas y brillantes para cubrir a ese hombre. Y James Brown, que es nuestro hombre en cuestión, que se levanta para retirarse, pero... no, se quita la capa, vuelve y se queda allí, sudando, secándose con una toalla, repitiendo sin parar “fonki” y que no se va... a sus 69 años.
Un servidor tiene que reconocer que acudió a la Riviera (sold out, por cierto) con esa curiosidad morbosa de “voy a ver lo que hace este hombre antes de que casque y así puedo contarlo” (luego caen los de 20 y 30 como moscas, por cierto, también), esperando ver sólo un espectáculo esperpéntico-patético, con unos músicos de puta madre y todo eso. Pero es que, a pesar del numerito de la capa (luego se puso otra verde), se trata de cosas que James Brown SI que se puede permitir; en él no resulta gratuito. ¡Si es que en determinados momentos había más de 20 personas en el escenario! Todo el feelin’, todo el groove y todos los anglicismos que queráis.
Una música magnética, cálida (sudorosa, mejor) y una máquina (la banda), perfectamente engrasada por un técnico (Brown), que si bien se marcó unos pases de baile, se dedicó más que nada a dirigir a los dos guitarras, dos bajos, tres percusionistas, dos trompetas y dos saxos que componían su troupe. Luego hay que añadir las Bittersweets (las coristas), dos bailarinas (una de ellas, española, se marcó un rap chungo sin venir a cuento), otro vocalista y el introducer, el primo de Sammy, vestido de blanco repitiendo “yeinnnnsbraaauunnnnn” sin parar. Vamos, que aquello hervía.
A veces, el abuelo James (al final del concierto todos le cogimos un poco de cariño), hacía de director caprichoso y travieso y cortaba las canciones para acabarlas como Dios manda y otras se iba hasta su viejo Hammond a marcarse unos acompañamientos. Enfundado en un traje rojo (brillante, como no), le decía al oído a una de las Bittersweets que se marcase un “Respect” de Aretha Franklin. Pícaro y juguetón como en sus tiempos mozos; paranoico y folclórico, James Brown encarriló el final del concierto con los hits que todo el mundo esperaba: “It`s a man’s man’s world” (preciosa), “I feel good” y un polvo de catorce minutos llamado “Sex machine”.
Alguien me dijo una vez que cuando ves un concierto de “Dinamita” Brown acabas tú igual de jadeante que él. Y eso si no bailas, lo cual, el pasado jueves, era sencillamente imposible.
Un servidor tiene que reconocer que acudió a la Riviera (sold out, por cierto) con esa curiosidad morbosa de “voy a ver lo que hace este hombre antes de que casque y así puedo contarlo” (luego caen los de 20 y 30 como moscas, por cierto, también), esperando ver sólo un espectáculo esperpéntico-patético, con unos músicos de puta madre y todo eso. Pero es que, a pesar del numerito de la capa (luego se puso otra verde), se trata de cosas que James Brown SI que se puede permitir; en él no resulta gratuito. ¡Si es que en determinados momentos había más de 20 personas en el escenario! Todo el feelin’, todo el groove y todos los anglicismos que queráis.
Una música magnética, cálida (sudorosa, mejor) y una máquina (la banda), perfectamente engrasada por un técnico (Brown), que si bien se marcó unos pases de baile, se dedicó más que nada a dirigir a los dos guitarras, dos bajos, tres percusionistas, dos trompetas y dos saxos que componían su troupe. Luego hay que añadir las Bittersweets (las coristas), dos bailarinas (una de ellas, española, se marcó un rap chungo sin venir a cuento), otro vocalista y el introducer, el primo de Sammy, vestido de blanco repitiendo “yeinnnnsbraaauunnnnn” sin parar. Vamos, que aquello hervía.
A veces, el abuelo James (al final del concierto todos le cogimos un poco de cariño), hacía de director caprichoso y travieso y cortaba las canciones para acabarlas como Dios manda y otras se iba hasta su viejo Hammond a marcarse unos acompañamientos. Enfundado en un traje rojo (brillante, como no), le decía al oído a una de las Bittersweets que se marcase un “Respect” de Aretha Franklin. Pícaro y juguetón como en sus tiempos mozos; paranoico y folclórico, James Brown encarriló el final del concierto con los hits que todo el mundo esperaba: “It`s a man’s man’s world” (preciosa), “I feel good” y un polvo de catorce minutos llamado “Sex machine”.
Alguien me dijo una vez que cuando ves un concierto de “Dinamita” Brown acabas tú igual de jadeante que él. Y eso si no bailas, lo cual, el pasado jueves, era sencillamente imposible.
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