CRÓNICA CONCIERTO
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Matt Elliott + Many Fingers
Café España [Valladolid]
13 de Mayo de 2005 - Diego Alonso
Matt Elliott siempre ha sido un visionario con especial debilidad por los rincones más oscuros de la psique humana, un camino sin retorno que ya comenzó a recorrer con Flying Saucer Attack y The Third Eye Foundation. Ahora, despojado del sadismo deliberado y formidable de aquellos proyectos, Matt Elliott ha abandonado toda autoindulgencia y está finalmente dispuesto a tocar fondo. Su música tiene mucho de crueldad nietzscheana, aunque también el aire decadente de los himnos soviéticos y el romanticismo solemne de los coros de borrachos. Sin embargo, trasciende la torpe dicotomía alegría/tristeza porque nace de un abismo mucho más profundo, del abismo donde habita lo innombrable, usando la terminología de Lovecraft.
Desde la sobrecogedora elegía de "The Kursk" hasta la monstruosa mutación drum & bass de "The Maid We Messed", la actuación de Matt Elliott fue una perturbadora letanía ancestral, un desfile de muertos cantando a los vivos o de vivos cantando a los muertos. Reconstruyendo las canciones mediante la superposición infinita de loops grabados en tiempo real, con la ayuda de Chris Cole al cello y a la batería, Matt Elliott logró recrear una atmósfera de otro mundo, simultáneamente fascinante y repulsiva. Y, ciertamente, había algo de sobrenatural en la manera en la que manipulaba su propia voz para convertirla progresivamente en un escalofriante coro espectral que esparcía cientos de lamentos por toda la sala. O en el modo en el que las hipnóticas melodías de guitarra, aparentemente familiares, comenzaban a enrarecerse de manera casi imperceptible.
A pesar de la cadencia solemne y de los extensos desarrollos de sus canciones, la actuación mantuvo en todo momento un nivel de tensión casi doloroso e indescriptiblemente lúcido, finalizando con los más de veinte minutos de profanación ruidista de “The Maid We Messed”, un epílogo abrumador y forzoso para un viaje insondable.
Antes de participar en el descenso a los infiernos de Elliott, Chris Cole (a.k.a. Many Fingers) ofreció un bienintencionado aunque en última instancia inofensivo ejercicio de clicks & cuts, minimalismo y electrónica deconstruida, con algunas interesantes texturas de inspiración jazzística. Una mera anécdota, en cualquier caso, frente a la increíble magnitud de la obra por llegar.
Desde la sobrecogedora elegía de "The Kursk" hasta la monstruosa mutación drum & bass de "The Maid We Messed", la actuación de Matt Elliott fue una perturbadora letanía ancestral, un desfile de muertos cantando a los vivos o de vivos cantando a los muertos. Reconstruyendo las canciones mediante la superposición infinita de loops grabados en tiempo real, con la ayuda de Chris Cole al cello y a la batería, Matt Elliott logró recrear una atmósfera de otro mundo, simultáneamente fascinante y repulsiva. Y, ciertamente, había algo de sobrenatural en la manera en la que manipulaba su propia voz para convertirla progresivamente en un escalofriante coro espectral que esparcía cientos de lamentos por toda la sala. O en el modo en el que las hipnóticas melodías de guitarra, aparentemente familiares, comenzaban a enrarecerse de manera casi imperceptible.
A pesar de la cadencia solemne y de los extensos desarrollos de sus canciones, la actuación mantuvo en todo momento un nivel de tensión casi doloroso e indescriptiblemente lúcido, finalizando con los más de veinte minutos de profanación ruidista de “The Maid We Messed”, un epílogo abrumador y forzoso para un viaje insondable.
Antes de participar en el descenso a los infiernos de Elliott, Chris Cole (a.k.a. Many Fingers) ofreció un bienintencionado aunque en última instancia inofensivo ejercicio de clicks & cuts, minimalismo y electrónica deconstruida, con algunas interesantes texturas de inspiración jazzística. Una mera anécdota, en cualquier caso, frente a la increíble magnitud de la obra por llegar.
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