RESEÑA DISCO
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Squarepusher - UltravisitorWarp |
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18 de Julio de 2004 - David Mas
Ha vuelto el bajista hípervitaminado, el hombre orquestra por excelencia, el músico que a cada uno de sus giros nos sorprende con una nueva interpretación de lo que es un tema en el siglo veintiuno, el miembro menos razonable de un sello explícitamente razonable. Tom Jenkinson (aka Squarepusher), amigo del alma de otra luminaria del mundo de la electrónica, me refiero a Richard D. James -el artista que limpiaba sus ventanas con saliva-, aterriza con un nuevo compendio de arquitectura rítmica (aunque esta vez parezca más bien un móvil a lo Calder).
Jenkinson ha redescubierto su bajo (eléctrico o fender), parece como si después de unos años de aventuras en la jungla dadaísta, entre lianas de cableado eléctrico y cacharros cubiertos de enredaderas, haya querido rendir homenaje al que ha sido mínimo común denominador de todos sus discos, el monstruo de cuatro cuerdas. Aquí el bajo predomina, aparece deformado, mutilado y desfigurado, su intérprete nos lo presenta ya no como el instrumento estándar que es, sino como un rico objeto sonoro.
Multiplicando su paleta tímbrica, Jenkinson esboza un retrato expresionista de su instrumento como lo haría un Egon Schiele o un Lucien Freud, recreándose en todos sus feísmos atonales (exagera los punteados, y todos sus ataques a las cuerdas), para redescubrírnoslo desnudo y frágil. Explorando a cada pista sus diferentes sonoridades, como quien se explora a sí mismo, parece querernos demostrar que, finalmente, su bajo es un instrumento sin identidad, solipsista y mudo, obligado a expresarse en boca de otros (necesita de apoyo electroacústico para ser oído). El sonido del bajo nunca es igual a sí mismo porque carece de un sonido, fatalmente condicionado por sus apéndices eléctrico-mecánicos y digitales (micrófonos -pastillas-, cableado, pedales de distorsión, plugins digitales, amplificador, etc.), es puro simulacro, una copia sin referente alguno en el que reafirmarse, un poema sonoro que gira alrededor de lo que se entiende por identidad, el instrumento sin atributos (50 Cycles, An Arched Pathway, C-Town Smash, Andrei, Steinbolt).
Squarepusher avanza hacia la nada, deambula por sus particulares caminos de bosque. Flotando sobre su particular magma sónico”Telluric Piece” se debate entre el paisajismo poético de Tommib Help Buss (mención especial), su característico stacatto hípercusivo (Ultravisitor, Menelec, Steinbolt siempre homenajeando a su adorado jazz fusión setentero), el neoclasicismo de “Andrei” o “Everyday I Love”, el naturalismo melodramático de “Circlewave” o “Iambic 9 Poetry” y la experimentación con los silencios y las texturas a lo Stockhausen en “I Falcrum” -al empezar- y “Telluric Piece”.
Un disco ecléctico, nada lineal y muy sincero (aunque algo autocomplaciente a veces), como una invitación a pasear felizmente por su jardín -o por todo lo que pasa por su cabeza-, a salto de mata, a modo de unos “ultra-turistas” en constante estado asombro y desconcierto. Lo que tenemos ante nosotros es una especie de diario íntimo, una lectura en la que Jenkinson nos muestra sus múltiples peculiaridades, obsesiones y sombras de forma madura y franca. A partir de ahora podremos llamarle Tom, a secas.
Jenkinson ha redescubierto su bajo (eléctrico o fender), parece como si después de unos años de aventuras en la jungla dadaísta, entre lianas de cableado eléctrico y cacharros cubiertos de enredaderas, haya querido rendir homenaje al que ha sido mínimo común denominador de todos sus discos, el monstruo de cuatro cuerdas. Aquí el bajo predomina, aparece deformado, mutilado y desfigurado, su intérprete nos lo presenta ya no como el instrumento estándar que es, sino como un rico objeto sonoro.
Multiplicando su paleta tímbrica, Jenkinson esboza un retrato expresionista de su instrumento como lo haría un Egon Schiele o un Lucien Freud, recreándose en todos sus feísmos atonales (exagera los punteados, y todos sus ataques a las cuerdas), para redescubrírnoslo desnudo y frágil. Explorando a cada pista sus diferentes sonoridades, como quien se explora a sí mismo, parece querernos demostrar que, finalmente, su bajo es un instrumento sin identidad, solipsista y mudo, obligado a expresarse en boca de otros (necesita de apoyo electroacústico para ser oído). El sonido del bajo nunca es igual a sí mismo porque carece de un sonido, fatalmente condicionado por sus apéndices eléctrico-mecánicos y digitales (micrófonos -pastillas-, cableado, pedales de distorsión, plugins digitales, amplificador, etc.), es puro simulacro, una copia sin referente alguno en el que reafirmarse, un poema sonoro que gira alrededor de lo que se entiende por identidad, el instrumento sin atributos (50 Cycles, An Arched Pathway, C-Town Smash, Andrei, Steinbolt).
Squarepusher avanza hacia la nada, deambula por sus particulares caminos de bosque. Flotando sobre su particular magma sónico”Telluric Piece” se debate entre el paisajismo poético de Tommib Help Buss (mención especial), su característico stacatto hípercusivo (Ultravisitor, Menelec, Steinbolt siempre homenajeando a su adorado jazz fusión setentero), el neoclasicismo de “Andrei” o “Everyday I Love”, el naturalismo melodramático de “Circlewave” o “Iambic 9 Poetry” y la experimentación con los silencios y las texturas a lo Stockhausen en “I Falcrum” -al empezar- y “Telluric Piece”.
Un disco ecléctico, nada lineal y muy sincero (aunque algo autocomplaciente a veces), como una invitación a pasear felizmente por su jardín -o por todo lo que pasa por su cabeza-, a salto de mata, a modo de unos “ultra-turistas” en constante estado asombro y desconcierto. Lo que tenemos ante nosotros es una especie de diario íntimo, una lectura en la que Jenkinson nos muestra sus múltiples peculiaridades, obsesiones y sombras de forma madura y franca. A partir de ahora podremos llamarle Tom, a secas.
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