RESEÑA DISCO
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Sr. Chinarro - El Fuego AmigoEl Ejército Rojo / RCA |
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02 de Marzo de 2005 - Héctor Blanco
Con clara vocación de accesibilidad se muestra Antonio Luque en su primer disco para El Ejército Rojo, el subsello de RCA propiedad de Los Planetas. ¿Redundará esto en que un álbum que, digámoslo ya, enamora obtenga el reconocimiento popular que en un mundo ideal se merecería? Francamente, no lo sabemos, aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas. ¿Cuántas veces se ha repetido que la expresión “lógica de mercado” es una contradicción en términos?
Musicalmente, recoge los bajos melódicos y las guitarras en primer plano (¡esa gracilidad a lo Johnny Marr de “Morado” y “El rayo verde”!) del disco anterior, El ventrílocuo de sí mismo, pero la voz abandona el recitado y retoma las melodías y los estribillos. Y de qué manera. Las palabras de Stephin Merritt “sólo quiero que un estribillo me haga creer que he pasado tres minutos entre las volutas de un sueño” se encarnan aquí en todas y cada una de las canciones. La producción, de J, es cálida y espaciosa, los arreglos son como cuando una chica guapa se pone la ropa que mejor le queda, y la voz de Luque no había sonado nunca tan... hechicera.
Las letras, por su parte, oscilan entre la viñeta cotidiana de vida en pareja de la primera canción, “Dos besugos”, y los preciosos chispazos líricos que deslumbran aquí y allá. No me resisto a copiar este apunte de “El cabo de Trafalgar”: “Frente al oro de los barcos hundidos, / mis monedas son restos de la noche anterior”. Luego, claro, están el humor y la ternura con que Luque nos desarma con la confesión de eterno adolescente, a lo Woody Allen, “Estoy enamorado y muy nervioso y muy locuaz”. Y esa frescura y gracia naturales que llevan a uno a querer ser amigo suyo y a acordarse de Kiko Veneno en “El rito”. Gracias, maestros.
Mencionar como un reproche la cercanía a los sonidos de Los Planetas (ese gran grupo, por cierto, que parece que a la gente se le está olvidando esto) en la dulcísima “Remordimientos” o “El rayo verde” es olvidarse no sólo de las múltiples declaraciones de conexión y admiración mutuas desperdigadas por innumerables entrevistas sino del hecho de que una vez un artista encuentra su voz propia deja de deberle nada a nadie.
Basta ya de ironía y cinismo, de poses y postismos que dejan los paladares estragados y a las personas sin capacidad de entusiasmarse por nada. Una lástima, porque, como decía el otro, la admiración es lo que nos une a la vida. Y lo que despierta este disco, añado yo.
Musicalmente, recoge los bajos melódicos y las guitarras en primer plano (¡esa gracilidad a lo Johnny Marr de “Morado” y “El rayo verde”!) del disco anterior, El ventrílocuo de sí mismo, pero la voz abandona el recitado y retoma las melodías y los estribillos. Y de qué manera. Las palabras de Stephin Merritt “sólo quiero que un estribillo me haga creer que he pasado tres minutos entre las volutas de un sueño” se encarnan aquí en todas y cada una de las canciones. La producción, de J, es cálida y espaciosa, los arreglos son como cuando una chica guapa se pone la ropa que mejor le queda, y la voz de Luque no había sonado nunca tan... hechicera.
Las letras, por su parte, oscilan entre la viñeta cotidiana de vida en pareja de la primera canción, “Dos besugos”, y los preciosos chispazos líricos que deslumbran aquí y allá. No me resisto a copiar este apunte de “El cabo de Trafalgar”: “Frente al oro de los barcos hundidos, / mis monedas son restos de la noche anterior”. Luego, claro, están el humor y la ternura con que Luque nos desarma con la confesión de eterno adolescente, a lo Woody Allen, “Estoy enamorado y muy nervioso y muy locuaz”. Y esa frescura y gracia naturales que llevan a uno a querer ser amigo suyo y a acordarse de Kiko Veneno en “El rito”. Gracias, maestros.
Mencionar como un reproche la cercanía a los sonidos de Los Planetas (ese gran grupo, por cierto, que parece que a la gente se le está olvidando esto) en la dulcísima “Remordimientos” o “El rayo verde” es olvidarse no sólo de las múltiples declaraciones de conexión y admiración mutuas desperdigadas por innumerables entrevistas sino del hecho de que una vez un artista encuentra su voz propia deja de deberle nada a nadie.
Basta ya de ironía y cinismo, de poses y postismos que dejan los paladares estragados y a las personas sin capacidad de entusiasmarse por nada. Una lástima, porque, como decía el otro, la admiración es lo que nos une a la vida. Y lo que despierta este disco, añado yo.
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