Los Punsetes (Joy Eslava) Madrid 29/01/16

Acudir a un concierto de Los Punsetes siempre es una tragicomedia al más puro estilo de sus letras. Es un gustazo ver cómo cada vez se desenvuelven mejor en directo, es mucho más que una alegría ver cómo se ensancha su repertorio de manera podríamos decir que impoluta. Pocos grupos de la última década han logrado la consistencia y la credulidad que en España sólo conocimos en los años ochenta. En cierto modo han sabido vampirizar esa fórmula y hacerla propia apropiándose de los sonidos actuales y firmando una discografía que sólo merece aplausos. Pero su impostada firma de autenticidad a base de no interactuar con el público, termina ocupando más titulares que su propia música. Artistas que se han negado a hablar al público en directo los hay a miles y no les quita crédito el asunto. Ahora bien, si lo que se pretende es que tu más identificable rasgo de personalidad sea ese, mantenerte hierática para que se hable de ello, se pierde autenticidad y desde luego torrentes de emoción que no van a ninguna parte. No me quiero ni imaginar la fiesta que se hubiera desatado si Ariadna hubiera acompañado con movimiento el fantástico gamberrismo que se desató en la pista. Dicho lo cual, también he de subrayar que el problema es mío y no suyo ¿quién soy yo para decirle a Los Punsetes cómo deben vender su arte? Un artista se expresa como entiende que ha de hacerlo, luego el público compra o no y critica lo que se pone en su ojo.

Afortunadamente mientras sigan teniendo semejante cancionero, y a pesar de lo expuesto, un concierto de Los Punsetes siempre saldrá a cuenta. Arrancaron con “Maricas” y de ahí en adelante todas las que quieres oir en fila india con gracia y pegada, “Dos Policías” “Me gusta que me pegues” y más de una decena de canciones que si tuvieran el beneplácito de la radio generalista ahora formarían parte de la memoria colectiva al estilo de los mejores himnos de hace unas décadas. Hubo dos especies de intervalos, con cambio de vestuario incluido. Durante uno de ellos aprovecharon para rendir un homenaje al desaparecido David Bowie, con la proyección de su imagen en la pantalla. Algunos incautos pensamos que sería el preámbulo de alguna versión del Duque Blanco, pero nos quedamos con las ganas.

Para suplir la falta absoluta de empatía desde el fondo del escenario nos deleitaran eso sí con una nutrida colección de videos y diferentes visuales, que por momentos más que aportar, restaban concentración, puesto que si en escena no hay nada mejor que ver, pues al final acabamos todos mirando la tele. Pero bueno, ellos son así, y así debemos aceptarlos, al menos de momento.

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