Santiago Auserón y La Orquesta De Córdoba (Gran Teatro) Córdoba 06/07/16

Fotos: Raisa McArtney

Con cada nuevo trabajo, diríase que con cada nuevo concierto del señor Auserón, o de Juan Perro, tanto monta, nos invade la incertidumbre no solo por el resultado sino por el método utilizado para llegar al fin que él o su entorno musical persiguen. Se ha paseado con tino y sapiencia sobrada por el arrabal de la música cubana, ha perseguido los fantasmas negros del blues, ha entablado amistades estrechas con las viejas personalidades del jazz (e incluso grabado un disco incontestable al respecto con una de las orquestas más prestigiosas de España) y nunca, jamás, se ha alejado lo suficiente de su esencia roquera, de la cultura de la calle, la que le hizo interesarse desde una edad insultante por la filosofía y la literatura de una forma insanamente profunda, hasta el punto de convertirse en doctor y eminencia en la disciplina. Gilles Deleuze fue su inspiración en el campo, igual que Louis Armstrong y los Kinks en las primeras personalidades que le guiaron en la jungla sonora en la que sobrevive con envidiable dignidad, traspasada la frontera de los sesenta, con una solvencia y, lo más importante, una pátina de trascendencia con la que inunda cualquier género que toca, por muy ajeno que a priori pueda resultarle y resultarnos.

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De un artista global como él se podría esperar casi cualquier cosa, pero tal vez una de las menos obvias fuese el intento de encontrarle la arteria sinfónica al corazón de sus canciones, imposible de imaginar en circunstancias normales de escucha, sobre todo si extraemos las raíces latinas al legado de Radio Futura, la base de un rock hispano para el que sentó las bases, convirtiéndolo en flora cultural de vocación universal más allá de atavismos y clichés por revertir. Una banda esencial, única y cada vez más necesaria tanto tiempo después de su definitiva disolución. Afortunadamente, nuestra memoria no es mayor que la de su principal hacedor, y por ello continúa dándole vueltas a un cancionero extraordinario, que se muestra flexible incluso en los arreglos sinfónicos que le proporciona la Orquesta de Córdoba al nuevo concepto titulado Vagamundo, dirigida por su paisano Ricardo Casero y desplegando los arreglos escritos por Amparo Edo Biol, ambos reconocidos maestros en el campo clásico y esforzados cómplices en la tarea de dotar de una nueva vida a unos temas cuidadosamente seleccionados para la tarea.

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Difícil, en principio; brillante, al final. Pasando por alto la capacidad de adaptación de letras y voz, en ocasiones algo fuera de contexto, el resultado es increíblemente atractivo, por lo inesperado y por la entrega que demuestran los ejecutantes, capitaneados por un Joan Vinyals inmenso a la guitarra. La mano derecha de Auserón durante los últimos años lo es por derecho y formación, un músico completo y vocacional que aporta el toque diferencial en un cuadro de músicos sencillamente impecable. Violas, chelos, violines, flautas, clarinetes, arpas, trompas, trompetas, tubas, xilófonos y un amplísimo y detallado despliegue sinfónico que fagocita y desnuda en esencia las connotaciones roqueras de “Annabel Lee” –pocas veces Edgar Allan Poe tuvo mejor traslación al castellano- y las dulcifica, las engrandece y las transforma en emoción, así como la pulsión jamaicana de “La negra flor”, más próxima en melodía a la imagen original, o la apoteosis final de “El canto del gallo”, más complicada de encajar al formato por su carácter discursivo pero igualmente atinada. Cuando la materia prima es de primer orden es difícil que la mezcla con otras resulte indigesta.

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Por aproximación, los temas que mejor parecen funcionar son los más cercanos al ámbito jazzístico, por lo que los rescates del álbum Cantares de Vela muestran un diseño más asequible. “La misteriosa”, “No más lágrimas” y “La mala fama” confluyen en un cauce de recogimiento que asombra a un público respetuoso, silencioso y atento (¡qué lejos del hacinamiento escandaloso de las salas que uno está acostumbrado a frecuentar, donde la música es lo menos importante) a cualquier incorporación que pueda romper el clima previsto en otros momentos, como una preciosa versión de “El carro”, casi vecina del pasodoble, la aproximación caribeña de “Reina zulú” y el baile –literal, con la batuta de Casero y las piernas de Auserón como guías- de “Fonda de Dolores”, complementados por la correspondiente tanda de adaptaciones más recientes, como las del todavía último álbum de estudio “Río negro”, del que suenan “El mirlo del pruno” (un pretendido vals convertido por fin en eso mismo), “Duerme zagal” (una nana extendida al apogeo sinfónico) y “Pies en el barro” (una pieza de jazz moldeable). Quedan también las huellas de “El forastero”, igualmente palpables en su acento callejero, y el clima ascendente de “Obstinado en mi error”, una canción que en cualquiera de sus versiones nunca ha faltado en el repertorio en vivo desde su publicación. El detalle de incluir una composición inédita como “El desterrado” e ilusionarnos con un futuro e insospechado trabajo de estudio hace que cualquiera de estos nuevos conciertos sea una ocasión para reencontrarse con la magnificencia. La de un mito del rock español reconvertido en crooner de etiqueta y la de una música, unas canciones, una historia eterna que tardaremos mucho en olvidar. Tanto como el que nos quede en este estúpido planeta al que hacen más habitable algunos creadores. Rindámosle pleitesía al maestro Auserón, o Juan, o Santiago a secas, que para eso están los amigos.

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