Standstill – Dentro de la Luz (Buena Suerte)

Si yo hiciera discos, en esta vida o en cualquiera de las otras, querría hacerlos como Standstill. Discos disuasorios. Discos que filtran, que criban. Sin entrar todavía a diseccionar las virtudes y defectos de Dentro de la Luz, lo que está claro es que los catalanes se han especializado de un tiempo a esta parte en hacer esa clase de discos que sí, por fin, justifican que la belleza está en el interior. Que la gloria será para los mansos. Que, al contrario de lo que pregona la realidad patria, la riqueza instantánea y el éxito rápido no existen: aquí lo importante es sentarse tranquilamente, día tras día, en la mesa de enfrente de tu futura esposa. Que el trabajo diario tiene premio; y que arañar la grava, arrodillado, mientras la arena se mezcla con las gotas de sudor que caen de la frente y la nariz, tiene recompensa. La belleza. Como canta Montefusco en una de las canciones más arriesgadas del año: “tanta belleza que no te cabe“.

Ya pasaba con esa obra en tres actos que era Adelante, Bonaparte, y se repite ahora con un disco mucho más contenido en cuanto al desarrollo, pero igual de ambicioso en su concepto. A pesar de que la luminosidad de esta nueva entrega es tan evidente como correr las cortinas una mañana de julio, esto no acaba de significar en ningún momento que Dentro de la Luz no requiera del esfuerzo en el que escucha. Lejos por supuesto de sus primeros trabajos, pero también de los mejores momentos de Vivalaguerra, es la condición de obra de artesanía vocal e instrumental de Dentro de la Luz la que otorga a Standstill la credencial de creadores de los discos más bonitos del país; la misma que escupe de su campo gravitacional a los que quieren encontrar el placer de la contemplación a las primeras de cambio.

Los de siempre, esos que se anclan en el pasado con la meticulosidad y el empeño de un adicto al crack que se encierra en el desván y tapia las salidas para pasar el mono, esos mismos serán los que echen de menos “más caña” con esa y otras fórmulas de léxico viejoven. A esos, sin duda, se les quedará corto un inicio de disco en el que en realidad sólo “Conjuro de todos los tiempos” (con ese bonito anticipo de “Que no acabe el día”) les da un poquito de lo que esperaban abrazados a un calendario del siglo pasado con una sonrisa de greatest hits. Seguro que las más de seiscientas personas que colaboraron en el crowfunding de este disco sí sabían lo que les esperaba. La contundencia en Dentro de la Luz está en la intensidad emocional con la que Standstill despliega su universo. En lo palpable, mucho de esto está en los fantásticos crescendos elevados fundamentalmente por los empujones de la percusión y el aliento de las voces desde abajo; “Que no acabe el día”, “Adiós, madre, cuídate”, “Tocar el cielo” y “Pequeño pájaro” son los mejores testigos de estas maniobras en el inicio.

Tras un comienzo en el que todo son buenas noticias para el alma, llega un descanso no demandado en forma de diez minutos de dormidina. Tampoco es que “Pequeño pájaro” sea la alegría de la huerta, pero es de una belleza abrumadora y acaba despertándote el sistema nervioso con unos coros de categoría apocalíptica. Sin embargo, la electrónica de “Nunca, nunca, nunca” no acaba de despegar, y “¿Puedo pedir?”, aunque es otra cosa y ofrece tres minutos muy buenos, se alarga en demasía sin ir a ningún sitio en concreto. Pero la vuelta a la vida, con el desfibrilador emocional de “Me gusta tanto”, es sensacional: “me gusta tanto ir de tu mano“, repetido a modo de mantra vital por Montefusco, es la forma que tiene Standstill de hacer magia y decirnos “no lo intenten en sus casas“.

“Vuela, extranjero” recupera en cierta medida la energía del comienzo con los mejores tics de la colección, pero son “Si vieras” y “La casa de las ventanas” las que acaban de rescatar el pulso para un disco que termina engrandecido y henchido de sublimidad. Y en esto es tan importante el todo como una parte de él: la voz de Montefusco, desde el suelo, escala con lo enrevesado e impredecible del ascenso del alma de un finado que ha caído muy lejos de su hogar. En “Un sitio nuevo”, que cierra el disco, la voz empieza lejos del foco recuperando el estribillo de “Adiós, madre, cuídate” (“soy capaz de algo más“) y encuentra su lugar poco a poco para alejarse en un representativo descenso en pos del colectivo vocal.

Dentro de la Luz no deja de ser eso, un viaje en el asiento delantero de ese coche que conduce un nuevo Montefusco, más vivo, hacia “un sitio nuevo que recordaremos siempre“. Una travesía que empieza en la oscuridad y lo agrio de las malas costumbres del pasado; un viaje que deja atrás “una guerra que ya terminó“, como dice “Adiós, madre, cuídate”, y en el que la compañía no hará necesaria armadura a pesar de que “las sombras están al acecho y el techo se nos quieren llevar“: todo está en “Pequeño pájaro” (“agárrate fuerte, bonita. Las sombras pasarán“) y “¿Puedo pedir?” (“que ya no soy uno, que ya puedo tirar esa bolsa antigua tan pesada“). Dentro de la Luz es el funeral de una vida (“si vieras lo mal que lo he llegado a hacer“) y el nacimiento de una nueva (“¿puedo pedir volver a empezar?“), o sencillamente la fe renacida en que haya un futuro (“tanto que hacer ahí fuera“) y algo por lo que “ pena apagar la luz por primera vez“.

Apuntaos una de las cosas que sobrevivirá al 2013.

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