Tame Impala y las puertas de la percepción

Y las puertas de la percepción se purificaron (otra vez) en 2012.

“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le presentaría al hombre tal como es: infinito”. Quién le iba a decir a William Blake que aquella frase escondida en un libro de finales del siglo XVIII iba a seguir dando vueltas más de 300 años después. Aldous Huxley la recuperó en 1954 con ese ensayo alucinógeno que tan poco dejaba a la imaginación (The doors of perception); y Jim Morrison, Ray Manzarek y compañía, en plena psicodelia de los 60, tomaron el texto para bautizar a su grupo como The Doors. Ahora, en el siglo XXI, y cuando ya casi se había olvidado, no sólo el estallido psicodélico de los 60, sino también los brotes revisionistas de los 80 y los 90, se vuelven a abrir las puertas de lo infinito con una oleada de bandas cuyo principal lienzo de creación es la psicodelia original.

Sería absurdo ignorar que, a pesar de que ni mucho menos es una cuestión de hace dos años, sí fue en 2012 cuando Tame Impala abrieron de par en par las límpidas puertas de la percepción. Lonerism no era precisamente una isla en la discografía de los australianos; dos años antes, Kevin Parker ya había compuesto su debut, Innerspeaker, y no era otra cosa que la introducción perfecta para lo que vendría después. Lonerism fue uno de los mejores discos del año, lo que posibilitó, con su mezcla de psicodelia norteamericana y europea (la importancia de Francia en el disco fue crucial), que emergieran con eco mediático real multitud de propuestas que revivían la psicodelia primigenia.

A medio camino entre Perth, la ciudad natal de Parker, y París, Lonerism era y es una bola enorme llena de recuerdos borrosos, grabaciones de sonido ambiente, sintetizadores, guitarras infinitas y la sensación constante de estar ante un disco tan grande que sólo se podría descifrar enteramente en un debate imposible entre los Beatles de “Tomorrow never knows” y Revolver, los Pink Floyd de The Dark Side of the Moon y Animal Collective. Por ejemplo. Y, aún así, lo más probable sería que siguiéramos sin entender nada.

Lonerism actuó como caldo de cultivo perfecto. No es que Tame Impala inventaran algo, ni que fueran los primeros en revisitar la psicodelia arcoíris del siglo pasado, pero sí consiguieron convertir un disco excepcional en un gran paraguas bajo el que cobijar a todas aquellas bandas neopsicodélicas que existían antes, después y durante Lonerism. Llámalo paraguas, llámalo altavoz. El movimiento que repiensa la psicodelia siempre está ahí, pero asoma la cabeza cada cierto tiempo apoyado en puntales capaces de soportar el peso de una corriente internacional tan escurridiza y heterogénea estilísticamente como apasionante.

Ahí van algunos ejemplos que, directa o indirectamente, conforman el poliédrico y multicolor resurgir de la psicodelia a lo largo del globo:

Temples

(Reino Unido)

Una de las bandas del momento en Inglaterra y, por ende, en la mayor parte del planeta. Condecorados ya con la medallita de mejor disco del año, para lo que no hace falta esperar a que llegue el 31 de diciembre es para disfrutar moderadamente de su psicodelia más ortodoxa y británica.

Moon Duo

(USA)

El dúo formado por Ripley Johnson, guitarrista de Wooden Shjips, y Sanae Yamada, explora la senda de la psicodelia manejada por Johnson en su grupo con más maquinaria electrónica. Su neo-psicodelia tiene, en realidad, tanto de neo como los casi 30 años del debut de Suicide.

Goat

(Suecia)

La psicodelia de los suecos Goat es sólo uno de los hilos conductores de una propuesta en la que lo raro es encontrar un género que no esté bien representado. Los caminos de la experimentación son inescrutables, y en ellos caben tanto la psicodelia como las trilladas músicas del mundo.

Pinkunoizu

(Copenhague – Berlín)

A medio camino entre Copenhague y Berlín, por fuerza, lo de Pinkunoizu había de ser una psicodelia más arriesgada e incómoda. Su kraut-rock dominante hacía que su último disco mezclara con la misma soltura la electrónica de “Necromance” con las guitarras mesopotámicas de “Tin can valley”.

Oso Leone

(España)

Quien haya visto en directo a los mallorquines Oso Leone sabe que la psicodelia no hace falta encararla de frente. Utilizando la experimentación entre géneros, las canciones de Oso Leone acaban convirtiéndose en viajes fantásticos al centro de la psicodelia con la naturalidad del que sale a fumarse un cigarro al balcón a medianoche.

Lorelle Meets the Obsolete

(México)

Facturándolo en Guadalajara, lo fácil sería decir que la psicodelia de Lorelle Meets de Obsolete es como un viaje patrocinado por el peyote más potente. La psicodelia del dúo se pasea entre el shoegaze y el garage del México más místico y oscuro.

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