The Afghan Whigs – In Spades (Sub-Pop)

La fatídica injusticia está presente en todos y cada uno de los ámbitos de esta vida. En el arte y más concretamente en la música, también. The Afghan Whigs fueron una de las bandas más apasionantes e imprescindibles que vieron nacer los 90’s. Mientras otras como Nirvana, Pearl Jam o Smashing Pumpkins lograban éxito y fama dentro del circuito alternativo, los de Cincinnati no lo consiguieron en ningún momento. Quizás su toque negroide cada vez más evidente y su pulcro gusto ganado disco a disco hasta llegar a su máxima expresión con 1965 (96) no terminaban de encajar del todo en la era grunge y les llevó a su separación.

A veces, por fortuna, la vida también es justa. Y lo está siendo con The Afghan Whigs; tras su reunión en esta década refrendada por apoteósicos directos y un disco tan rotundo como Do to the beast (14) les está recompensando ahora con un reconocimiento inexorablemente unido a unos artistas de su profunda calidad y pasión.

Y, si por si esto fuera poco, nos traen ahora una segunda referencia, In Spades (17), en esta reencarnación tan insultantemente viva, desprejuiciada y exultante de transmisión emocional. Y toca diseccionar su nueva obra. Una obra que no logrará impactar tan de primeras como Do to the beast, pensada al detalle para detonar en nuestra cara desde el primer minuto, ayudada en parte por la multitud de manos que pasaron por la guitarra tras la triste marcha –y añorada como no puede ser de otra forma por sus fans más radicales como yo- de Rick McCollum.

En esta ocasión, se apela a la sutilidad y al detalle; costumbres, no obstante, que nunca ha abandonado el genio Greg Dulli –menos aún si me apuran en otras aventuras suyas como The Twilight Singers o The Gutter Twins junto a Mark Lanegan-. Por lo tanto estamos ante un álbum que requiere escuchas y dejarse llevar, entrar de nuevo en su universo invariablemente sugerente, misterioso, lascivo y magnético. Así lo atestigua “Birdland”, su evocador tema que hace las suerte de intro antes de llegar a la primera canción de altura, “Arabian heights”, una suerte de “Matamoros” enriquecido, cautivador e incluso mareante en el mejor de los sentidos.

“Demon in profile”, el siguiente tema, rezuma elegancia y clase, otras virtudes de las cuales van sobrados nuestros protagonistas; y, además, parecen regalarla sin aspavientos y con una naturalidad insultante esta vez. Jefes. Y llegamos a “Toy automatic”, esa joya medio oculta que no debe de pasar desapercibida: lírica, elevada, dolorosamente bonita, un nuevo highlight en su inmaculada carrera. Perturbadora –ayudada de su fabuloso videoclip, aspecto que la banda cuida de manera loable- asoma “Oriole”, intrincada, como lo es In Spades, atractiva como las chicas que llevan cuello alto y saben que su belleza merece ser desvelada sólo por los ojos y las manos que lo merezcan.

A partir de ese punto, el disco no logra deslumbrar tanto sin perder, eso sí, un nivel notable en todo momento. Tenemos el riff tenso y el pulso crispado/cremoso de “Copernicus”, el vacile cool de la sexy y detallista sin alardes “The spell”, el bajo imperante de John Curley marcando el camino sinuoso de “Light as feather”, el piano con falsete de esa caricia nocturna y doliente que es “I got lost” y el cierre crepuscular y desvanecido de “Into the floor”. ¿Os parece poco? Pues lo mejor es que la sensación final es que lo es; y no por poco, sino por corto. Treinta y seis minutos que son pura droga de una banda que nos recuerda el hambre seductor y doliente de vivir hasta las últimas consecuencias, sin hipotecar un solo día al gris dictatorial de la monotonía existencial.

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