The Chris Robinson Brotherhood – Barefoot In The Head (Silver Arrow Records)

 

Hay algunas bandas por las que te alegra comprobar que el tiempo no pasa en balde. Que aprenden de sus errores y no vuelven a caer en los mismos tics que llevaron su música de resultar ciertamente interesante a atragantársete de la forma más desagradable. La Chris Robinson Brotherhood, hermandad musical formada por el ex líder de The Black Crowes con alguno de los miembros originales del grupo, como Adam MacDougall, el gran teclista que aún forma parte del clan, vuelve por donde nunca se fue con un álbum algo más centrado en el que amplía en cierto modo la paleta básica del rock americano en la que ha basado su receta desde siempre.

Cinco discos, un EP y varios directos oficiales después, estos melenudos compañeros de cama, musicalmente hablando, de The Band y The Grateful Dead, continúan la senda abierta desde que nacieron como artistas y sin abandonarla del todo toman algunos apuntes de nuevas rutas que los conducen a otros referentes de la música negra, como el funk de “Behold the seer”, con el que podríamos hasta bailar sin prejuicio alguno, y alguna otra línea de clasicismo black music que aunque no sorprende puede expandir los límites de un sonido hasta ahora bastante encorsetado. Para ello se basan en una excelente producción y en no abusar de las líneas de teclado ni de las guitarras en bucle y clave country rock que tanto se han prodigado hasta ahora. Aun así, “High is not the top” resulta lo bastante expresiva al respecto del viejo dicho de que ir a lo seguro, a los acordes justos y precisos, es símbolo inequívoco de que estás haciendo lo que sabes y lo haces francamente bien. Tal vez en algún momento se atrevan a saltarse el guión y demostrar lo extraordinarios músicos que son, que ya lo hacen, en otras y múltiples direcciones. Con todo, es una delicia escuchar uno de sus penúltimos clásicos, “Forever as the moon”, o esa pedal steel profunda y sentimental en “Blonde light of morning”, folk electrificado de altura, mientras que “Good to know” te sitúa en plena California de los setenta, cuando la ciudad estaba literalmente tomada por grupos de incautos armados con guitarras acústicas y soleados himnos de libertad. Esa es la parte buena de la cuestión y la razón por la que aún te apetece escuchar al bueno de Chris y su tribu de vez en cuando.

Por otra parte, la previsibilidad de una canción tan desequilibrada como “Blue star woman”, con su tono pasteloso y plano, no es un buen augurio de que hayan afinado algo más el tino. Una mala tarde la tiene cualquiera, que diría aquel, así que luego te pasas a escuchar “She shares my blanket” y, en efecto, compartes el calor que da esa neblina psicodélica a lo Pink Floyd y la sensación de que la guitarra de Neal Casal –aún más maravillosa de lo habitual- le regala fluidez y concreción a un sonido nada desdeñable, pese a las presuntas objeciones. Son unos clásicos, sí, y el nombre es lo que menos importa. Y a los clásicos les debemos reverencia y atención siempre que aparezcan ante nuestros oídos. Ojalá les sigamos teniendo tanto respeto y consideración como hasta ahora.

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