The Divine Comedy – Foreverland (Divine Comedy Records / [PIAS])

Lo de pop barroco, música de cámara o arreglos orquestales ya empieza a cansar. Sí, y seguramente a Neil Hannon, el norirlandés que quería ser Noel Coward, también le resultará ya demasiado familiar y puede que algo injusto. Hacer lo que a uno se le da bien, lo que le gusta y lo que sabe hacer con tanta efectividad no debería estar sujeto a ningún paraguas ni corsés que condicionen una creatividad tan constante. Aunque espacie sus discos cada vez más (seis años han tenido que pasar hasta este Foreverland, con dos óperas, otro disco bajo pseudónimo y uno más de corte conceptual sobre el criquet –sí, ese deporte inglés que nadie entiende-), es capaz de arrancar la tristeza de cuajo hablando de “Other people” con la alegría que lo caracteriza, bailar al compás tropical de “A desperate man” y silbar de felicidad mientras le canta a su propia singularidad en “Funny peculiar”. Y ya, todo lo que tenga que añadir, se le perdona sea del corte que sea e incluso se recibe con los oídos bien abiertos.

En esta colección de temas expansivos, rabiosamente rellenos de melodías excelsas e impecable desde el punto de vista de la producción –lo habitual y no por ya sabido menos apreciado-, se incluyen coros celestiales (“Foreverland”), grandiosidad histórica (“Catherine the Great”, tema compuesto para hermanar en la osada comparación a su actual pareja con la mismísima Catalina II de Rusia) y paladar sensible a los himnos comerciales de los ochenta, solo que vistiéndolos de épica (“To the rescue”) y una sensibilidad palpable. Podría resultar redundante hablar de lo irónico de los textos o del trasfondo lúdico de unas canciones tan bien construidas, sobre todo si disfrutamos de manera un tanto culpable de la grandilocuencia de “Napoleon complex” y la asociamos a las boutades con que solía obsequiarnos la gran Kate Bush, otra gran incomprendida del pop. Cuando todo se reduce a hablar de amor, las cuestiones que pueden surgir no son otras que las relativas a cuánto tiempo nos seguirá gustando que alguien nos diga cómo mantenerlo vivo para siempre o qué debemos hacer para escapar de sus redes. Y sin resultar empalagoso, claro, que eso parece difícil aparentemente al leer títulos como “I joined the foreign legion to forget” o “My happy place”, en los que el humor y los aspavientos dulzones hacen de su autor todo un caballero, respetable y respetado. Hasta él mismo se pregunta “How can you leave me on my own” mientras despachurra su teórica desolación contra un ritmo endiabladamente adictivo.

The Divine Comedy, paraguas bajo el que sigue cobijándose un músico imprescindible en el devenir de las últimas décadas del pop británico, mantiene su estatus de músico de evasión que se aferra a unas bases artísticas que van mucho más allá de la diversión y el ensimismamiento. No en vano, como todo discípulo de George Gershwin y Burt Bacharach que se precie de serlo, y él lo hace con frecuencia, se debe a la causa de preservar la clase y el mínimo control de calidad necesario para mantener un prestigio ganado a pulso. Tras escuchar este fantástico trabajo, todo apunta a que lo seguirá haciendo.

 

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