Atoms for Peace – Sala Razzmatazz (Barcelona)



Extraño cartel el del miércoles, con una sesión electrónica en horario de concierto y un concierto en horario (casi) de club. Y es que a pesar de que, personalmente, me parezca un poco cutre lo de venir a presentar un disco con dos quintas partes de la banda, hay que reconocer que la oportunidad de ver a Thom Yorke en sala es un lujo goloso que muchos fans de Radiohead no quisieron perderse. Aunque fuera con ese último divertimento, algo flojo, que es Atoms for Peace.

Después de que Nathan Fake demostrase durante casi una hora por qué es uno de los dj’s más reputados del mundo, fascinante y original a pesar de los ceños fruncidos de algunos de los que abarrotaban la sala, el público enloqueció cuando aparecieron en el escenario Godrich y Yorke. Más al entrar Yorke, para qué nos vamos a engañar. Sin demasiados preámbulos, parapetrados tras una mesa llena de cachivaches y ordenadores, abrían el concierto con una “Ingenue” que más que escucharse se intuía, por culpa de problemas técnicos con el micro. Problemas que, si bien se solucionaron en gran medida, no acabaron de sacudírse de encima en todo el set.

Para cuando el sonido volvió más o menos a su cauce, Nigel y Thom encaraban “Black Swan”, del disco en solitario de Yorke, y fue cuando pudimos empezar a disfrutar del ambiente hipnótico y opresivo de la música del ¿dúo?, realzado por los brillantísimos visuales que presidían el escenario. Más potente en directo que en disco, más entretenido. Sin tantos matices, sí, pero con más sangre. Nigel manejaba el ordenador, los ritmos, la música. Yorke tomaba la guitarra, mostraba su falsetto, enloquecía al público. Bien, para empezar. Y creciendo progresivamente con un Yorke desatado en “Dropped”, bailando, para delirio del personal.

Sí, “The Eraser” es una bonita canción, y sonó bien. Pero a partir de ahí se apagó la mecha. Se acabó la magia. Se descubrió el pastel. Y, por seguir con latiguillos populares, ya estaba todo el pescado vendido. Y es que Amok, el disco, no está a la altura, y poco se puede hacer por salvarlo en directo. No es que no le pusieran entusiasmo, incluso el público estaba allí dándolo todo, pero es que faltaban canciones, incluso con la ayuda del dignísimo The Eraser. Y cuando ya llevaban hora y pico (de “Harrowdown Hill”, de “Atoms for peace”, de “Unless” y de “Default” para despedirse), era imposible no andar mirando el reloj, bostezando a escondidas o desviando la atención al móvil.

El público agradeció el detalle de su bis en forma de sesión de dj al uso. Los fans se desviven por Thom Yorke y anoche muchos cumplieron el sueño de verlo a cinco metros. Pero fue inevitable salir del concierto con la sensación de que aquello no había sido más que el capricho de dos músicos con juguetes nuevos. Un poco como la historia esa de aquel traje y aquel emperador.

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