Bonnie Prince´ Billy + El Hijo – Kafe Antzokia (Bilbao)

ETA había anunciado el “cese definitivo de su actividad armada” y el Athletic jugaba en San Mamés. Así estaba Bilbao para recibir a Bonnie “Prince” Billy.

La sesión de estiramientos la comandaba El Hijo. Esta vez iban Abel Hernández y Javier, su guitarrista habitual. La contundencia que tienen cuando va toda la banda hace posible, en parte, sostener su actitud épica. Con esta estructura tan sencilla su arriesgado juego ve mermada su eficacia y el mismo Abel lo reconoció: “Estamos muy acostumbrados a tocar con el resto de la banda”. Aún así, destacable su osadía para tocar algún tema nuevo y su versión de Mikel Laboa. Buen sonido y buena voz, dando lecciones de dicción por donde quiera que va. De todos modos, lo tenían difícil porque la ansiedad por ver al príncipe convertía en estatua de sal cualquier otra distracción.

Salió Bonnie “Prince” Billy a escena vestido con un traje de señor mayor y una camisa a rayas muy adecuada para una boda en el País Vasco. La barba afeitada. Iba acompañado por una cantante, un guitarra, un teclado y un contrabajista. El concierto se puede resumir con una metáfora bíblica, la de la zarza que se quemaba y no se consumía. Bonnie y el resto de la banda echaban madera al fuego provocando estallidos emocionales.  Unos ángeles en el escenario con sus armas corales de destrucción masiva amansando suavemente a las fieras salvajes  y encendiendo su fuego interior. Es contradictorio. Es casi imposible describirlo. Pronto llegaron al cénit del concierto con una interpretación devastadora de “Go folks, go” que reconcilió al público consigo mismo, les perdonó sus pecados y les invitó a cometer muchos más.

En este momento no hicieron prisioneros. Todos muertos. Ya estábamos bendecidos. El resto del concierto continuó por el camino hacia la gloria. Exquisita técnica y sonido, además del carisma de Bonnie que soltaba su guitarra para cantar a pleno corazón, y dejarse llevar al abismo de ciertos tics gestuales que recordaban vagamente a Chiquito de la calzada. Todo en un ambiente de silencio, concentración y concordia que sólo rompían inoportunas voces como la de la chica que decía que le gritaba “guapo” continuamente y le repetía “I send to my love”. La misma chica que salió disparada hacia el backstage al acabar el concierto. Y de la que no se volvió a tener noticias.

El resto del público, algunos más allá de los 50, asistía absorto, con accesos de rabia y lágrimas incluidos, a la epifanía que estaba teniendo lugar en el Kafe Antzokia el 20 de octubre. Como si de una aparición mariana se tratara, o de un nuevo mesías, el mensaje era absorbido a tragos deliciosos. Era como el trabajo de esos quiroprácticos que te van tocando con suavidad en ciertos puntos vitales y te remueven todas las emociones. Se fueron y no salieron a los bises a pesar de que nos dejamos las palmas y las voces en ello. Por la mañana al despertar sólo puede repetir: “Él vino a mí, Él vino a mí”.

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