Caramelos 2021: ¿Una Lista De Discos Diferente?

Jane Weaver

 Nuestro redactor Juanjo Frontera es, además, responsable del podcast Caramelo de Limón, el cual os enlazamos todos los meses desde el correspondiente apartado de nuestra web. Dicho podcast se publica, en origen, a través de la plataforma Rock’n’Cloud, la cual, además, cuenta con un blog donde las diversas personas que colaboran se explayan sobre música. En esta ocasión, Juanjo ha elaborado una exhaustiva lista de 25 interesantes discos que él ha disfrutado enormemente, pero, sin embargo, no ha visto en demasiadas de las consabidas recapitulaciones de este tipo que nos han inundado a finales de 2021. Pretende con ella poner de relieve una serie de obras más que merecen mejor suerte que quedar atrapadas en la maraña del aluvión de publicaciones discográficas anual y por supuesto, ayudar a que quien lo lea y escuche, descubra nueva música.

Caramelos 2021: ¿Una Lista De Discos Diferente?

Todo artículo largo cuesta mucho esfuerzo, por descontado. Pero hay algunos especialmente tortuosos. Sobre todo cuando, como es el caso, a uno se le hace muy cuesta arriba encontrar razones para hacerlo. Y esta es la madre de todos esos artículos. Esa gran pregunta, ¿Para qué?, se torna en inmensa losa cuando te enfrentas a hacer una lista de los mejores discos del año en un mundo actualmente atiborrado -hasta casi reventar- de las mismas.

Llega fin de año y todo quisqui tiene la suya. En otros ámbitos culturales también es así, pero en el de la música es especialmente sangrante. Las redes sociales y el streaming han globalizado de tal manera el asunto que todo el mundo -y aquí entono el mea culpa, pues yo tampoco soy periodista de profesión- tiene un autorizado “crítico/a” dentro de sí. Y oiga, nada en contra, por supuesto. Todas y todos, entusiastas consumidores, tenemos derecho a recapitular. Pero como reza una máxima que mi madre me repetía (paradójicamente) hasta la saciedad: “lo poco gusta, lo mucho cansa”. Y en esto el mucho ya no es mucho, es montaña. Es el puñetero Himalaya.

Por tanto, podéis suponer que el debate conmigo mismo ha sido realmente intenso antes de escribir esto. De hecho, llegué a decidir no hacerlo. No merecía la pena. Pero al final, tras los ánimos de varios amigos (¡Hola, Vicente Navarrete!) a los cuales sorprendentemente les interesa lo que tengo que decir, he decidido asumir la innecesaria misión de regalar otra lista al mundo. Aunque eso sí, si lo hago debe ser a mi manera.

Esto no va a consistir , exactamente, en la lista de mis discos favoritos de 2021, sino de los 25 que me han parecido muy interesantes y no he visto demasiado por otras listas (aunque, obviamente, con tantas que hay, seguro que todos figuran en alguna) y considero lo suficientemente importantes como para reivindicar/descubrir, al margen de todas las Little Simz (seamos honestos, reina indiscutible del cotarro por derecho propio, menudo discazo), Floating PointsLow Weather Stations del mundo. Que claro que han hecho discos espectaculares y probablemente trascendentales -sobre todo, caso de Simz– pero a costa de repetirse su presencia, una y otra vez, en listas y más listas, dejan poco espacio de atención a otros muchos trabajos sobresalientes.

Esta pretende ser, por tanto, una lista diferente. Pero no nos las demos de guays, tampoco somos el oráculo. Es una lista subjetiva, bienintencionada, hecha con el corazón, pero tampoco es que tenga nada de especial. Simplemente, si conseguimos el objetivo de haceros sentir curiosidad por algunas de estas obras que nos han acompañado este año pasado, ahora que, comenzado 2022, la atención ya se va desviando, cómo no, a los discos que ocupan este ejercicio, nos damos más que recompensados. Y es que, al menos en mi opinión, entre estos 25 que os propongo hay auténticas joyas dignas de perdurar en vuestra colección/mollera durante años. No marcarán tendencia, quizás, pero todos son discos de los que enamorarse sin tapujos. Basta sentir un poco de esa curiosidad que espero despertar a través de las reseñas que les dedico.

De todas formas, que no se diga. Además de esta selección de discos reseñados, al final de la misma encontraréis otra con la misma cantidad de discos, esta vez mucho más encuadrables en el mogollón de listas que han aparecido y que, aunque no cuentan con reseña, juntándose con los que sí la llevan completarán el cuadro completo de lo que más me ha gustado durante el año pasado. Espero, con ello, cumplir mi misión, pasar página y al fin, mirar hacia adelante. Mirar hacia un año que, además de buena música, que eso no suele faltar, deseo fervientemente que nos traiga lo más importante: esperanza.

Para disfrutar de la escucha del disco ya sabes, es tan fácil como clicar en su imagen.

Ea, pues. Procedamos:

Ya sea por aparecer en noviembre, o por no nadar, estilísticamente hablando, en aguas bendecidas por la intelligentsia pop, hay discos que pasan muy injustamente desapercibidos. El segundo esfuerzo de este virtuoso pianista de Chicago, que se sabe heredero de Leon RussellDrJohn Allen Toussaint, es sin duda uno de ellos. Un álbum -consecuencia de una ruptura amorosa, para más señas- muy inspirado y en absoluto evidente. Si bien encontramos querencia a producciones vintage en canciones como “Can’t stop the rain”, que podría estar perfectamente en un disco de Delaney & Bonnie, tenemos también coqueteos de soul neo psicodelia como “Sentimental garbage”, desbocado funk tropical (“BNYLV”) o perfección pop en clave cósmica (“Alameda apartments”, “Problems”) que suenan perfectamente enmarcadas en su tiempo, algo a lo que ha contribuido la participación del maestro Dave Fridmann a las mezclas, haciendo de este uno de esos trabajos poliédricos, que partiendo de la tradición, pero cocinados al modo actual, suenan fabulosamente frescos.. Háganse un favor: no lo dejen pasar.

La experimentación y el pop siempre han estado juntas en la carrera de esta polifacética mujer de Liverpool, por eso Flock es tan adictivo como desinhibido. O a lo mejor precisamente es adictivo por su desinhibición. Hay algo en ese sonido amplio, que igual saluda los Talking Heads vía Eno, que a los Stereolab más oníricos, que a Prince o al Marc Bolan más brilli-brilli. Algo que a uno le impide apartar la oreja del reproductor. Porque, pese a toda su variedad estilística, cada una de las 10 piezas que lo integran encajan unas con otras a través de la misma fórmula: un gancho que no anda reñido con los detalles arriesgados. Tan sólo “Lux” nos remite a un escape sonoro, muy breve además, pero el resto no da lugar al bostezo: la tendencia al glam marciano de “Stages of phases”, el kraut pop de la titular o el encanto minimal de “All the things you do”, pasando por la algarabía psicodélica de la inicial “Heartlow”. Todo, paradójicamente, servido con gran coherencia y cincelando un disco casi perfecto que promete disfrute a raudales.

Palmeras, el primer largo de estos pamplonicas amantes del pop de factura C-86, es decir, lo que antes se denominaba “indie”, me impresionó mucho en su día. Ha habido que esperar cuatro años, con pandemia por medio, para ver editada su continuación, que viene ahora acorazada por la unión de dos apreciables sellos: Hurrah Música y Discos del KirlianMonstruoso es un compendio de todas las virtudes que encontrábamos en el debut: canciones redondas como soles, letras inteligentes, equilibradas entre un hilarante patetismo confesional, una sensibilidad bien entendida, y un sonido cristalino de guitarras tintineantes que sobrevuelan melodías infalibles. Ofrecen así una radiografía certera del estado de forma de una banda que ha llegado a ese difícil estatus en el que, por más que uno se esfuerce, no encuentra parangón en todo lo que puede escucharse en el panorama pop nacional. Y si me apuran, internacional.

Hay discos que se hacen porque, sencillamente, se tienen que hacer. Eso le ha pasado a Natalie Bergman, que tras cantar durante años junto a su hermano Elliott en Wild Belle, debuta ahora en solitario con un disco absolutamente catártico. El desencadenante fue la muerte repentina de su padre y madrastra a manos de un conductor borracho en un accidente de tráfico. La gestión del dolor la llevó a un monasterio en el desierto de Nuevo México en el que pasó semanas en silencio. De su reflexión surgieron estas canciones de tono gospel que ella misma ha interpretado y producido prácticamente en su totalidad y derrochan una espiritualidad bien entendida. Estas cosas de “he encontrado al señor” siempre son resbaladizas, pero ella resuelve el asunto con naturalidad, frescura y, sobre todo, unas composiciones superlativas. El gospel, además, es un poco el dinamizador del asunto, pero no el único género que suena en un disco -editado, por cierto, en Third Man Records, el prestigioso sello de Jack White– que es rico en colorido y  de todo menos evidente. Una obra liberadora y a todas luces, superlativa, que se torna adictiva escucha tras escucha.

Otro disco de folk contemporáneo que me ha calentado el alma este año. Necesitamos sobrellevar demasiadas cosas y para ello es una ayuda inestimable el efecto apaciguante que tienen voces como la de este francés, que resulta perfectamente emparentable con luminarias como Ryley WalkerSteve Gunn o, incluso, el (llorado) Michael Chapman más acústico. Como este último, es un verdadero maestro a las seis cuerdas en guitarra de palo, algo que él dedica a fabricar canciones cristalinas, envolventes y profundamente embriagadoras. Las destila todas en un álbum -tercero en cuatro años- especialmente redondo, que refrenda un talento compositivo tan clásico como difícilmente concretable en una sola referencia. Simplemente, es a la vez familiar y especial. Difícil concepto, claro, pero aún así, háganme caso, sumérjanse en este remanso de paz, canciones cinematográficas e instrumentaciones que fluyen como un manantial y no necesitarán diazepam.

Este álbum pasa por ser el segundo en solitario de Karen Peris, y de hecho ella afirma que sus canciones se han gestado durante más de siete años, pero en realidad, es una continuación en toda regla de aquella maravilla titulada See You Tomorrow, que The Innocence Mission, la banda que mantiene junto a su marido Don Peris desde 1986, publicó el año pasado. Hasta la portada guarda enorme semejanza con la de ese disco. Y es que See You Tomorrow ya era prácticamente un disco en solitario de Karen. Eso sí, hecho con la ayuda de la familia, como éste, en el cual, además de su marido, intervienen sus dos hijos, Drew Anna. Las tonalidades vuelven a ser otoñales, teñidas de una maravillosa melancolía a la cual sobrevuela siempre la apaciguante voz de Karen, un rasgo de identidad que separa a estas canciones de cualquier producto de similares coordenadas que pueda encontrarse por ahí. Descrito por ella misma como un “álbum ilustrado, para niños o cualquiera que pueda gustar de canciones que hablan de andar bajo los árboles, ver perros pasear a través de la ventanilla del coche o pensar sobre jirafas”, guarda en su aparente sencillez su principal arma. De esta forma, obtiene resultados tan espectaculares como los que otorga un disco que vuelve a ser un lugar donde quedarse a vivir.

Holy Hive son una banda de Brooklyn basada en las canciones de Paul Spring, que junto a Homer Steinweiss -que trabaja de batería para nada menos que AdeleLady Gaga Bruno Mars– y el bajista Joe Harrison forma este proyecto que ellos definen como de folk-soul. Afirmación descriptiva, aunque algo reduccionista, teniendo en cuenta que hay mucho más en este, inusualmente autotitulado, segundo álbum. Las canciones de Spring son de todo menos evidentes. Juegan a la atmósfera, a una ambientación entre sedosa y espesa que los tres se encargan de encauzar hacia una bruma de sonido ensoñadora y bien erigida. Es sin duda un disco de sonido peculiar, intransferible. Que no tiene miedo a jugar con el palmeo flamenco (“A wind rose”), el psych-folk más alucinado y alucinante (“Star crossed”, “Deadly Valentine”) o, esta vez sí, el sofisti-soul de tendencia setentera y demostrativo de la sinergia del trío que genera ambientes tan espectaculares como el de la inicial “Color it easy” o la más acelerada -casi pop- “Ain’t that the way”. Un álbum sin desperdicio y con espíritu propio.

La verdad es que el tema del neo-soul este año en Gran Bretaña ha venido cargadito. No sólo hablamos de las luminarias que rodean al productor Inflo (Little Simz, Cleo Sol y por supuesto, Sault), es que además tenemos a Joy CrookesCeleste o quién nos ocupa. Como todos los mencionados , el londinense Joel Culpepper fue despertando interés en público y prensa a través de mixtapes singles, administrados con cuentagotas desde 2019 y que han desembocado en este ambicioso Sgt. Culpepper. Que el título tome razón de la obra magna de los Beatles no es anecdótico. Dentro de sus coordenadas, que obviamente tienen más que ver con el soul, el funk, el rhythm and blues o el jazz, que con el pop de los de Liverpool, sí que hay un afán aventurero y ciertos toques de psicodelia, que emparenta con aquello que impulsó a los fab four en su día. Quizá aquí, en cuanto a influencia clara, deberíamos hablar más de gente como Prince Stevie Wonder, en sus momentos más poliédricos y coloristas. Es lo que ocurre con un disco que no deja en absoluto indiferente y que la verdad, merece mucha más atención, a mi entender, que la que se le ha prestado. No en vano contiene una colección de temas que rozan la perfección y demuestran una paleta rica en matices. Tanto el acalorado funk de “War”, como el modern soul con denominación de origen de Minneapolis de la inmensa “Thought about you” o la monumental epopeya inicial  “Tears of a crown”, se inscriben entre lo más granado de la música negra del ejercicio.

Si existe alguien a quien el anfetamínico y pluscuamperfecto riff de “Total crisis” no le vuele la cabeza en mil pedazos, está en su perfecto derecho, desde luego, pero no habitamos el mismo planeta. Las 12 canciones que habitan North Street Air, título del segundo disco de esta banda de Brighton que trae su nombre de la calle del centro de la ciudad en que vivieron durante su gestación, son, quizás, el mayor trago de pop en estado puro que me he metido entre pecho y espalda este año. Son urgentes, adictivas, un dechado de influencias que me encantan. De The Velvet Underground a Moldy Peaches, pasando por Violent Femmes, Nerves o Go-Betweens. Y hecho con personalidad, nada de tímidas imitaciones. Música arrogantemente naif, servida cruda y de atractivo inmediato, que no fugaz, al servicio de nuestro apetito melódico. Un disco de esos a los que el apelativo “perfecto” no queda en absoluto grande, pese a la poca gente que ha caído en su existencia.

Tema delicado el de los discos tributo. Sobre todo cuando se trata de revisionar a mastodónticos tótems pop. La cosa casi nunca pasa de lo anecdótico, de la mera rendición de fan sin nada o poco que aportar. No es el caso de este proyecto puesto en marcha por el sello BBE, que junta a 17 artistas, entre los que se encuentran luminarias como los dúos We Are King Kit Sebastian, el siempre elegante Eddie Chacon o los últimamente hasta en la sopa Khruangbin, para reinventar, desde una clave centrada en el jazz o el r’n’b, la parte más y menos conocida del cancionero de David Bowie. Siempre añorado, pero también, por ello, tan sobado, que parecía increíble que un aporte como el que hace este compendio -que funciona como un disco y no como un simple homenaje- pudiera ocurrir. Quien espere algo fiel al canon ya se puede ir a otro sitio, aquí lo encontrará todo puesto del revés para demostrar que las grandes obras, cuando realmente lo son, admiten tratamientos tan tremendamente estimulantes como este.

Quique Gallo estaba muy a gusto como sideman en las bandas de las que formaba parte. Tocar la batería es guay. En ningún momento se imaginaba a sí mismo encabezando uno de esos “proyectos en solitario” o descubriendo su faceta “de cantautor” (y basta ya de comillas, prometido). Pero claro, la vida, esa hija de puta, a veces se encarga de que te veas forzado a hacer cosas increíbles. Ver desaparecer a un ser querido es una de esas catarsis que un ser humano debe canalizar de algún modo si no quiere enloquecer. Él lo hizo de la forma más natural, claro, con canciones. Las canciones que le iban dictando esas lágrimas que vertía por su hermana. Todas ellas, las catorce, dan forma a Gloria, un disco que podríamos calificar de emocionante, pero no alcanzaríamos con ello ni la mitad de su capacidad expansiva. Y es que, nada más desarmante que llorar con alegría. Tonadas sencillas, más que explícitas en lo que quieren contar, sin vergüenza alguna. Pero, a la vez, nada sonrojantes, todo lo contrario. Una auténtica lección de gestión emocional extraordinariamente bien empaquetada musicalmente (para eso se ha sabido rodear Quique tan bien) que cualquiera puede aprender y aplicar. Una pequeña obra maestra sin ínfulas y sin concesiones, que si descubres, se quedará contigo para siempre.

Hay voces que se te quedan pegadas al alma. Son como un bálsamo al que acudir como quien abre el armarito de las medicinas en busca de un analgésico. La de Azniv Korkejian, más conocida como Bedouine, es una de ellas. De origen armenio, pero nacida en Siria, emigrada a Arabia Saudí y después a Estados Unidos, donde reside desde hace años, la mezcla de culturas que alberga en sí ha hecho que su forma de entender la canción, que ella cultiva de una forma que puede emparentar con la de otras luminarias como Weyes Blood Aldous Harding, sea de una singularidad que la convierte en uno de esos pequeños secretos que uno atesora en su discoteca. Tanto su debut (2017) como Bird Songs Of A Killjoy (2019) son piezas, en mi opinión, fundamentales de esa tendencia al folk de efluvios psicodélicos que está proliferando tanto en esta segunda década del siglo XXI. Con esta colección que propone en Waysides, su autora ha pretendido tirar hacia atrás para coger impulso. Se trata de canciones que había ido almacenando en los últimos quince años y de las que necesitaba “librarse” antes de acometer nuevos proyectos. Por eso suenan como el perfecto apéndice, sin la más mínima cuesta abajo, de sus dos primeros álbumes. Otro disco-chimenea en el que buscar refugio cuando la vida aprieta. Y bueno, lo reconozco: una debilidad personal.

Poco sabemos de los motivos que esta formación integrada por dos habituales del estudio de grabación, el francés Pierre Duplan y el británico Lee Skelley, ha tenido para sacar a pasear todo su amor desenfrenado por las bandas sonoras vintage, la library music o el lounge a través de sus exuberantes composiciones, pero tampoco es que importen. La elegancia que supura su debut largo, tras varios sencillos publicados a través del selecto sello Wonderfulsound, es razón suficiente como para que las historias que rodean a su unión no importen lo más mínimo. Sobre todo, cuando el resultado es como si John Barry, Ennio Morricone, Esquivel, la Yellow Magic Orchestra o el dúo Air nos dedicaran una sesión dj a base de rebuscados siete pulgadas. Una pequeña joya que no, no cambiará el signo de los tiempos musicales, pero ni puñetera falta que hace, puesto que al sumergirnos en ella nos sentimos conduciendo un descapotable bajo el sol de la riviera francesa, sintiendo la suave brisa en la cara y escuchando a las gaviotas en otros tiempos mucho más humanos y sencillos. Y con eso basta.

Algo recurrente con estos discos revival, es que uno tiene la sensación de no descubrir nada nuevo, pero si están bien cocinados, sucumbe irremediablemente al encanto de lo de siempre. Simplemente, uno está cómodo con lo que escucha, no hay que hacer esfuerzos para entrar en el mensaje, están las canciones y con eso basta. Será el poder atemporal del pop, o vaya usted a saber. Da lo mismo. El caso es que de la mano de la siempre infalible disquera Bickerton Records llega a nuestras orejas el caleidoscópico debut de una joven banda procedente de Tilburg (Holanda), de nombre The Small Breed, cuyas canciones resplandecen como un sol impoluto en una mañana de invierno. Su efervescente recapitulación de la era dorada de la psicodelia más florida se salda en 10 canciones, a cada cual más atractiva. Sonido vintage, sí, pero frescura suficiente como para que burbujas ensoñadoras como «Wanda your angel», «To another land» o la impresionante apertura con la titular, conquisten por goleada un lugar en el cuadro de honor anual en cuanto a discos de querencia sixties se refiere.

Jess Sylvester creció en la bahía de San Francisco, pero ahora se traslada a Los Ángeles. De eso trata, precisamente, su segundo disco largo como Marinero, apelativo que homenajea a su padre, marino de profesión. De su despedida de la ciudad que le vio nacer y crecer como cruce de dos culturas, la anglosajona de su padre y la mexicana de su madre. Lo latino, por tanto, está fuertemente ligado al sonido de este Hella Love, que juega con la cumbia, la bossa nova o el bolero, salpicándolos de psicodelia, música disco barroquismo. Pero lo más importante, es que al escuchar sus canciones, algunas de ellas en castellano, uno tiene una sensación de tremendo bienestar. Algo así como un efecto balsámico le inunda a uno cuando suenan golosinas como el fantástico single “Nuestra victoria”, la vaporosa “Outerlands”, el sonido yacht que propone la titular, la perfecta samba que propone “Maritime” o ese final de pista de baile que es “Frisco ball”, que completa este homenaje a su ciudad y uno de los, sin duda, discos que van a sonar incansablemente en mi casa este verano.

Últimamente parece que contar la génesis que ha llevado a la producción de un disco sea necesario para entenderlo o para que te guste. Yo no lo veo así, pero desde luego, en este caso, es una historia que merece la pena contarse: cinco años “in the making” desde aquél Torres Blancas, primer trabajo en castellano de Guillermo Farré, dueño y señor del proyecto Wild Honey, han dado para mucho. En primer lugar, la vida: dos hijos en dos años. Dejarlo todo, incluso la música. Y retomar el tema descubriendo retazos de canción que uno ha ido dejando, como migas de pan para marcar el camino, en las notas de voz del móvil. Eso y la ayuda de buenos y talentosos amigos (RemateShawn LeeAli Chant) ha posibilitado que -pandemia mundial mediante- Ruinas Futuras sea hoy una refrescante realidad. Como siempre, el pop de corte clásico está ahí, pero se ha tornado todo en mucho más personal, más bello y adecuado a la situación vital de su autor, que se vuelca en unas canciones burbujeantes, minuciosamente ensambladas y adornadas para funcionar con inmediatez y solidez. Difícil no quedar ensimismado ante la luminosidad y candor que desprenden diamantes como “Me dijeron que ya no vives aquí” o esa preciosidad titulada “Mi prima Adriana”, que hermana a GainsbourgBrian Wilson y las Vainica. Referencias altísimas, en efecto, que además pueden predicarse junto a otras muchas en relación a todo este magnífico trabajo.

Un disco para el que el término “autobiográfico” se queda más que corto. La que fuera parte de Birds Of Chicago o las míticas Our Native Daughters, junto a otras luminarias como Rhiannon GidensAmythyst Kiah o Leyla McCalla es capaz de mezclar aquí sus propias experiencias vitales, un viaje a las catacumbas de una especialmente traumática infancia y juventud, junto a un ejercicio de análisis social nada evidente ni programático. Todo ello, por supuesto, servido con una excelencia musical que rinde tributo a sus raíces, pero suena con toda la frescura de que es capaz una vocalista y compositora tan dotada como Allison Russell, que ha recibido nada menos que tres nominaciones a los Grammy por esta maravilla de álbum, digno de figurar entre lo más granado de lo que va de siglo en lo que se refiere al género Americana. Pese a la dura temática de sus canciones, es un placer escucharlas una y otra vez. Temas perfectamente radiables como “Persephone” o “The runner”, se entrelazan con ejercicios pastorales como “All of the women” o “Hy-Brasil”, equilibrando un conjunto que sobrecoge por lo sincero de un mensaje que, conozcas o no la historia que hay detrás (dicen que es interesante hacerse con la edición física, por las notas que incluye al respecto de la autora), cala más hondo con cada escucha. Una maravilla, vamos.

Tele Novella son un dúo -de Texas, para más señas- absolutamente encantador. De una manera extraña, la mezcla de trova medieval, vaudeville, pop barroco country alucinógeno que puede encontrarse en su música resulta tan embriagadora, que uno es incapaz despegar la oreja de discos tan, por decirlo de una forma gráfica, abrazables, como este Merlynn Belle. Nada menos que cinco años han tardado la dotada cantautora Natalie Ribbons y el multiinstrumentista Jason Chronis en dar continuidad a un debut que publicaron cuando aún eran cuarteto. Y al contrario de lo que haría cualquiera, transforman la compleja producción de aquél en sencillez y candor lo-fi. El resultado es maravilloso. Su estreno en el prestigioso sello Kill Rock Stars se ceba con canciones de encanto inmediato como «Paper crown» o «Never», cuyas letras juguetonas y agridulces -que tejen misteriosas fábulas- contagian buen humor y dan ganas de vivir, aunque la vida se empeñe en ponernos la zancadilla.

Es curioso comprobar cómo todavía hay mucha, pero mucha, gente joven haciendo pop a la manera tradicional, manteniéndolo en el formato guitarras-bajo-batería que siempre ha funcionado (y siempre funcionará) para dar vida a canciones con la inmediatez por bandera. Es curioso porque es plausiblemente un fenómeno multitudinario (no de masas, ojo), pero no obtiene ecos más allá de lo subterráneo. Por eso, muchos de los “descubrimientos” de todos aquellos bichos raros que nos mantenemos siempre curiosos y ojo avizor a la caza de esa rareza que nadie más divisa (el ego, nos pierde) consisten en discos, como éste de John Myrtle, que cogen la tradición y la revisten de la frescura que otorga la juventud. Este muchacho ya se estrenó de forma brillante con un EP el año pasado y ahora con su primer largo confirma lo que se intuía: tiene en sus manos la llave del mejor pop británico. El de todos los tiempos, tendencias y colores. Un pop perfecto, inteligente, construido lejos de la evidencia, con arreglos magníficos y sobre todo, un pop que alguien con orejas va a sentirse inmediatamente pleno escuchando. Una simple, llana y rotunda maravilla, vamos. Y es que “lo de siempre” no tiene por qué ser sinónimo de tedio, ni de vulgar. Otro disco que los amantes de la melodía no deberían perderse por nada del mundo.

Nadie debería perderse este disco. El actor Matt Berry, que da vida al entrañable vampiro Laszlo Cravensworth en la imprescindible serie Lo Que Hacemos En Las Sombras y triunfa con la serie de su propia creación Toast Of London, cae por ello en el riesgo de que esta faceta ensombrezca otra en que también es rematadamente bueno. En colaboración con el sello Acid Jazz lleva ya años editando discos que muestran una tremenda y variada erudición musical y un talento extraordinario. Y podría decirse que este disco es la suma de todas sus muchas facetas musicales. Así como los trabajos anteriores iban siempre orientados hacia un determinado concepto musical, esta especie de odisea colorista de psicodelia pop que es The Blue Elephant ensambla todas sus influencias en un ciclo de quince canciones a cada cual más infecciosa. Las guitarras tintineantes a mayor gloria de los Byrds del single “Summer sun” anuncian una grandeza que no para de asomar la pata por todas y cada una de sus compañeras en un listado que no deja prácticamente fisuras y vuelve a confirmar a su autor como un compositor de primer orden. Si esto hubiera salido en el 68 hablaríamos, no lo duden ni por un momento, de una obra maestra.

Por más que busco, me cuesta mucho encontrar en el panorama nacional propuestas que me parezcan realmente genuinas y no vulgares facsímiles de cosas más que trilladas. Con el proyecto de la valenciana Angela Bonet, que ya lleva con esto más de diez años, nunca tengo esa sensación. Desde aquél fantástico Pómulo (2013), su obra no ha hecho más que crecer y evolucionar hacia algo que me parece uno de los proyectos más personales que alguien pueda escuchar por aquí cuando hablamos de canción pop de autor. Lamentablemente, Lanuca se ve forzada a funcionar tan subterráneamente que CYA JYX ni siquiera ha tenido edición física, pero eso da igual: los resultados están ahí. Las ocho pistas que componen este, de nuevo, EP largo, dan sobradas muestras de un talento fuera de lo común. Junto a los escapes sonoros que proponen la titular e  “Intro”, omega y alfa del disco respectivamente, encontramos canciones -como siempre- espectaculares que juegan más que nunca a generar una atmósfera de misterio. “Aquí”, “Colmillos” o la incontestable “Cocodrilia” son signos de madurez de una compositora diferente, rabiosamente emocional y alejada de cómodos lugares comunes, que alberga en su interior todo un maravilloso universo que mostrar.

Mi obsesión turca de este año (pequeñas excentricidades que tiene uno) ha hecho que sea un poco monotemático. Junto a Kit Sebastian, más abajo en esta lista, es decir, en los primerísimos puestos, Altin Gün son otra banda que está reivindicando mi obsesión, el Anatolian Pop, desde una perspectiva muy personal. Curiosamente es esta una banda holandesa, capitaneada por Jasper Verhulst, antiguo colaborador de Jacco Gardner, que ha armado un elenco de músicos de la más diversa procedencia -incluyendo Turquía, por supuesto- que ya tienen tres excepcionales discos en su haber. Yol es, quizá, de ellos, el que más se aproxima a una personalidad totalmente propia e intransferible, vertiendo esa influencia turca a la que antes eran mucho más fieles, en una tendencia al baile totalmente infecciosa y que explota en un álbum absolutamente carente de resquicio. Un win-win en toda regla, vamos. Uno de esos discos que uno no puede dejar de machacar porque todo lo tornan en felicidad.

Novelista, artista audiovisual y por supuesto, músico y compositor, el americano Jeb Joy Nichols hace ya unos años que estableció su base de operaciones en una granja en los bosques de Gales. En el Reino Unido ha ido derivando desde el sonido eminentemente americano que le dictaba su herencia sureña, hacia otro no menos enraizado en ello, pero de vertiente negra. A través de ello, en este su, nada menos, álbum número doce, intenta alcanzar ese placentero estado mental que sólo determinados momentos del verano nos pueden otorgar. Es una sensación parecida a esa que siente uno cuando instagramea una foto de sus pies en la playa siempre con la sentencia “sufriendo” acompañándola. Ese estado de relajación que todos merecemos tras un año duro. Un puto año pandémico lleno de zancadillas que ni siquiera ahora nos da tregua, pero bueno es intentar ausentarse de ello a través de determinados artefactos que funcionan a modo de trankimazin. Tómense este disco de Jeb Loy como eso, una píldora capaz de retirarles a praderas celestiales llenas de sol, arena, cerveza helada y amor sincero. Todo eso es lo que ha capturado en estas canciones sencillas, plácidas, con sutiles secciones de viento que adornan perfectas viñetas de felicidad tan rotundas como esa maravilla titulada “I just can’t stop”, que uno quisiera que sonara forever and ever en su cabeza.

Basándose en los cimientos de lo que se conoce como Anatolian Pop (algo así como psicodelia hecha en Turquía, con elementos tanto de rock y pop occidentales, como arabescos) el dúo afincado en Londres que está formado por el francés Kit Martin y la turca Merve Erdem confecciona un cóctel que ya dio excelentes resultados en su debut Mantra Moderne (2019). Con este Melodi que este año edita MrBongo alcanzan lo excelso a base de efluvios que tienen que ver tanto con esa raíz anatolia como con muchos otros elementos (jazzfunkdisco) que ellos van aplicando a un modo de entender la música totalmente desinhibido y libre, que aquí se cifra en diez canciones que le sumen a uno en la ensoñación más placentera. Una colección de delicias en las que profundizar, que constatan que estamos ante uno de los proyectos pop más relevantes de la actualidad. Darán mucho que hablar, ya lo verán.

Nada nos preparaba este año para recibir una barbaridad como esta. Nada. Un disco que reivindica todo lo clásico, pero a la vez suena completamente vigente. Con una autoridad sin mácula para traer a la palestra sin pestañear nombres como Nina SimoneTim HardingIrma Thomas… Un álbum poderosamente introspectivo, nocturno, como aquél Night Beat, del maestro Sam Cooke, del que precisamente toma «Lost and looking», haciéndola reverdecer. Y es que el encanto casi fruto de la brujería que contiene Black Acid Soul, debut discográfico de la enigmática Lady Blackbird, es algo que se ha cocinado a fuego lento y se nota. Un viaje a las profundidades del soul, del jazz y de todo lo que tenga que ver con la música negra atemporal. Por que, no se confundan, aquí no hay revival, ni clasicismo, ni afán de homenajear a nada ni a nadie. Aquí lo que hay es una voz a la que acompaña una de esas personalidades de las que sólo están dotadas las grandes artistas y que, además, se abre paso a través de un trabajo sorprendente, adictivo y verdaderamente importante.

Propinas:

Como decía al principio del artículo, incluyo aquí también una lista de otros 25 discos -esta vez sin reseñas- que me han encantado igualmente, pero que ya salen en tropecientas listas y considero, por tanto, innecesario reivindicar con un texto. En general, una buena cosecha. Y seguro que se me han pasado un buen montón. Tengo, de hecho, algunos, como el de Idles, que ahora mismo me viene a la mente, en el “debe”. E intentaré poner remedio. Ahora o dentro de 20 años, quién sabe. Uno es humano. So little time, so much to do

01 Little Simz – Sometimes I Might Be Introvert

02 Solea Morente – Aurora y Enrique

03 Sault – Nine

04 Joana Serrat – Hardcore From The Heart

05 Durand Jones & The Indications – Private Space

06 Jane Weaver – Flock

07 The Coral – Coral Island

08 Anna B Savage – A Common Turn

09 Rodrigo Amarante – Drama

10 Arlo Parks – Collapsed In Sunbeams

11 Vanishing Twin – Ookii Gekkou

12 Snail Mail – Valentine

13 Sufjan Stevens & Angelo de Augustine – A Beginner’s Mind

14 Japanese Breakfast – Jubilee

15 Jungle – Loving In Stereo

16 Midnight Sister – Painting The Roses

17 Pearl Charles – Magic Mirror

18 Dry Cleaning – New Long Leg

19 St. Vincent – Daddy’s Home

20 Arab Strap – As Days Gets Dark

21 Natalia Lafourcade – Un Canto Por México Vol. 2

22 Mogwai – As The Love Continues

23 Wolf Alice – Blue Weekend

24 Nathaniel Rateliff & The Nightsweats – The Future

25 Curtis Harding – If Words Were Flowers

Y como segunda propina, ahí va una playlist:

Redacción MZK:

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