Especial: 10 álbumes para introducirse en la synthwave

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Nacida al amparo de la música y estética futurista e hipertecnificada del cine y los videojuegos de los 80, la synthwave o retrowave (o, como era conocida en su origen, el out run) comenzó a forjarse como el primer género eminentemente surgido de las primeras comunidades digitales y de las ventajas de internet, una red de redes que a finales de la primera década de siglo ya tenía capacidad para interconectar.

Así, varios amantes de las bandas sonoras de las principales y más representativas películas de los 80 -en aquella incipiente popularización de la música electrónica- comenzaron a intercambiar creaciones y archivos que conformaron una red de intercambio en la que también primaba cierto anonimato. Todos ellos convergían en su devoción por los autores de aquellas producciones de su infancia, desde John Carpenter hasta la new age de Vangelis, y, en general, de todo aquel que pudiera encajar en un imaginario visual que acogía por igual a Blade Runner y a Robocop como a Los Goonies o Cuenta conmigo.

El catálogo sonoro era importante, como también lo era el visual. Esas referencias a los deportivos, a las luces de neón, a la tecnología y a las utopías y distopías futuristas habían marcado la infancia de nuestros protagonistas y ahora todo aquello dotaba de cierta uniformidad a los que se venía haciendo en ese espectro con sintetizadores que, tendiendo a imitar cierta precariedad, accedían gustosamente a registros más modernos que empacaban todavía más la identidad de lo que se cocía.

A partir de la segunda década del siglo, el out run comenzó a salir de las comunidades digitales para dar el salto fuera de las pantallas y de las programaciones de software accesibles. También se vieron reforzados e influidos por la deriva del house francés y de ese tekfunk que inundó todo Europa, pero que, como origen francófono, acabó calando hasta los huesos en Francia, Bélgica y Quebec, de donde eran, curiosamente, la mayoría de los miembros más destacados de la synthwave.

Pero si hay un detonante más o menos aceptado con cierta unanimidad, fue el estreno de Drive, la película protagonizada por Ryan Gosling (debió tener una frase más que en el resto de sus películas, es decir, un total de dos frases) y que acabó por descubrir qué era aquello del neonoir, una nueva evolución estética a base de neón, púrpuras y fucsias con los que cuadraba de maravilla la synthwave. En su banda sonora aparecían “Nightcall” y “A Real Hero”, dos temas que acabaron por iniciar el subidón (y de los que comentaré después).

Después vendría el expolio nostálgico de Stranger Things y su hermano Dark, y los Tron Legacy o Blade Runner 2049 (una frase más que en Drive, tres), haciendo creer que aquello era porque sí, y no una maniobra comercial a base de la manipulación emocional de una generación que, por lo menos, revivían cierta pasión hacia aquellas tardes delante de la televisión analógica (y, en España, de dos canales). Era la señal y poco más había que hacer para que la synthwave acabase de salir del underground para entrar en esa postmodernidad de consumo rápido. Para finales de la década, ya era otra cosa. Propongo aquí diez discos de retrowave que cuentan la historia de este género mejor. Disfrútenlos.

10 álbumes para introducirse en la synthwave

Dreamatic, de FM Attack (2009)

Si hay que empezar por un álbum, tanto por proceso como por cronología, este primera entrega del canadiense FM Attack es la mejor opción. ¿Por qué? Pues simplemente porque aquí podemos notar la transición de un techno suave, e incluso de un no muy lejano electroclash instrumental en algunos cortes que marcará los primeros años del paradigma synthwave, como también los vocoders y voces procesadas que se harán imprescindibles en los embriones del asunto. En resumen, un retrowave que comienza a forjarse con sus referentes muy claros, de los que se empapa poco a poco para señalar la dirección a seguir.

 

Redline, de Lazerhawk (2010)

Venga cochazos. El imaginario synthwave y la devoción automovilística del mismo son inseparables. Numerosas son las referencias al mundillo y a su suspiro de nostalgia, pero si un álbum de los primigenios se lleva la palma, ese es Redline. Cortes motorizados, velocidad mantenida, autopistas levemente iluminadas por neones y esa confianza de quien se sienta al volante en la oscuridad tan seguro de sí mismo que da igual, aunque vaya sin dirección. Lazerhawk lo ilustra (lo sonoriza) fenomenal, con la magnífica y veloz “Overdrive”, tema fundamental del género, al que acompañan otras referencias como las primarias “Pedal To The Metal” o “Activation” que anunciaban un estilo todavía por depurar.

 

Turbulence, de Miami Nights 1984 (2012)

Este segundo álbum del canadiense Michael Glover, lanzando en Rosso Corsa, la discográfica que él mismo fundó, es muy posiblemente la mejor representación de ese synthwave veloz y nocturno, ese que nos lleva al reflejo de luces en deportivos que no van a ningún lado y a todas partes. Reivindicado como una de las mejores muestras de beats intensos y unas construcciones de sintetizador puramente ochentas (más todavía, si cabe), sus temas no pueden ser obviados ni dejar de ser relacionados con el mejor revival (y más inicial) del cine de la década nostálgica al que se le ha aplicado cierto barniz de modernidad. “Ocean Drive” y, sobre todo, “New Tomorrow” deberían ser tus himnos desde ya.

 

OutRun, de Kavinsky (2013)

A pesar de que la irrupción de Kavinsky la encontramos en su sencillo “Nightcall”, de 2010 y que fue disparado con Drive, el primer álbum del francés nos lleva a 2013. OutRun no pierde la esencia de ese techno francés, medio house, medio tekfunk, con el que los Daft Punk más comerciales impregnaron hasta la saciedad todo. Por eso no es descabellado afirmar que este es un álbum de transición, de reconocimiento a los orígenes franceses casi más que a la propia estética fílmica de los 80 (que, por supuesto, también la tiene). Rescata “Nightcall” para la ocasión y, de paso, va apuntando maneras estilísticamente más cercanas a lo que podríamos considerar el paradigma synthwave: ahí están “Deadcruiser” o “Testarossa Autodrive” para atestiguarlo.

 

Dangerous Days, de Perturbator (2014)

Si hay un nombre oscuro en todo el género, ese es, sin duda, el de Perturbator. Deambulando entre la faceta electrónica de la dark wave y la retrowave de atmósferas más pesadas, el francés logró aunar en Dangerous Days algunas de las melodías más descriptivas del género y de su personalidad, casi realizando un corte para cada momento de una BSO imaginaria. Si las entradas de “Welcome Back”o “Minuit” aterrorizaban por su sugerentes neblinas, “She Is Young, She Is Beautiful, She Is Next” es una declaración paranoica a ese cine de terror ochentero al que le insufla velocidad y quizá algo más de tensión. “Last Kiss”, por ejemplo, seguían sumando. Como compendio de estados de ánimo llevados a la gran pantalla, desde luego, es imprescindible.

 

Innerworld, de Electric Youth (2014)

A pesar de estar editado en 2014, las raíces de Innerworld, de los canadienses Electric Youth (Bronwyn Griffin y Austin Garrick), hay que buscarlas en su éxito de 2010 “A Real Hero”, el sencillo que encandiló a toda una generación y que acabó por poner sobre la palestra lo que se venía cociendo. Este tema, usado como uno de los temas principales de Drive, contaba con la colaboración del francés College, y su enorme emotividad lírica -basada en los acontecimientos del amerizaje de aquel avión de el Hudson- sobre una deliciosa base retrowave lanzó al dúo canadiense como uno de los mejores representantes del género. Cuatro años después, en este elepé, juntarían aquel tema seminal con una producción enorme de melodías synthwave de ecos nostálgicos que tenían en la voz de Griffin su gran sello de identidad. Una delicia.

 

TRILOGY, de Carpenter Brut (2015)

Recopilación en formato álbum de sus tres primeros EPs, el francés Carpenter Brut puede presumir de haber tocado muchos de los palos emocionales de la synthwave. No obstante, sus trabajos que aquí se presentan lo hacen bajo nombres muy peliculeros. No oculta su enorme exposición al tekfunk (superen “Disco Zombi Italia” u “Obituary”), a cierta épica de “Division Ruine”, la sempiterna paranoia de “Run, Sally, Run” o la vocoderizada “Anarchy Road”, de enormes reminiscencias a cierre de película con créditos magníficos e, incluso, de cierta instrumentación vangelística. Vamos, un buen compendio a modo de retrospectiva de los primeros años de este ser en formato de hora y veinte de trallazos sintéticos casi indispensables para entender los orígenes del género en Francia.

 

Atlas, de FM-84 (2016)

Un álbum curioso en cuanto a los distintos ritmos que atesora se refiere. Los hay con marcado carácter de percusión, a unos bpms y cadencias superiores a cualquiera de los que podrían haberse imaginado en el universo del cine de los 80, sí, pero también hay corte de auténtica delicia paisajística, decelerados y decorados con evocadoras voces, que son perfectos para evocar esa nostalgia sonora ahora sí más propia del mundo del fotograma. Pero no debemos quedarnos ahí, porque, a pesar de la evidente vinculación con los registros de las bandas sonoras, aquí también vamos a ser remitidos por momentos a aquel synthpop más romántico y melancólico, evolucionado del más festivo.

 

Crystal City, de Robert Parker (2016)

Aunque pueda parecer un disco sin muchas pretensiones, lo cierto es que el segundo álbum de Robert Parker (o tercero si incluimos el recopilatorio de sus primeros sencillos) merece una escucha por varios motivos. A saber: se establece cierto paradigma en cuanto a la percusión tras algo de camino recorrido desde los inicios del género, no renuncia en absoluto a sus orígenes del house francés, destila cierta madurez creativa y no se corta a la hora de incorporar estridentes instrumentos electrónicos o, por lo menos, pasar a los convencionales por la túrmix de la década. Si no, ya me contarán qué les parecen esas guitarras procesadas o la dicotomía de más de una línea de sintetizador. Y sí, a veces puede parecer algo barroco y excesivo, pero no conviene olvidar cómo acabó la década de reflejo, a base de lacazo en el pelazo, asteroides y polipiel. Y, como diría aquel, eso también es synthwave.

 

Sleepwalking, de NINA (2018)

Podríamos echarle en cara a la alemana NINA que aprovechase todo el tirón para situarse entre los nombres de las grandes divas de la synthwave. Pero faltaríamos a la verdad (y algo al respeto) si no valorásemos su propuesta, una actividad en la que la voz prima sobre los ritmos más neón, que comenzaban ya a estar sobresaturados y con poco margen para la maniobra imaginativa. Por eso, cuando en 2018 publicó Sleepwalking todos miramos (escuchamos) más hacia una propuesta vocal que había sabido leer perfectamente el devenir del género. Renovación exigua, pero renovación al fin y al cabo, y por eso está en esta lista.

 

Escucha una playlist especial de synthwave

Álvaro de Benito:

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