Michael Gira + Víctor Herrero – Teatro Lara (Madrid)

Yendo directamente al grano hay que decir que el concierto de Michael Gira es de esos que no se olvidan. De esos que, según el contenido personal de cada uno, se quedan dentro para construirse un espacio de mantenimiento en el área de los recuerdos latentes.
Fuera de quinielas acerca de cómo estaría sobre el escenario, si arisco o amable o si haría ruido o se bastaría con las cuerdas de su guitarra, el hecho de tenerle por Madrid guardaba el atractivo de quien, con el paso y sin el peso del tiempo, sigue labrando un camino fructífero de notables resultados. Sus discos y conciertos con Swans, y otras encarnaciones, son la evidencia de un talento construido en una caminata terca que deja su huella sin que esta se parezca a otra.
Tras el singular preámbulo de Víctor Herrero, que ofreció un interesante atisbo de folk muy personal, los cuatro monitores que rodeaban a la silla ubicada en el centro del escenario dieron la bienvenida a un Gira que, guitarra en mano, y con una parquedad de agradecer, inició una lección, sin soberbia alguna, de acción y pasión absolutamente subyugante.
Porque lo soberbio del asunto fue su propia confrontación frente a sus canciones. Parecía como si las tratase tal cual seres vivos con los que mantenía, según sus motivos, una conversación airada, íntima, reflexiva o violenta. Era con ellas con quien Gira se medía saldando cuentas que, quién sabe, hayan ido naciendo de la propia observación de su vida, música y letras. A fin de cuentas estamos hablando de un compositor para el que la obra siempre ha sido algo que va mucho más allá de su expresión.

“Jim” fue la primera en caer, dando la cara, sin regodeos, a fuerza de voz cambiante, interpretando las aristas del tema. Le siguió “My True Body”, con furia contenida, de esa que se guarda cuando se ha sentido de verdad.

“Destroyer” y “Oxygen” avanzaron en una lírica compuesta por lo desencarnado, las imágenes hechas trizas y lo crudo de lo palpable. Al llegar “I See Them All Lined Up”, la corriente continua siguió cogiendo a los silencios, teniéndolos en vilo. Las inflexiones, de bronca, de suavidad, delatoras y confesionales de Gira se tensaban con claridad. Podía notarse cada giro y cada carraspeo de su garganta.
Al terminar cada ejecución el norteamericano agradecía, sonreía y preguntaba si todo iba bien. El silencio que llegaba cuando cantaba, roto en ocasiones por algún fan atorrante que en medio de una canción pedía otra quedando, por tontería propia, fuera de lugar, exigía dejarse llevar por el ideario de un tipo al que la experiencia le ha puesto en un sitio que le viene como anillo al dedo.
“Helpless Child” antecedió a una “Song For My Father”, emocionante, cercana, álgida y grandiosa. Mientras tanto el concierto, impecable, siguió su curso con “My Suicide” y “Promise Of Water”. Los aplausos llegaron nuevamente al reconocer el modo imperial de “Love Will Save You”, otra de esas canciones que son un bloque compacto de significado y significante.
“New Mind”, “A Piece Of The Sky” y la afilada “God Damn The Sun” finiquitaron la noche. Una noche que duró lo necesario y que cerró las cortinas del recuerdo con un Michael Gira agitando sus manos, despidiéndose de la gente de modo entrañable. Era extraño verle así, en una muestra de cortesía que servía de réplica a los aplausos de la gente. Pero más extraño fue quizás sentir la posibilidad de haber sido parte de un momento único, por mucho que en sus viajes repita o no el repertorio o que sus maneras se apoyen o no en recursos de directo.
Lo importante fue sentirse expuesto a esa sensación que brinda la música cuando se traspasa a sí misma y se convierte en algo físico. Esto es algo subjetivo, claro, pero estas líneas están para eso, para describir un momento visto y sentido desde un prisma personal dentro de un contexto.
Afortunadamente una canción aún puede hacer que un escenario se convierta en emoción gracias a alguien con una guitarra y el valor y el talento suficientes para clavar su nombre en el ambiente.
 

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