Motörhead – Sala Razzmatazz (Barcelona)

Cuando uno se propone asistir a un concierto de una leyenda viva como Motörhead, sabe perfectamente lo que se va a encontrar; sencillamente una brutal sesión de rock & roll macarra revolucionado, a cargo de una de las bandas más auténticas e influyentes de la historia del rock de todos los tiempos, haciendo válido como nadie desde hace más de 25 años eso de, “sex, drugs and rock and roll” . Y no como una actitud de postín sino, como modo de vida ininterrumpido donde el ex Hawkwind, Lemmy Kilmister encontró, en el año 75 el punto de encuentro entre el naciente punk, el rock & blues clásico y el hard rock setentero para dar forma a algo llamado rock & speed o punk- metal sin los cuales, las carreras de infinidad de bandas de estilos inimaginables no hubieran desarrollado su sonido.

No están de moda desde hace más de 20 años, ni su sonido monolítico ha evolucionado lo más mínimo, pero su leyenda y sus tradicionales e hiperpotentes directos, son aún capaces de poner a reventar salas como Razzmatazz en cada una de sus visitas, con un público tan variopinto como trans-generacional. Que sí, que vuelve el rock y la gente quiere recuperar ese espíritu perdido, pero es que Motörhead siempre han estado allí. Cuando un servidor nació, Lemmy ya asustaba con su voz rota a base de mala vida y esas verrugas de hechicero, y cuando un servidor ha crecido, el Sr. Kilmister continua maltratando nuestros oídos y su vida.

La olla se empezó a calentar con la Bon Scott Band y su revisión del repertorio de clásicos de AC/DC de manera solvente. La temperatura sube. Y más aún cuando el trío estrella salta al escenario con un apabullante “We are Motörhead” a un nivel de decibelios increíble. A partir de ahí, lo de siempre, partiendo de la base de los infalibles clásicos como “Civil War”, “No Class”, “Kill by Death”, “Orgasmatron”…, un increíble solo de batería de más de 5 minutos, y el obligado homenaje a su amigo y fan, el fallecido Joey Ramone. Hasta una innecesaria y potente versión del “God save the Queen” de los Pistols, que se podían haber ahorrado. Se acerca el final, y con él la parte más predecible de todos sus shows, pero también la más esperada por una audiencia que no espera sorpresas, sino esos tres himnos iconoclastas que son “Bomber”, “Overkill” y la incendiaria “Ace of Spades”.

A partir de ahí y para el resto de la noche, un zumbido en los oídos y cierto desconcierto acompañó a todos y cada uno de los asistentes que se fueron esfumando de la calle Almogávers, pensando en si de mayores quieren ser tan feos como Lemmy, o en seguir asistiendo a sus shows si es que aún vive. Una lección en que todo amante del rock & roll debería peregrinar, al menos, una vez en la vida.

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