Música aplicada 

Las obras artísticas no existen por fuera de su audiencia. Es sabido que el público receptor es quien le da a la obra su compleción. Asimismo, el arte es parte de la audiencia: una vez que es consumido, queda almacenado en alguna parte del público. Así pues, no solo le damos sentido a la música al escucharla, sino que somos modificados por ella al consumirla. En este artículo le echaremos un vistazo a las consecuencias de tan sonora digestión.

Un comercio de sonidos

La música está presente en los supermercados, en los bares, en los casinos. Lejos de servir un mero fin estético, la música cumple una función comercial: atrae al público y lo invita a seguir consumiendo. Diversos estudios demuestran que los compradores permanecen más tiempo en una tienda cuando hay música en el ambiente.

Un ejemplo peculiar es el de las máquinas tragaperras. Lejos de estar relacionadas con la auténtica música, estas máquinas emiten sonidos que apuntalan ciertos estados de ánimo. Se podría pensar que esto es parte del entretenimiento, pero se trata, en verdad, un mecanismo para animar la compulsión lúdica. La variedad de estos juegos es sumamente amplia, como se puede ver en mejorcasino.com.es, pero en todos los casos hay un componente musical muy marcado.

Las máquinas tragaperras no presentan la tradición ni la elegancia de las ruletas o de otros juegos de casinos; están orientadas a un público sin mayor destreza que la de accionar una palanca y sin una paciencia más amplia que la tolerada en los escasos segundos en los que se decide el resulta de la ronda. Este público irreflexivo es muy vulnerable a los estímulos auditivos, sobre los cuales no logra ejercer un pensamiento crítico. El profesor Mike Dixon, de la Universidad de Waterloo, realizó un estudio sobre la aplicación de la música en este tipo de máquinas. Sus resultados revelaron que las tragaperras son capaces de emitir más de cuatrocientos sonidos diferentes, los cuales están mayormente encauzados a seducir al jugador. El efecto de la música se vuelve más acentuado cuando el jugar gana una partida. La función de tales sonidos es hacerle creer que está ganando más de lo que realmente obtuvo. Hay una especie de exceso, en el sentido lacaniano, en la música de las tragaperras: a través de ella, el apostador obtiene un plus en las ganancias materiales, que no es monetario sino ideológico.

Dixon utilizó a 96 voluntarios para su experimento. Estas personas probaron una serie de máquinas tragaperras y luego fueron cuestionadas sobre sus preferencias. En todos los casos, las máquinas mejores valoradas fueron las más ruidosas. Los sonidos, entonces, no son simples accesorios del juego, sino una parte sustancial. El objetivo de esta estrategia es la sobrevaloración de las ganancias: los usuarios se dejan convencer, a través de una serie de sonidos, de que realmente han ganado algo, aunque la evidencia material muestre lo contrario. Esta es, sin dudas, una significativa ilustración del funcionamiento de la ideología en la sociedad de consumo.

Una expresión de humanidad

Sí, la música nos compone, nos integra y nos constituye, y nos afecta tanto como la comida que digerimos o los programas de televisión que miramos. Sin embargo, no todos los efectos de esta interacción responden a las intenciones manipuladoras del establishment. ¿Quién no ha experimentado nunca la carne de gallina al escuchar una canción querida?

La música también puede utilizarse para construir una conexión entre el arte y la realidad social, incluso de maneras indirectas o figuradas, como es el caso de la canción lanzada por Bob Dylan en medio de la crisis económica y sanitaria actual. Dylan no habla de coronavirus ni de la caída de las bolsas internacionales, pero su mensaje musical toca el centro de la situación por la que atraviesa el mundo, al tiempo que la cuestiona y la modifica. La explicación de tal vínculo es inefable y solo puede ser representada por la propia canción de Dylan; por eso mismo es que la música se vuelve un lenguaje intraducible y amerita su existencia en el cúmulo de expresiones humanas.

También existen aplicaciones de la música en la salud. Muchos terapeutas la utilizan en tratamientos como la recuperación de adicciones, pues algunos ejercicios han demostrado ser muy eficientes, como cantar en voz alta, meditar mientras se escucha música, y bailar. También existen disciplinas estudiadas en las universidades, como la musicoterapia, que intentan construir un vínculo directo y comprobable entre la salud y la música.

Así pues, es evidente que la música nos influye de modos directos. Es importante, entonces, ser conscientes de los resultados de esta influencia y de las vibraciones que nos produce, para así saber elegir la banda sonora de nuestras vidas y no ser presas de soniditos manipuladores.

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