The Smashing Pumpkins – Sala Arena (Madrid)

Smashing pumpkins siempre serán, junto a Pearl Jam, la banda de mi vida. Les debo tantas vivencias, recuerdos y sensaciones asociadas a mi despertar musical y existencial que ocupan un olimpo inalcanzable donde nadie llegará nunca.
Por ello, entrar por la Sala Arena el pasado jueves era similar a espiar por el ojo de una cerradura a una vieja amante: era una mirada de miedo, cautela y reservas.
Aún así, el peso del recuerdo y el hecho de ser consciente de lo que es hoy Smashing Pumpkins -Billy Corgan rodeado de tres efebos mercenarios solventes con el carisma escénico más anulado de la historia- ayudaba a posicionarse.
Tras los desastres vividos del Palacio de los Deportes en la gira Machina y el hazmerreír del PepeWorld Festival en la gira Zeitgeist, uno estaba curado de espantos y era tiempo de apreciar si algo había mejorado.
Los primeros indicios que lo atestiguaron, fue encontrar a Billy centrado, humilde y alejado de la gilipollesca pompa y soberbia que antaño lucía en escena.

El entusiasmo similar al de una banda que está empezando y busca conquistar a sus fieles era igualmente latente, unido a tocar en una sala más reducida y un sonido rotundo llenándola, siendo el vehículo perfecto para rememorar composiciones inmortales.

Y es que, básicamente, este fue un concierto de hits de la época dorada: “Zero”, “Bullet with butterfly wings”, “Today”, “1979”…incluso las canciones estrella de cuando su carrera ya atisbaba rasgos de flojera brillaron especialmente: una electrificada “Ava Adore” y la contundencia de “The everlasting gaze” fueron lo mejor de la velada.

No faltaron guiños inusuales como el rescate de “The beginning is the end is the beginning” o de “Neverlost”, un tema maravilloso de un disco infame como Zeitgeist (07). Mención especial para la descomunal “Starla”, donde en su desarrollo final, Corgan exhibió su maestría a las seis cuerdas.

Era presumible que las nuevas composiciones causaran fatiga y sopor, aunque afortunadamente no asomaron en exceso, y era fácil recuperar el ritmo con encadenados tan inapelables como el de “Cherub rock” y “Muzzle” que cerraron el primer grueso del show.

El bis, entre una nube de aplausos, trajo la indignación de interpretar “Disarm” con todos los arreglos grabados –muy duro-, una innecesaria versión del “Space oddity” de David Bowie y, ahí ya sí, el martillo pilón rezumante de metal de “X.Y.U.”, tocada con el desquiciamiento que requiere.
El show se resistía a morir mientras Billy y sus secuaces nos regalaron de nuevo, tras haber sido el inusual arranque, el “Black diamond” de Kiss –ese sí que necesario en los tiempos que corren- con un batería brillante cantando y aporreando las baquetas simultáneamente con presteza.
La moraleja de la noche fue que, misteriosamente, volver a escuchar “Tonight, tonight” con su verso“the more you change, the less you feel”, tras haberlo hecho por primera vez con 19 años, ahora, con 35, cerraba el círculo mientras observaba pétreo a 15 metros de distancia multitud de brazos enarbolando smartphones con el holograma desdibujado de Billy Corgan como fondo.

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