Sigur Rós (Wizink Center) Madrid 29/09/22

El otoño llegó a Madrid y con él Sigur Rós. Como si fuera parte de una película, de esas de nordic noir, la bienvenida a la capital del conjunto islandés era digna de cinematografiar. Los cielos se tornaron grisáceos, sacamos nuestros jerséis de los armarios y una fina lluvia empapaba el asfalto de la capital. El trío islandés debía de sentirse como en casa, nunca las calles de Madrid tuvieron tanto parecido a las de Reikiavik, y más después del concierto de Kaleo días atrás.

Cinco años después de su última visita a España, Madrid se rindió a los sonidos ambientales y nostálgicos del grupo liderado por Jónsi, historia viva de la música contemporánea. Un concierto donde el trío, reconvertido en cuarteto en los directos, empezó con su disco del 2002 titulado (): el álbum de las canciones sin nombre. Habían pasado las nueve de la noche cuando los primeros acordes de “Vaka” resonaron con fuerza, para continuar con “Fyrsta” y “Samskeyti”. Sin darnos cuenta, ya nos habíamos adentrado en su mundo, supieron guiarnos como unos chamanes por más de dos horas y media de espectáculo.

Puedo asegurar que fue uno de los conciertos más mágicos que he vivido. Cuando uno se adentraba al WiZink Center, solo encontraba una gran sala diáfana y unas enormes telas negras que cubrían todos los asientos. El silencio era sepulcral, incluso los niños y niñas que había guardaban el máximo respeto, muchos de ellos en los laterales del recinto, mientras se quedaban dormidos por las melodías. El resto de los 4.500 asistentes nos mecíamos con los sonidos etéreos y la voz en falsete de Jónsi Birgisson.

Más que un concierto estábamos presenciando una experiencia sinestésica, que cobró más fuerza cuando “Svefn-G-Englar” sonó. El público entró en catarsis. Apenas habían sonado cuatro canciones y ya nos tenían comiendo de su mano. El silencio fue interrumpido por un aplauso efusivo.

Si ya de por sí los caminos musicales que desarrollan en sus grabaciones son difíciles de definir, en directo toman otra consideración, al ser reformulados con una mayor beligerancia. Un ejemplo lo tenemos con las canciones “Rafmagnið búið” y “Ný batterí”: ambas forman parte del Ep que presentaron en el 2000, aunque la última de ellas también pertenece a uno de sus discos más reconocidos, Ágætis byrjun (1999).

En vivo, y como forma de conectar ambas canciones, utilizaron el ruidismo como herramienta musical. Todo el pabellón quedó prácticamente a oscuras. Sonidos profundamente desagradables, que parecía que venían de otros mundos, inundaron la sala. La experiencia era única y difícil de explicar. Acto seguido, las iluminaciones cálidas volvieron aparecer y con ella las melodías reconfortantes de “Ný batterí”. Nos hicieron experimentar la oscuridad para luego poder abrazar la luz.

Este no fue el único experimento sonoro que llevaron a cabo. En “Gold 2”, un tema que formará parte del nuevo disco del grupo, se creaban largos momentos de silencio, en ocasiones suspendidos por el piano y en otros sin ningún tipo de instrumento. Algo similar a lo que hizo John Cage en su composición “4 ‘33”.

Tras varios temas más y casi noventa minutos de espectáculo, se realizó una pausa de quince minutos. Un buen momento para ir a por provisiones, descansar las piernas y mirar el merchandising, abusivo en mi opinión, ya que debían estar a precios de Reikiavik.

La siguiente parte del espectáculo comenzó con “Glósóli”. Las once canciones que presentaron tuvieron una mayor presencia de post-rock que de sonidos ambientales. En el caso del tema de “Sæglópur”, terminó con el sonido de una especie de órgano y un pitido ensordecedor capaz de erizarte la piel. Recuerdo que uno de los asistentes que se encontraban justo a mi lado preguntaron cuándo iban a interpretar las canciones más reconocidas. Nunca lo hicieron. Temas como “Olsen Olsen” o la más aclamada de todas, “Hoppípolla”, no sonaron en el WiZink Center. Por suerte sí lo hicieron “Festival” o las dos que cerraron la velada, donde la batería resonaba con una fuerza inaudita: “Kveikur” y “Popplagið”. Un final maravilloso que terminó de la misma manera que comenzó con su álbum ().

El concierto también se podrá vivir el sábado 1 de octubre en el recinto Sant Jordi Club en Barcelona. Un regreso que muchos echamos de menos y que la mejor forma de describirlo es como los propios Sigur Rós han definido en esta gira: Slow and Loud.

Fotos Sigur Rós: Blanca Orcasitas

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