Bjork – Auditorio Parque Juan Carlos I (Madrid)

Bjork dio un concierto de 85 minutos por 36 euros. Todo el mundo sabe lo que se dice de lo bueno, lo breve y los frascos pequeños… Y que un buen concierto no vale dinero. Pero después de una actuación como el del día 1 en Madrid, uno piensa en que la música, que durante el siglo XX era la menos burguesa de las artes, es ahora justo lo contrario.

El festival Schweppes Urban Mix inundó Madrid de color musical el año pasado, aunque ahora ha quedado reducido a tres conciertos de altura, sin actividades menores o paralelas. Eso sí, mantiene su afán de explorar nuevos escenarios y si el año pasado fue la muralla árabe, ésta edición ha descubierto para el gran público el Auditorio del Parque Juan Carlos I, grandote él, al aire libre, ideal para estos berenjenales, vamos.

Acompañando a la Gudmundsdótirr, un conjunto de cuerda, el dúo Matmos a las bases, Zeena Perkins (estupendísima) al arpa y el acordeón y la aparición ocasional de, según creí adivinar, Leila.

Todo un artificio. Literalmente, porque las canciones se sincronizaron a la perfección con pirotecnia. Especialmente emocionante fue la interpretación de “Joga”, en la que el clímax coincidió con un festival de columnas de fuego, linternas en el bosque y colorines en el cielo de esos que le ponen a uno la sonrisa tonta y le hacen estrujar o pensar en [email protected] [email protected] o [email protected], ausentes o presentes.

Pero los fuegos artificiales no desviaban la atención hacia la minúscula islandesa. Fiel a su estilo tan simpáticamente hortera, Bjork apareció, por primera vez en Madrid desde hace casi una década, con un vestidito negro, tutú y gorrito blanco en forma de casquete polar (osos incluidos). El “Pagan Poetry” con el que arrancó la actuación dio pistas de por dónde iban a ir los tiros: canciones nuevas, de ese futuro “The lake album”, con repasos al “Vespertine” y al “Homogenic” y pocos recuerdos al pasado. También mostró las coreografías de la islandesa, que parecía querer sacudirse la música al son de las arritmias de Matmos, y, según me indicaron acertadamente por ahí, recordaba en momentos a Lina Morgan.

Los nuevos temas,como “Nameless” o “Where is the line” apuntan por el mismo camino que “Vespertine”: calma y recogimiento melódico. Especialmente interesante parece ser “Desired Constellation”, que se hizo aún más apetecible con la proyección de un precioso video de extraños mundos acuáticos con calamares en forma de brazos. La voz, perfecta, rabiosa, juguetona y modulada con acierto desde las consolas de sonido. Caras B, también, para los exigentes (“Generous Palmstroke”), que se iban alternando con una sabia elección de los himnos (“All is full of love”, de las pocas cantadas por el público, “Hyperballad”, “Pluto”, “Bachelorette”) y, un explosivo final con “Human Behaviour”, única concesión festiva y única mención del “Debut” que marcó el final del show.

Al final, los fans de toda la vida, los que lo vivieron en las cinco primeras filas y seguramente no coman caliente en toda la semana, la gozaron de lo lindo: lágrimas, orgasmos múltiples (lo juro), falta de aliento. El resto, la plana mayor de la modernez madrileña que fue a lucir modelazo y dejarse ver, pues también tan contentos; misión cumplida. Si, un buen concierto para todos. Y, como decía la Bruja Avería: “¡Viva el mal! Viva el capital!”.

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