Drive by-truckers – Heineken (Madrid)

Sí, de acuerdo: Drive by truckers sonaron bastante mal este miércoles pasado en Madrid. Y eso que su medio natural son las salas, mucho más que los festivales al aire libre donde se difumina su pringoso espíritu lírico que disecciona la América profunda como pocos. Las canciones surgían saturadas y alejadas del brío y espíritu expansivo que presentan en disco. Pero no, me niego a hablar mal de una banda tan necesaria en el panorama actual.

Me molestan mucho más otras cuestiones: a ver ¿verdaderamente el público que había allí esa noche estaba vivo o lo trajeron del depósito de cadáveres de alguna morgue? Entiendo que tiene que ser duro quedarse sin pelo y no lograr echar un polvo fácilmente o si estás así y tienes una fortuna, dejártela para poder copular. Y es que las caras y actitud heladora de la gente era un corta-rollos pavoroso. Vamos, que prefiero una y mil veces la actitud que tanto en entredicho puse con Arcade Fire en el Palacio de Deportes la semana pasada, al menos tienes la sensación de estar en un show y no en un velatorio.

¿Cómo es posible así disfrutar, aparte de por el lastre sonoro, de pepinazos a la altura de “Where the devil don’t stay” o “Sink hole”?, aún así se intentó: El grupo mostró su faceta más eléctrica y buscó ganarse al (i)rrespetable desde el primer minuto con cortes stonianos como “Marry me” o clásicos recientes como “Birthday boy”, canción apelmazadísima esa noche y que perdió todo el lustre guitarrístico maravilloso que florece en The big to-do (10). De su último trabajo, curiosamente dieron mucho mejor resultado sobre las tablas las menores “Get downtown” o “This fucking job”.

Los temas que más convencieron y donde se volcaron más, fueron los antiguos, los anteriores a la era Jason Isbell; se les notaba disfrutando a lo grande cuando los interpretaban y daban ganas de rescatar esos primeros plásticos alejados aún de la grandeza exhibida desde Decoration Day (03), sobre todo los del doble Southern rock opera (01): “Women without whiskey” o “Let there be rock”, fueron dos trallazos que llamaron la atención sin dificultad.

Otra cosa que personalmente me fastidió fue la total omisión de A blessing and a curse (06), un disco magnético al que acudo regularmente y que se ha convertido con los años en imprescindible. Su faceta más introspectiva brilló por su ausencia también, quizá por el conocimiento de que las condiciones sonoras iban a impedir disfrutar de temas tan espeluznantes, de hecho una de los pocos acercamientos a su fantasmagoría sureña, “Tornados”, fue más que discreto.

Pero qué quieren que les diga, sólo por el júbilo que pudimos mostrar una microsección en primera línea de fuego con el encadenado de una canción capaz de hacer desaparecer la escena stoner entera como “Lookout mountain” seguido del desparpajo interpretativo de Mike Cooley con “3 dimes down”, la velada valió la pena.

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