Manta Ray – Torres de Electricidad (Acuarela)

Siempre he pensado que la legítima función del arte, tanto en su creación como en su interpretación, es modificar o reforzar la visión del mundo que uno posee para así repercutir sobre la conducta individual o colectiva. Si no es así, no me sirve; a mí no me estimula “el arte por el arte”, no tengo espíritu de mecenas o de abúlico intelectual.

Llevando esta reflexión al universo Manta Ray, diré que su trayectoria artística sigue una senda que ha pasado de plasmar expresionismo sonoro de habitación solitaria a abstracción sonora de conciencia crispada. Las formas han mutado de manera extraordinaria: zambullirse en su bruma melancólica ya es tarea imposible, su validez actual se entiende exclusivamente para echar un pulso tenso a estos tiempos convulsos en que vive el ser humano, pero con la repercusión del que escribe una columna para un periódico por mucho que pretendan perpetrar atentados a las aseveraciones del vetusto occidente. No, amigos, no L’Enfer Tiéde sólo puede haber uno, esa obra maestra firmada por Programme, es mejor que los asturianos cesen en el intento de alcanzar ese hito, les faltan kilos de amonal.

Enterrados los discos de Afghan Whigs, Chris Isaak o Come y desempolvados para quedarse definitivamente los de kraut-rock, Fugazi y Shellac, Torres de Electricidad es un trabajo continuista que incrementa el pulso marcial y urgente marcado por Extratexa, acta de defunción demoledora para su carrera (para resultar crudo y visceral jamás se debe ser impersonal e intrascendente). Sí, de acuerdo, el concepto de ambas obras me vale, me impresiona, pero la ejecución musical en estudio –en directo sabemos que es otra historia-…no, hombre, no. Honrosa excepción al cataclismo de Extratexa fue en su día “Another Man”; esta vez, siendo severos, ni un minuto se salva de la indiferencia.

Unos llaman adquirir personalidad a la evolución de su carrera, yo lo llamo escapismo, huir de uno mismo para escupir a los engranajes de un sistema carente de valor –ya no sólo de valores-; me recuerda mucho el caso de Radiohead, encontrar una salida escurriéndosenos de las manos para desvanecerse en la nada más absoluta de quienes hipotecamos tantos momentos por ellos.

Ayer, antes de perfilar la crítica, escribí numerosas notas nerviosas recordando mi pasado y el suyo, estableciendo líneas paralelas, pero desisto de plasmarlas, para qué, para lamentarme aún más de que “lo único que es para siempre es lo que se ha perdido” (LHR), paso de parecer una oruga retorcida en sal. En efecto, dos cosas están muy claras, que la pintada anarquista de la pared de mi portal “El lenguaje construye la realidad” la ha escrito alguien tras escuchar este disco y otra más evidente: definitivamente vivo entre Pequeñas Puertas entornadas a la Esperanza…¿Al Norte del Norte quizá?

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