Pernice Brothers – Sala Moby Dick (Madrid)

Recuerdo perfectamente nuestra primera conversación sobre música. Yo estaba muy excitada con el primer disco de Hefner, aquél “The Fidelity Wars” y llevaba una camiseta roja, con el cuello dado de sí, algo que te sacaba, según dijiste, completamente de quicio. Tú me hablaste de la música americana, de Wilco y de Joe Pernice. Así que deduje que eras el típico powerpopero (fijo que ahora escuchas a los Pyramidiacs y que sigues divirtiéndote como un enano con Red Kross). Llevabas, y eso nunca se me olvidará, una sudadera con capucha de un color inenarrable. Hablamos de más cosas aquella noche, de tu miedo a las tormentas eléctricas y de mi adicción al tabaco de menta. Nunca más volví a verte.

Han pasado unos años y ahora soy yo quién recomiendo a gente como Wilco, y al prolífico Joe Pernice en sus múltiples proyectos (Scud Mountain Boys, Pernice Brothers, Chappaquiddick Skyline). Un tipo que incluso ha escrito un libro de poesía, bajo el título de “Two Blind Pigeons”. Ahora soy yo quién declaro que el último de Wilco me soprepasó completamente. Y que el de los Pernice, “The World Won’t End“ me gustó muchísimo. Y como llevaba sin escucharlo bastante tiempo, no tenía recientes las sensaciones que produjo en mí allá por el 2001. Así que, el domingo fue lo único que sonó en mi habitación. Para refrescar, y tal.

Y llegó la noche del lunes. La visita a España de la banda americana había despertado bastante expectación. Había mucha gente en la puerta. Tú también, con la misma sudadera y con el pelo más corto. Yo llevaba, aunque no lo creas, una camiseta roja, otra distinta, pero con el cuello dado de sí igualmente. No me atreví a acercarme. Creo que tú también me viste y que tomaste la misma decisión que yo: mantener aquella primera y última conversación intacta, limpia y brillante, dejando a un lado la típica conversación de ascensor que habríamos tenido de habernos saludado.

Y lo cierto es que es difícil hacer un balance sobre lo que los Pernice regalaron a su abundante y entregada hinchada. Sin un motivo ciertamente aparente, a un tema interpretado con una impresionante dosis de estilo, le seguía una canción de patio de colegio. Canciones perfectas, que sonaban contundentes o dulces según el momento requerido, y la bonita voz de Mr Joe impregnándolo todo de color blanco.
El hecho que se trate de un grupo del nivel de los de Boston, hace que en un principio escueza, pero basta escuchar cualquiera de las grandes canciones que el americano escribe, y se perdona todo. Sonreímos, cantamos, nos pedimos otra cerveza, y todos contentos.

Comenzó con Joe Pernice rompiendo una cuerda en la primera nota que tocó, incidente que permitió que mientras Peyton Pinkerton, guitarrista de la banda, colocaba la nueva (¿no hay presupuesto para guitarra de repuesto? ¿Y para roadies?), Joe se quedara sólo en el escenario para recordar cómo sonaba cuando lideraba ‘Scud Mountain Boys’.

Y a partir de ahí, a echar canciones en uno de los dos sacos. ‘Our time has passed’, ‘Overcome by happiness’, ‘7:30’, ‘Crestfallen’, o ‘Flaming Wreck’ (im-presionante) van para el primero. ‘Clear Spot’, ‘Let that show’, o el ‘Leave me alone’ de New Order tienen el dudoso honor de ir a parar al segundo.

Los Pernice Brothers son grandes. Cuentan historias que convierten en preciosas canciones pop sin mayor pretensión que sonar bonitas. Y nos regalaron una noche de buenos temas, algunos mejor interpretados que otros, la verdad. Pero una noche de ésas que no se olvidan. Como en la que nos conocimos. Con sudaderas y camisetas rojas.

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