The Black Keys – El Camino (Nonesuch Records)

Personalidad y talento deben de ser dos de los factores más importantes a la hora de producir un buen disco. En la historia de la música hay un agujero negro que se dedica a engullir a esas bandas que, tras un primer trabajo lleno de inspiración, se borran del mapa dando un paso en falso. Estas formaciones suelen pecar, o bien de un talento escaso que sólo les ha permitido concebir un disco genial (lo cual está muy bien), o bien del excesivo conservadurismo nacido de la voluntad de mantener el éxito a toda costa; en algunos casos, estas dos condiciones coinciden el tiempo.

Dan Auerbach y Patrick Carney reúnen talento y personalidad en cantidades ingentes, por lo que hay que hacerles la ola cada vez que sacan nuevo material; con el afortunado buen ritmo que llevan, tendremos suerte si no nos salen agujetas en los brazos. Poco más de un año después de Brothers, aquel disco con más clase que un tiro de Nowitzki sin oposición, editan El Camino, otro disco destinado a colarse en las listas de lo mejor del año.

Todo lo dicho hasta el momento se podría resumir muy fácilmente: The Black Keys son muy buenos y hacen lo que les da la gana. No es nuevo: lo hicieron puliendo el blues grasiento de sus inicios hasta conseguir el garage-rock directo y cautivador de su primer gran diamante (Attack & Release, 2008); lo hicieron con Brothers, un disco sofisticado y con herencia negra clásica, su obra maestra. Y lo han vuelto a hacer ahora, cuando todos esperábamos una secuela y ellos nos ofrecen una nueva película.

El Camino no deja de ser otra vuelta de tuerca a la discografía de The Black Keys, un viaje al pasado del que regresan con una importante capa de azúcar glasé. Gran parte de culpa la tiene Danger Mouse; el neoyorkino, que producía una sola canción en Brothers (“Tighten up”), ha hecho de El Camino un paseo de adoquines brillantes y sinuosas curvas de glam-rock, con voluptuosas señoras amenizando con coros y palmas el camino hasta Oz. Así es, el último disco de Auerbach y Carney no es un viaje por las palpitantes profundidades del blues, ni una visita en blanco y negro por el Motown de los 60; El Camino está lleno de luz y color, de bolas de espejos, de gafas de sol y de coches imponentes aparcados en la puerta del club.

Mucho más directo que su predecesor y disfrutable desde el minuto uno, el séptimo disco de la pareja de Akron es posiblemente su trabajo más accesible. Con dieciocho minutos menos de música que Brothers, la densidad de El Camino se medirá por el número de gotas de sudor que se van a filtrar en el parqué; 37 minutos en once canciones, de las que sólo una llega a los cuatro minutos, hechas para bailar. Sí, amigos: a los disléxicos del ritmo ya no nos vale ni la excusa de que el rock no se baila. Sólo hay que remitirse al extraordinario vídeo de “Lonely boy”, emblema del disco: ritmo infernal, riffs grasientos, estribillo pegadizo y coros multiplicadores de los niveles de adrenalina.

Se han publicado greatest hits que perderían comba ante el ritmo imparable de este disco. Una detrás de otra, sus canciones conforman un manual de cómo hacer pepinazos rock; ahí están las guitarras de “Gold on the ceiling” o “Run righ back”, que podrían ser orgullosas creaciones de los responsables de “Tush”, “La Grange” o “Sharp dressed man”. ZZ Top es un referente cristalino en El Camino, que sólo da un respiro de apenas dos minutos: los de la acústica de Auerbach en “Little black submarines” antes de que la batería de Carney, el fuzz de las guitarras y los coros femeninos desparramen en una tormenta de rock con mayúsculas.

El concepto de morralla queda desterrado en este disco, instalado últimamente en los dominios de Kasabian o Black Rebel Motorcycle Club; estos últimos, por ejemplo, estarían encantados de haber firmado algo parecido al garage-rock de “Money maker” (con talk-box incluido) en sus discos más recientes.

Ni siquiera los últimos compases de El Camino dan pie al clásico movimiento del pavo navideño (esto es: empezar a rellenar por la parte de atrás). “Sister”, con unos riffs de escándalo y una producción que la hace eterna, inaugura la segunda parte del disco, con total probabilidad lo más pop que le hemos escuchado a la pareja. “Hell of a season” tiene una batería imperial y, como “Dead and gone”, se deshace en las manos de Carney, y también en las del organista, clave durante todo el disco. Pero son los coros, el estribillo, las palmas y el falsete de Auerbach en “Stop stop” los que abren las puertas, distorsión mediante, del pop; “Nova baby”, con sus teclados, su línea de bajo y su ritmo contagioso, podría ser la obra cumbre de una Kylie Minogue bañada en bluegrass y rock. “Mind eraser” cierra el disco recogiendo, uno a uno, todos los tics del disco y añadiéndole los aullidos de Auerbach.

Pronto va a dejar de ser suficiente deslizar el nombre de Black Keys entre lo mejor de cada temporada. Los de Ohio lucen ya galones de banda enorme, justificados tanto en su regularidad como en su permanente estado de inspiración. Y, aunque habrá quien tome El Camino como una traición inaudita o un abandono impío de las raíces blues y de la herencia más inmediata de Brothers, lo cierto es que sus estupendas once canciones son la red que aseguran las acrobacias en la enésima vuelta de tuerca de Black Keys.

Dicho todo esto: uno de los discos del año.

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