Art Brut + Sweater – Sala Moby Dick (Madrid)

Venían a acomodar la noche los barceloneses Sweater con sus colchones de pop dulce, canciones de amplio espectro, que tratan sobre la muerte y de cómo llevamos cada uno ese proceso. Al menos así presentaron el contenido de su último trabajo “I”, una obra autoeditada que bien merece la pena seguir de cerca tras este saludo inicial. Lo peor de la actuación no fue por negligencia del grupo, sino de un sector del público bastante maleducado, que no paraba de píar incordiando a aquellos que queríamos conectar con las cómodas canciones y la más que solvente interpretación que estaban dando del programa de esa noche. Ni siquiera los efectivos visuales que todavía perduran en la retina, consiguieron embobar a tanto papagayo maleducado de extrarradio que ni siquiera tuvo la decencia de alejarse del escenario.

Centrados en la música, Sweater ejecutaron poco más de seis canciones con solvencia de cadete, en unas composiciones que ahora se me antojan esbozos de los OBK más maduros y ahora se me viene a la boca unos Standstill simplificados. Con un estilo todavía por definir, no necesariamente entre los que acabamos de referenciar, un buen sonido y un ritmo tres puntos por debajo de la velocidad deseada (pena de parón entre las canciones), supieron despertarnos el interés y la curiosidad por conocer más, porque presentan una materia de primera mano más que apetecible, si bien a falta de un mayor aplomo en las letras y un poco menos de artisteo en su concepción de la escena. Está claro que todavía les queda mucho por decir. Acertada presentación que si los medios lo permiten debiera actualizarse con más elementos e instrumentos para un mayor disfrute.

Y ahora va y la noche cambia de escenario y de color, pasamos de un grupo del que no sabemos si volveremos a hablar, a uno del que nunca dejaremos de hablar. Los gamberros más educados del rock internacional. Subieron a escena Art Brut. Ouh yeah! El primer trallazo “Formed a band” y después la canción más radiada de su último disco, la fabulosa “Axl Rose”. Pena del sonido que hizo que intuyéramos las canciones lejos de la nitidez del disco. Pero como se pudo comprobar a lo largo de la noche, al final, y sin pretender resultar peyorativo, esta vez la música no fue la protagonista. Quien sí ejerció de maestro de ceremonias cum laude, fue el cantante Eddie Argos, una suerte de Oscar Wilde pasado por la turmix de la actitud pseudo punk y los grupos mancunianos del “24 Hour Party People”.

Poco importó al grupo que había venido a pasárselo bien y a contagiarnos, desprenderse en la primera media hora de otra gran canción como “Lost Weekend”, cuando la fiesta no había hecho más que empezar. A partir de allí sólo importaba el qué, el cómo y el cuándo de las hazañas de Eddie Argos. Empezó bromeando sobre el mal funcionamiento del bajo, imperceptible durante más de quince minutos, y terminó obligando a la sala entera a tirarse al suelo siguiendo el hilo de una descacharrante historia que mezclaba Holanda, un guarda de seguridad y un ascensor…todo un apabullamiento divertido, con bien de flema inglesa y con una acidez desbordante que hizo que Eddie terminara de rodillas con todo el público agachado, un público feliz, divertido y saltarín que desde esa noche es más fan del grupo.

Ian Catskilkin, fiel  loco escudero expulsaba contagiosos riffs, tocando o destocando la guitarra con tantas ganas, que poco importaba ya si algo sonaba como tenía que hacerlo. No quiero que os confundáis, el concierto lejos estaba del caos, muy por el contrario, el buen sonido, aunque no logrado si fue perseguido por toda la banda a lo largo de la noche.

Continuó el concierto tras la aventura en Holanda como una especie de semi-recital, eso que se ha dado por llamar “Word Spoken”, canciones, bromas, energía y muchas ganas de sorna y jugueteo, ya casi todo valía, ahora alguien del público pidió la canción Mr. Sandman y allí que se lanzó esa especie de Hitler bonachón entrado en kilos a cantar la primera estrofa.

Siento decir que las canciones no ganaron en directo, que sus discos bajo la producción del lider de los Pixies suenan mucho más estructurados que en aquella sala. Pero ¡ay! del incauto que no saliera de allí con una sonrisa picarona. El grupo es potente, desinhibido y serio, lo que imagino que serían aquellos primeros conciertos de Happy Mondays. Se veía a la gente, ahora sí, atenta y concienciada de estar en un concierto, y eso que el concierto hacía rato que había terminado en favor de una fiesta, tal vez por eso…
Al más puro estilo Sex Pistols, educadamente terminaron con la guitarra en la nuca en los últimos compases de “Sealand” y un inmenso redoble de batería para dejarnos a todos dando besos y abrazos, por no liarnos a patadas, que para eso estamos en tiempos de sublime (e indeseable) corrección política.

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