Conor Oberst – Upside Down Mountain (Nonesuch)

Hay una tierna escena en la película Matrimonio de Conveniencia (Peter Weir, 1991) en la que el personaje de Gerard Depardieu, que se hace pasar por músico, se ve obligado a sentarse al piano y tocar una pieza delante de un grupo de gente expectante. Entonces empieza a aporrear el piano sin ton ni son, extrayéndole ruidos atonales y carentes de cualquier melodía, mientras los asistentes se miran unos a otros con cara de espanto. De repente se para, mira fijamente a las teclas, y se pone a tocar una canción de esplendorosa belleza. Todo el mundo sonríe, algunos hasta echan alguna lagrimilla, y el veredicto final es que están ante un genio impredecible.

Algo así se podría decir de Conor Oberst. Tanto en solitario como con las diversas bandas con las que ha trabajado, siempre ha dado la impresión de ser un tierno pirado, un geniecillo que, a pesar de que algunas veces habla de temas muy serios, lo hace siempre con ese toque de locura, de descaro y de frivolidad. Como intentando evitar que se le tome demasiado en serio. Ahora, en Upside Down Mountain, ambas personalidades se encuentran ante su “matrimonio de conveniencia”. Temas como “Zigzagging toward the light” o “Hundred of ways” muestran su lado juguetón, con coros que en otro resultarían de vergüenza ajena, parodias de sí mismo, toques de mariachi y toda clase de otras bromas sonoras. Pero de repente te suelta una frase: “I hope I am forgotten when I die“, y te deja de piedra. Vuelves a poner “Time forgot” y la vuelves a escuchar atentamente, apreciando el mensaje tras una canción, esta sí, con estupendos arreglos, espectaculares coros de las enormes First Aid Kit y una excelente producción (de Jonathan Wilson, por cierto, lo que explica ciertos tics de la California de los 70). Un mensaje de extravío, de búsqueda, de huida de un destino no escogido. Decides volver a escuchar todo el disco centrándote en las letras, y es entonces cuando ves al pequeño genio asomando los ojos tristes por detrás del tren de juguete.

Desvelan así todo su sentido temas como “Artifact #1” y sus combinaciones de guitarra acústica y steel guitar, el lamento (otra vez la steel) de “Lonely at the top”, el recuerdo a Jim Croce y al Dylan más introspectivo de “Night at Lake Unknown”, o la invocación a grandes canciones sobre paternidad y maternidad desde esa gran sucesora de “Father and son” (Cat Stevens) o “Cat’s in the cradle” (Harry Chapin) que es “You are your mother’s child”. Y frases como “Freedom’s the opposite of love” o “Everyone has a choice to make: to be loved or to be free” resuenan en tu cabeza con insistencia.

Es entonces cuando la amarga “Desert island questionnaire” te suelta un “I’m so bored with my life but I’m still afraid to die” y empiezas a pensar que lo que le pasa a este elfo travieso y triste de Omaha es que, a sus 34 años, casado y con hijos, acierta a vislumbrar la crisis de los 40 a la vuelta de la esquina y se hace preguntas. Y recuerdas cuando tú también te las hacías, y llegas a una conclusión: puede que no sea el mejor disco del año, puede que no sea perfecto, pero seguramente será el que más veces volverás a escuchar de aquí a un par de años cuando escales la próxima montaña y te veas solo, en la cumbre, haciéndote las mismas preguntas que Conor Oberst y tanta otra gente se ha hecho antes.

 

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