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En la cabeza de Burrito Panza. Vivimos un día junto a ellos en el Microsonidos

(fotos: Javi García y Mari Carmen Torres)

A las cinco de la tarde. Quedamos a las cinco en punto de la tarde, como los toreros, y en Albacete hace un frío que pela. El aire crudo desfila por la calle Feria como una fiera. En frente de los locales, la furgoneta late en doble fila, con los intermitentes encendidos y parece que el frío se haya metido dentro y que ralentice ese latir luminoso hasta convertirlo en un pulso lánguido en la sombra. Arriba, entre los edificios, el cielo aparece radiante, con esa gracia de los días de sol de invierno. Un halo siberiano, sin embargo, se empeña en congelar en el aire las caladas de cigarrillo en el momento en que Carlos Flan llega, solo, con la chaqueta cruzada sobre el brazo izquierdo y una bolsa negra de viajes de Cutty Sark en la mano derecha. Chaquetón negro hasta las rodillas y bufanda roja.

Dos viajes a los subterráneos desentrañan del local las guitarras, el teclado, las pedaleras, un ampli verde oscuro y el bajo, que va enlatado en algo parecido a un ataúd. Mora parece un brigadier enfrascado en el abrigo largo negro. Carlos Cuevas se mueve con agilidad y elegancia entre los bultos, dando saltitos como un gorrión aterido. Lucía encaja los cacharros en la parte de atrás de la furgoneta. Y subimos. Is no viene esta vez. Un número de diciembre de Mondo Sonoro en el asiento de atrás. Un par de trapos sucios en el suelo. En un zigzag por las calles de la ciudad la furgo nos saca y nos echa al llano, en dirección sureste, hacia Murcia. Es cuatro de febrero y huele bien. En la radio suena “Helter Skelter” de los Beatles, la muñeca favorita de Charles Manson, y un poco después un disco de Wilco, The Whole Love, creo, que Mora lleva en un pen-drive y que a Flan le gusta. Llama Faissal a la altura de Hellín: le conceden el permiso de residencia. Hablo con Carmina, cuya voz resquebraja las cuatro nieblas que quedan aún en mi cabeza de anoche. Es más real la realidad cuando ella está al otro lado del teléfono. El viaje es tranquilo. La autovía fluye a nuestro lado. Cuevasecha un pequeña cabezada y Carlos empieza a desaletargarse a mi izquierda, cuando los polígonos dejan ya ver sus tentáculos entre las huertas y los pueblos. Tres o cuatro grados más por las primeras avenidas. Bienvenidos a la ciudad del río Thader. Llegamos. 12 y medio. Microsonidos, una hoguera de música que promete arder, seguir ardiendo.

Cacharros a la sala. Habitaciones de hotel. Un breve paseo por el tobogán. Prueba de sonido inmediata e impecable. “Más allá habrá un lugar/ que desde aquí ya no es tan lejano…”. El bajo atrona desde un resplandor saturado de matices y pulcritud. La distorsión compacta de la guitarra resbala por el techo de la sala y calienta el aire. Mientras palpitan y crujen los primeros golpes sobre la batería, llega el grupo que toca en primer lugar, Home, de por aquí, pienso. Todo tiene ya su brillo y todo arde. Los Burrito Panza empiezan a esbozar con toda su clase los primeros compases de “Un eco extraño”, uno de los dos nuevos cortes grabados para la versión en vinilo de ese gran debut que es Solo y mal acompañado (El Genio Equivocado, 2011). Suena potente, muy potente y brillante, muy brillante y zarandea la sala. Luego “Tu lado especial/ es tu lado salvaje…”. Un cambio de guitarra, de Gretsch a Fender Stratocaster. Cambio de medio milímetro de un monitor. Comparece la banqueta para el piano. Fin de la prueba. “¡¡Así da gusto, hostia!!” Breves y leves retoques de la utillería del escenario. Los chicos desfilan tranquilos y sólidos por la escena, marcando potenciómetros en el perfil de los amplis, llevando un charles a un rincón. Flan viste ahora de negro y gris. Mora se pasea ahora como Lou Reed por el hall de un hotel, en su chaqueta de traje negra, con su camisa de cuadros abotonada hasta arriba. Cuevas es un crack dentro de una camisa negra que se va a cambiar muy pronto. Y brillando. A la espera. Al acecho. En paz y en guerra como los hijos del indie.

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Ya en la barra, Flan me cuenta los fenómenos paranormales de la primera grabación de “Un eco extraño” en su casa. Algo sonaba, silbaba desde más allá siempre en los mismos compases de la toma. Nos echamos las primeras cervezas. Strato, Music Man, Gretsch. Y Mora cuenta que en Madrid, en Siroco, el técnico le pide “¿Puedes tocar los platos como si no estuvieras en el infierno?” a Cuevas, que es un ángel carnal. Creo que el sonido en la sala 12 y medio es guay, incluso en febrero, entre las bufandas. En el infierno. A Mora le gusta que la batería suene así, como en el infierno, y se lo va a decir al Pájaro cada vez que vea que tal, eso dice.

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Y en la cena, en un restaurante al que se llega subiendo unas pasarelas horribles –qué lejos queda Venezia–, Mora y Cuevasrecuerdan un concierto de Surfin’ Bichos en Puerto Lumbreras en el que a dos fans los premiaba una radio con ir a cenar con ellos, y en la misma mesa. Bromas y vino. Pulpo al horno, migas, montados de salmón, croquetas caseras, zarangollo, y de postre unos cafés y unos chupitos de coñac. Ahora, mientras echamos un cigarro en la puerta, se levanta un levante raro y Cuevas echa de menos su rebeca negra. Se la ha dejado en el 12 y medio. Flan y yo volvemos a la habitación del hotel a buscar un aparato que ajusta potenciómetros y a que se cambie de vestiduras, también a comprobar que la estufa ha calentado algo la habitación. “Un poco, sí, pero poco.” La estufa de Lucía, por su parte, zurre como si fuese a despegar y tampoco calienta nada. Y eso que en Murcia nunca hace este frío asolador. Parece que hoy el aire se ha venido desde el llano con los músicos y que quiere aullar entre las palmeras y las nuevas urbanizaciones. He hablado a Carmina y luego hemos vuelto al restaurante. Carlos ha escrito el orden, el set-list, y lo reparte como un chamán. Un poco más de coñac para aplacar el desorden y unas risas para no saber dónde acaba todo y empieza algo más que todo. El road manager de Papercuts pasa a nuestro lado y explica cómo se vuelven locos los americanos con las gachas migas. El tipo, por supuesto, es valenciano y se llama Nick. Se acuerda del otro Carlos, Honky Tonky Sánchez, una noche: “¡Ven-a-mi-cassim…!!!”. Nos reímos todos. Sánchez, qué grande, maldita sea. Nos vamos. Ya en la calle, Lucía dice algo sobre sentir y no sentir las cuatro extremidades.

La sala está casi llena. Llegamos cuando ya ha empezado el concierto de Home, que se entregan con fuerza en canciones de un rock alternativo muy The Cure, cerca del post-punk a veces, cerca otras veces de lo electrónico o cerca de algo new-wave. Predican LOVEdesde los amplis y las guitarras. Confirmado: la sala suena. Subimos las escaleras. El camerino es un lugar un tanto inhóspito, pero agradable. Hay fruta y bourbon. Mora coge la primera percha que ve y cuelga su abrigo de brigadier en el fondo del cuarto: sabe muy bien adónde viene. Las paredes del back stage, del camerino, son verdes y negras y están forradas de frases, nombres de grupos, corazones e imperdibles. Hay fresas caídas sobre la mesa y media botella de Johnny Walker Black Label, un espejo grandísimo. El cantante y el batería de Papercuts toman algo y se atusan el pelo. Todo está escrito con graffitis de Tortel, Maga, El columpio asesino, Los Cronopios y Bigott.

Incendio es la palabra. Levedad es la palabra. Empieza el concierto. Cuando Flan empieza a darle y a cantar, los astros toman la dirección correcta y el viento de la calle se queda quieto. “La última ciudad” suena genial. Ahora la sala está llena y, al fondo, cerca de la barra, veo la cabeza noble de mi hermano. Desde aquí, los tres forman un triángulo impecable sobre la escena. “Nunca descansa”, “El extraño”, “Las reglas del mal”. Y da la sensación de que además, un palmo más allá del suelo, sobre las sombras, sobre el monocorde desprecio de la belleza del mundo, suena bien otra canción de Burrito Panza, suena “Techo”, suena bien todo lo que hacen.

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Con “Estoque” entran a matar. Dice Flan “Cambio de clima”, engancha los primeros arpegios y estamos de repente, sentimentalmente, en una playa o en una cresta de Marte. Mueve los dedos sobre el mástil de la Gretsch como si lo guiara un demiurgo, con elocuencia eléctrica, con un puro saber estar ensimismado. Con “Vuelta a casa” uno va rompiendo a su paso la línea recta de los cuadriláteros. Con “Tu lado salvaje” todo se mueve y la gente no sabe de dónde le viene la música y la busca dentro y dentro la encuentra. “Un eco extraño” está aquí. Y “Luz roja intermitente”. Y, para acabar, cuando aún parece muy pronto, las “Cosas que olvidé decirte”. Perfecto.

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La gente los mira y los aplaude mientras salen del escenario. Suben al camerino, que ahora parece el camarote de los hermanos Marx. Aparece la rebeca negra de Carlos Cuevas. Nos hemos hecho unas fotos en los camerinos. Nos hemos divertido con el sudor frío del directo aún en la piel. El fuego arde ahora por todos los sitios, por todos los sitios hay un tobogán. Nos deslizamos. Sí, sigue habiendo fruta sobre la mesa, en una bandeja de plástico, pero nadie la toca a estas horas. Nadie la toca: manzanas, kiwis, fresas. El güisqui está a punto de decir adiós. Flan  dice que ha tocado esa canción de otra manera porque le apetecía, le gustaba así más. Luego: “Vamos a secuenciar algunas cosillas con el cacharro que tiene el Pájaro, rollo Pixies”. Fumamos y nos damos abrazos. Como siempre. “El bajo de esa canción es muy Pixies, sí.” Flan ya tiene ideas de canciones para otro disco, y para eso hace falta espacio, intimidad en el local. En los ensayos, se te ocurre una canción y te pierdes en ella y luego te echas una caña bestial. El clímax es el momento, a mitad de la canción, en que piensas adónde vas. Luego vas hacia ahí y vas y vas.

Lucía: “¡Nosotros somos gente de ideas!”. Y risas. Lo que se cuece en el local cuando salen cosas como “Cosas que olvidé decirte” y “Tu lado salvaje” es inolvidable. “Inefable” digo yo. “Cállate, anda, listo” le escucho a mi subconsciente. Y, cuando cierras una canción y notas que te pone, es un rollo personalmente muy constructivo, muy cool, y te llena como nada. Siguen hablando de la inmediatez clara del directo. Y de nuevo del ensayo y de crear la canción. Siempre hay una canción más por ahí. Pienso en Bob Dylan, en Tom Waits, en Bon Scott, en Thom Yorke. Hay que bajarla a la tierra. Pero te preguntas dónde cojones está, dónde cojones estamos. Y puede ser grandioso. Discutes, tomas decisiones. Puede oler a NAPALM, a victoria. Puede ser una barbaridad. Si te oyera Beethoven… Y Alfaro, déjalo así, yo disfruto así. La canción puede ser de Alfaro, pero la canción manda por encima de Alfaro. Y de Eddie Veder. Y de Billy Corgan.

Papercuts suena bien. Jason Quever parece tímido y reservado en los camerinos y en el directo, pero es claramente el centro de esta avenida en que confluye un indie-pop doméstico, fresco, lírico, ahora auspiciado por la grabación de Fading Parade (2011) con la mítica Sub Pop de Nirvana o Soundgarden. El tío lleva ahora una guitarrilla que parece un ukelele, no sé bien, veo regular. Pero la música nace de un velo sutil que nos envuelve. Jason lo explica muy bien: “Había demasiada música agresiva cuando yo era más joven y me apetecía hacer algo diferente. No quiero golpear a la gente en la cabeza. Eso es justo lo que yo no soy. No necesito ser necesariamente el centro de atención.” La propuesta es gentil, sofisticada y con un toque muy pop, naïf, como de insoportable/soportable levedad del ser. Y suenan bien canciones como “Future primitive”, “Do you really wanna know” o “Do what you will”.  Por supuesto, a Modesto Colorado le mola lo que hacen.  Esto es algo que estaba claro desde antes de empezar. También está claro que Burrito Panza ha barrido profundamente la escena con su pegada y que Papercuts ha venido –afortunadamente– desde California a decirnos algo parecido a lo que sabíamos. Lloran las botellas de cocacola. En su seno hay también una canción de burbujas que se descompone con los golpes de angustia poética, casi Light, californiana de estos tipos. Ahora el cantante golpea con su último hit de la velada, “Sandy”, hasta una extenuación rosa, los trastes de su guitarra. Necesita acabar así la noche. Y así la acaba, tranquilamente. “Thank you”, dicho desde sus adentros.

Se va la gente del 12 y medio. El local se desangra en la pista de abajo. Arriba, sobre la espalda de Mora escribo estas palabras. La espalda del Mora, ni más ni menos. Flan está sobriamente feliz. Y las luces del local pueden flotar lo que quieran, nosotros flotamos más. Nosotros hacemos flotar al escalofrío amarillo del locutorio, de la recepción, del office, del camerino. En círculos volamos sobre la presa. La música es la presa. En la barra rebuscamos unas monedas para comprar un Marlboro. “Cuídame la chupa, anda, que soy capaz de dejármela.” Y sigo escribiendo. En tinta roja escribo. “El rojo es un buen color, un poco agresivo, pero un buen color, ¿eh?”. “¿Tienes un boli blanco?” “¿Para qué?” “Hombre, para escribir sobre negro.”

“Fascination Street” en el aire de la sala. Luego Kasabian. Luego The Jesus and Mary Chain. Alguien, a las 4.32, me pregunta por ti, amor mío. Y yo te mando volando, en línea recta, un beso y te deseo buenas noches, ahora que estarás ya durmiendo. Y suenaAC/DC. Esta noche Modesto está exultante, agarrado a su güisqui con cocacola. Es más, se ríe al lado de Sara, entre nosotros, con su risa frugal. Con su absolutismo mod va de un lado a otro. En la dirección correcta se mueve y me dice: “La garganta, la garganta de Carlos Flan…”. Más risas. Ahora, mientras los Burrito se estiran sobre la perfección, me estiro yo sobre el último cubata. La última palabra cae en clave de sol, me estremezco con unos pocos pasos sobre el escenario, me acuerdo de la tentación lenta de los sentidos. “En esta gira he aprendido que un ampli de guitarra como este debe estar orientado hacia el cantante. En dirección al público, la ganancia le fríe al más pintado las orejas.”

En la puerta, cuando ya nos vamos, hay una chica que lleva tatuado en el cuello, debajo del cuello, como un collar, “mil millones de veces”, la canción de Mercromina. Se llama Ana, dice. Adiós. Y enseguida, muy pronto, al filo de las 5 de la mañana, en la televisión del hotel cantan las sirenas de los coches de policía muy cerca de la cama. Y nos dormimos.

Amanece a las 11. Un desayuno completo. Con Bernardino. De vuelta a casa. Creo que he perdido el móvil. Igual se me ha caído en la calle. Qué putada. Qué sensación más tonta de desastre. Me revuelvo dentro de la furgoneta, palpándome todos los bolsillos. Miro por ahí, y nada. Lucía pone a Amy Winehouse. Los tres Burritos están en el asiento de atrás, cansados, callados y felices. Y vuelvo a llamarme una y otra vez. Y ahora suena Zaz como una furia. Y entonces, a la altura del tolmo de Minateda, lo veo. Ahí está, en el suelo, al lado de la puerta de atrás. “Mi móvil.” Se ríen. Todo en orden y en paz. A la entrada de Albacete explota de nuevo “Helter Skelter” y parece que el círculo se cierre. Eso sí: el corazón y la cabeza en orden. Y 13 llamadas perdidas.

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