Franz Ferdinand – Pabellón Príncipe Felipe (Zaragoza)

Los escoceses volvían a nuestro país estirando las presentaciones de su tercer trabajo publicado a primeros del presente año, Tonight: Franz Ferdinad, álbum que hizo pensar en el agotamiento de la fórmula mágica y consiguiente resignación acerca de que lo mejor del cuarteto quedó retratado en sus dos primeros largos. Pero poco o nada tiene eso que ver con un concierto de Franz Ferdinand, porque si estos descarados mozalbetes deciden pisar un escenario, entonces diversión, fiesta y espectáculo están garantizados, tal y como comprobaron las más de cuatro mil quinientas personas que acudieron a la primera visita de los de Glasgow a la capital aragonesa.

El numeroso colectivo The Phenomenal Handclap Band fue escogido para abrir el espectáculo. Los neoyorquinos ofrecieron con cierto tino algunos temas activos que recordaron a CSS o The Go-Team, junto a mutaciones hacia sonidos setenteros más costumbristas que no terminaron de enganchar al imberbe público que en ese momento poblaba las primeras filas.

El irresistible magnetismo de Alex Krapanos y un eléctrico Nick McCarthy marcaron el ritmo de la actuación, manejando a su antojo la maquinaria ante la excitación de un público ganado de antemano, enloquecido cada vez que el vocalista arqueaba una ceja. Presumiendo de un repertorio compacto y rebosante de éxitos, no dudaron en soltar “Matinee” o “Do You Want To?” a las primeras de cambio, mientras que los temas más agradecidos de su último trabajo como “No You Girls” o “Ulysses” encajaron convincentemente entre himnos vociferantes como “Michael”, “The Dark Of The Matinee”, “The Fallen” o “Walk Away”. La bomba de “Take Me Out” estallaba pasada la mitad del concierto, provocando una locura colectiva mantenida cuando la batería de Paul Thomson y percusiones adicionales, eran trasladadas al frente del escenario para ser aporreadas por los cuatro músicos.

En los extras llegó el punto álgido del concierto y de paso el último gran momento del mismo, con una “This Fire” adaptada para disfrute de las masas y alargada hasta satisfecha extenuación. A partir de ahí la banda explotó su vertiente más electrónica y prescindible, demostrando que jamás deberían abandonar las guitarras. Los Loops y bases pregrabadas tronaban mientras los músicos abandonaban uno tras otro las tablas, en un final más efectista que efectivo.

Por definitiva, “Lucid Dreams” terminó dejando un regusto amargo, injusto con el nivel genérico de la noche, lo que no debería empañar una realidad incuestionable: el escenario les pertenece y el nivel de implicación y aceptación que muestran sin excepciones les sitúa a la altura de los grandes.

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