Jock Scot – My Personal Culloden (Postcard Records)

Ya cuando se publicó en 1987 fue recibido con extrañeza por los legos en la personal poesía de su autor a la vez que con extremos parabienes por quienes leían su obra y comulgaban con sus excesos en mayor o menor medida. Jock Scot, algo así como el perfecto antihéroe de la literatura británica, no solo fue la inspiración y la compañía ideal para algunos momentos de la trayectoria de otros monstruos como Shane McGowan, Ian Dury o los propios The Clash, sino que su aura de malditismo y prócer de la anarquía existencial sirvió para que este singular y explícito álbum se convirtiese en algo así como un disco de culto. Con esta reedición igual se hace justicia en cuanto al reconocimiento masivo se refiere. O igual no, que los genios nunca necesitaron alabanzas.

La fría y bella Escocia nunca conoció durante el siglo XX a un artista de su perfil. A lo largo de su vida y su carrera, si pudiésemos llamarla así, Scot se ha dedicado básicamente a subvertir todo lo que tenía a mano, incluso le dio por meterse en un estudio a ponerle voz (en My Personal Culloden de lo que se trata es de ejercitar el noble y desconocido arte del spoken word) a algunas de sus más alucinadas letras. Para ello, se sometió al libre albedrío de la producción, ajustada por otra parte a sus necesidades, y a embarcarse en fugaces viajes de rock estridente y pasado de rosca espiritual. Básicamente, un poeta en un mundo que le es ajeno y propio a la vez, como a The Nectarine No. 9, equipo perfecto de lugartenientes para dar forma (fondo más bien) a su particular universo lírico. El resultado fue y es ciertamente deslumbrante.

En el bagaje vital y artístico del personaje tienen cabida el antirromanticismo de piezas como “Easy to write”, incluyendo los ambientes eclesiásticos aportados por órgano y campanas, el garage descarnado de “Tape your head on” y pequeños himnos de country diabólico como “There’s a hole in daddy’s arm”. Un viaje alucinado y alucinógeno en los límites del pensamiento musicado, todo por la gran causa de ser definitivamente comprendido por quienes aún no han abierto su enorme enciclopedia literaria. En la sorpresa de encontrar las guitarras viscerales de The Fire Engines sonando en “A certain beauty” está otra de las claves para verse envuelto en un viaje que apenas contempla la posibilidad de vuelta. Si todo fluyera como el poder de la mente humana tendríamos muchos discos como este, aunque el mundo fuese un poco menos acogedor.

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