La Excavadora – La Excavadora (Mauka Musikagintza)

Aquello del rock radical vasco, una unión espacio-temporal de bandas y actitud más que un concepto sonoro en sí mismo, no caerá nunca en el olvido de muchos que lo vivieron en primera línea de combate; pero a la vez, otros habrá que asocien el término al inmovilismo y obcecación cultural de alguna generación de oídos ya educados en una determinada orientación musical. Ni a unos ni a otros le daremos la razón absoluta tras escuchar las canciones de La Excavadora, un proyecto nacido en Euskadi cuyo radar no solo recoge ondas de aquel tiempo y lugar sino que además las proyecta en otras direcciones más popularmente aceptadas. Sí, lo que contiene este disco homónimo es en esencia rock callejero, potente y sin ánimo alguno de trascender más allá de un circuito lo suficientemente arraigado como para ganar nuevas audiencias, hecho que tampoco sería descabellado, pues no adolecen estos músicos ni de calidad instrumental ni de agallas para cantar a la desesperanza desde un punto intermedio entre la rabia y la resignación. Tomando como base el punk seminal y el pub rock británico de los setenta, la formación atesora contundencia y bagaje, ingredientes básicos para no quedarse en una mera anécdota.

Se reúne un grupo de viejos conocidos de la escena, unos bragados en proyectos multitudinarios junto al gran Evaristo Páramo (líder de los recientemente resucitados La Polla Records y Gatillazo), como el responsable de la mayoría de composiciones, el guitarrista Raúl Lasa “Txiki”, junto a Ángel Otxoa “Geli” y el bajista Mikel Azpiroz “Buton”, otros inmersos en proyectos menos célebres (Vicepresidentes, Al Karajo, Sálvate Si Puedes), para dejar las voces a la responsabilidad de Iñaki Urbizu “Pela”, más conocido por haber acompañado en las últimas giras como frontman a un Marky Ramone que sigue viviendo de las rentas. De ahí salen contrastes melódicos (“Ceniza”), lúdico-guerreros (“Mala música”), apaciguados (“Contra el suelo”) y furor guitarrero (“Futuro”) como señas de identidad, realzada en la tralla de “Kímika” o la medicina agresiva como bálsamo contra el desarraigo y la desidia del vulgo que suponen “Perder el vicio” o “La fábrica de gas”, balas de metal y amianto para afilar las historias de perdedores y reivindicar el combate y la resiliencia por encima de cualquier mal mayor. Disponen para hacerlo, además de con las armas consabidas, de otros elementos que enriquecen sus diatribas, como los teclados de “Animales” o las acústicas de corte americano que guían el trote de “La excavadora”, e incluso de su puntito glam para un corte adrenalínico, “La reina de la fiesta se hace esperar”. Hasta se atreven a hablar de adicciones y las consecuencias que se le suponen en “Tiempos diferentes”, para que el lote temático sea más completo.

Hablar de riffs sin concesiones, rock de alto octanaje y energía desmedida sería abundar en expresiones de corta-y-pega comunes para describir los escasos matices inherentes a una banda de estas características. Igual ayudaría añadir que gran parte de su inspiración proviene del norte de Europa –lo que podríamos llamar rock escandinavo- y del primitivismo de unos U.K. Subs más próximos a lo que empezaron a hacer Barricada que a los mitificados The Damned. Nada que objetar, pues, a un álbum que puede carecer de muchas cosas, pero también de trampa y cartón.

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