Love of Lesbian – Sala Mirror (Valencia)

Es muy conocida y citada aquella frase de Cecil B. DeMille, el famoso productor de películas tan épicas como “Rey de Reyes” o “Los Diez Mandamientos”, que decía “Una buena película debe empezar con un terremoto y, a partir de ahí, ir subiendo en intensidad”. Algo así podría aplicarse al concierto-espectáculo-show-fiesta (en según qué momentos, más fiesta que concierto) que Love of Lesbian nos ofrecieron este sábado en Valencia.

El grupo catalán cuenta con una buena base de fans por estas tierras. Como el mismo Santi Balmes nos recordó durante el concierto, aquí fue donde se dieron cuenta de que habían acertado de pleno con el giro idiomático que emprendieron con “Maniobras de escapismo” (Naïve, 2005). No era extraño, por tanto, que las entradas llevaran ya agotadas bastantes días, ni que la sala estuviera a reventar, ni que cuando empezaron con “Allí donde solíamos gritar” (el terremoto al que hacía referencia DeMille) el griterío fuera casi ensordecedor y la gente cantara la canción desde el principio hasta el fin. Exactamente lo mismo ocurrió con la siguiente canción, que fue “Las malas lenguas”.

Los que estuviesen por allí de casualidad tal vez pensarían que se habían equivocado y se habían metido en un concierto de El Canto del Loco. Algunos, vista la reacción a las primeras dos canciones, tal vez manifestaron con sorna de que su último disco les ha acercado a la chiquillería gritona y superfan. Falso: Love of Lesbian siempre (al menos en los últimos años) han sido así, y sus fans también. La prueba es que se recibieron con igual entusiasmo “Noches reversibles” y “La niña imantada”, de su disco anterior, y que “Marlene, la vecina del ártico” se pidió con insistencia. A estas alturas a mí me empezaban a chirriar algunos pequeños detalles, como ciertos “pa pa pas” metidos con calzador, o que un par de canciones más tarde las adolescentes que me rodeaban se tiraran histéricamente de los pelos cuando Santi mencionó a Zahara al presentar “Domingo astromántico”.

Pero dicen que el diablo está en los detalles, así que intenté abstraerme de ellos y centrarme en el espectáculo global: una banda entregada al máximo a pesar de llevar varios días sin descansar; una propuesta musical, visual, estética y hasta mímica (¡cómo domina sus gestos Santi Balmes!)  pensada para hacer disfrutar a la gente, como el propio cantante se encargó de proclamar; finalmente, un público totalmente volcado, bailando y cantando las canciones, entusiasmado con cada frase, cada palabra, cada melodía, lanzando confeti… No es mi estilo de concierto, pero lo disfruté con el íntimo placer que siente un paseante solitario cuando ve a los chiquillos disfrutar jugando al balón en la plaza. Es más, al final me moría de ganas por apuntarme al partido.

Cuando se despidieron por primera vez, tras unas espectaculares “Segundo asalto” e “Incendios de nieve”, a nadie le cabía ninguna duda de que iban a volver a salir. Y es que faltaban las principales atracciones de sus actuales conciertos. En un par de minutos escasos volvieron al escenario con un ligero cambio…Santi Balmes había dejado su sitio a…¡¡John Boy!!

“Club de fans de John Boy” desató la locura, y sólo fue el principio. Tras el paréntesis de “Un día en el parque”, la cara más loca y juguetona de Love of Lesbian se adueñó del escenario. Santi interpretó espectacularmente su divertida (también vengativa) “El Ectoplasta” y la no menos descacharrante “Como me amo”, antes de que la banda volviera a desaparecer para regresar con sus ya tradicionales disfraces, enfundados esta vez en unos monos brillantes…bueno, todos no iban totalmente enfundados, como se puede ver en las fotos…

De esa guisa atacaron la parte final y más festiva, si cabe, de la actuación. El típico final de un concierto lesbiano. Empalmaron el final de “Los niños del mañana” (todo el mundo gritando “Hijos de puta”), con un cachondo amago de versión del “We are the world” para mayor gloria de ciertos famosos marbellís, luego siguieron con “Marlene la vecina del ártico” (muy deseada y aclamada por la gente) y “Houston tenemos un poema”, que a su vez engancharon con su típico canto de “Ritmo de la noche” y finalmente con el estribillo de “Shiwa” que el público coreó (coreamos, vaya) durante minutos. Creo recordar que el orden fue ese, pero las cosas sucedían a tal velocidad que no lo puedo asegurar. Sin descanso, sin apenas poder recuperar el resuello, encontré finalmente unos segundos para encenderme un pitillo cuando la banda se juntó al borde del escenario…ah, no, para saludar no…que va…faltaba el broche final: mientras sonaba por los altavoces “Algunas plantas” los lesbianos ofrecieron su esperada, divertida y particular coreografía antes de lanzarse de cabeza al público, como suelen hacer al final de sus conciertos.

Lancé el pitillo al suelo, lo pisoteé, y me uní al pogo. El confeti volaba, los botellines de agua también. Me pareció que Santi también voló, y si yo no lo hice fue porque estaba rodeado de niñas con un peso total que se podría determinar con una balanza de cocina. Eso sí, sus pisotones duelen como los de cualquiera.

En fin…Ahora ya soy otro fan de John Boy.

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