Nick Lowe y Los Straitjackets (16 Toneladas) Valencia 05/10/22

Anoche vi a Dios. Y pido perdón por la blasfemia, que en mi caso, es doble. Primero, porque soy más ateo que Durruti. Y segundo, porque esto de “es Dios” yo sólo lo suelo decir cuando hablo de Curtis Mayfield y anoche, obviamente, salvo que hubiese estado en una sesión de espiritismo, no vi a Curtis. Por eso me van a permitir que sea un acumulador y tenga un dios negro, que es y siempre será el genio de Chicago; y un dios blanco que a partir de ahora será un señor inglés impecablemente vestido y dueño de una envidiable cabellera blanca peinada en perfecto tupé que responde al nombre de Nick Lowe.

Y no, no es que anoche tuviera el gusto de conocerle por vez primera. La verdad es que lleva conmigo casi toda mi vida. Recuerdo perfectamente cuando siendo un chaval compré el vinilo que aún conservo de Labour Of Lust, lo coloqué en el plato, y todo el universo se inundó de color. Y es que, si ustedes no tienen el gusto de conocerle, se están perdiendo a uno de los más genuinos magos de la canción pop desde que se inventó. Un hombre con un listado de clásicos incontestables en su haber que muy pocos podrían igualar. Desde aquél “(What’s so funny ‘bout) peace, love and understanding” que grabara con su mítica banda de juventud Brinsley Schwartz y que se ha convertido en todo un estándar, pasando por “Cruel to be kind”, “The beast In me” (que inmortalizó el que fue su suegro, Johnny Cash) o por supuesto “When I write the book”, cantada junto al no menos reivindicable Dave Edmunds en la súper banda Rockpile, todas inducen a pensar que su reconocimiento debería ser idéntico al que han recibido otros que le deben mucho, como por ejemplo Elvis Costello, pero el caso es que no ha sido así.

No, el pobre Nick, que conjugó prácticamente sólo el sonido de la new wave produciendo a un buen montón de bandas, que ha mantenido una carrera sobresaliente, sin altibajos, ni un sólo disco por debajo del notable y con sus capacidades escénicas casi intactas hoy día, a sus 73 años, que se dice pronto, ha tenido que conformarse con ser un secreto a voces, uno de esos músicos de culto de los que sólo se acuerdan los frikis y los críticos musicales. Y es que la ignorancia es muy valiente. Pero bueno, esa es otra historia que no vamos a solucionar aquí.

Lo que sí vamos a solucionar es que se sepa de una vez lo que es la experiencia de asistir actualmente a un concierto de este señor junto a, mucho ojo con esto, Los Straitjackets (lo de “los” es así, no es que lo castellanice yo), la banda que le acompaña. Por si no les conocen (tampoco) Los Straitjackets son una banda procedente de Nashville, Tennessee, que está considerada como una de las mejores haciendo surf instrumental, al más puro estilo de Dick Dale, Surfaris o Ventures, cuyos miembros siempre ocultan sus rostros tras máscaras de lucha libre mejicana y que son, en definitiva, un reputadísimo huracán en el escenario.

Extraña combinación, por tanto, la de un elegante crooner pop británico y estos enmascarados, pero así lleva siendo desde hace años y, a juzgar por todos los vítores recibidos, parece ser que funciona. Algo que íbamos a tener ocasión de comprobar una noche de miércoles en la ciudad del Túria. La sala 16 Toneladas colgaba desde hacía días el sold-out en su web para recibir a uno de los referentes de su público, generalmente integrado por aficionados al rock y al pop clásico, gente de esa que necesita varias estanterías para sostener su colección de discos. Aquí Nick Lowe no necesitaba presentación y se encontraba entre amigos, claro que sí.

Y por eso salió con sus cuatro enmascarados, su resplandeciente sonrisa, sus gafas de Buddy Holly, su majestuoso tupé blanco y su elegante camisa de seda estampada, a brindar el mejor concierto que un tipo de su oficio y su buqué podía ofrecer. Estamos hablando de otro nivel, de una delicatessen para paladares finos, de un artista legendario haciendo saber a su público por qué ostenta tal estatus. Y todo eso, sin aspavientos, sin altivez, con la mayor humildad, elegancia y saber estar que los ojos del que esto escribe han contemplado. Y han contemplado unas cuantas cosas, se lo aseguro.

Salió, saludo, gastó unas bromas muy británicas, miró a los tipos de las máscaras y como si de un escuadrón de húsares napoleónicos se tratara, comenzaron a descargar los acordes de pop duro de “So it goes”, el clásico nuevaolero de Jesus Of Cool, primer disco en solitario de nuestro héroe. Empezar tan alto podría ser un problema para cualquiera, pero no para alguien que tiene misiles tierra-aire en formato canción como para reventar varios planetas. Por tanto, y sin dar respiro, se sucedieron todos los clásicos imaginables. O mejor dicho, todos los que ni en mis sueños más dulces había podido prever: sonaron “Raggin’ eyes”, “Without love”, “Rome wasn’t built in a day”, “Schting Shtang”, “Lay it on me baby”, “I live on a battlefield” (aquí casi me desmayo) o las más recientes “Somebody cares for me” y “Tokyo bay”.

Ante tamaña descarga, la voz de Nick, que digan lo que digan está perfecta, tenía que descansar. Tenía que tomar oxígeno, venir el de la clínica suiza a cambiarle la sangre como a Keith Richards o lo que sea que haga este hombre para mantenerse así, de modo que se fue un rato. Los Straitjackets lo aprovecharon muy bien haciendo lo que mejor saben: repartir estopa a base de guitarras twang y trallazos como “Kawanga!”, la popera “Aerostar” o una fantástica versión de “Venus” de Shocking Blue que hicieron que no decayera la fiesta en absoluto, aunque claro, todos queríamos más Lowe.

Y Nick se cambió de camisa, volvió a salir con su sonrisa resplandeciente, sus gafas y su heróico tupé y atacó de nuevo. ¿Podría ser mejor aún? Oh, sí: “Love starvation”, la verbena de “Half a boy, half a man”, “Blue on blue”, “Trombone” y, por supuesto, la esperada traca final (perdón por el topicazo) con “Cruel to be kind”, “Peace, love and understanding” y “I knew the bride”, determinaron el orgasmo absoluto. el desiderátum. Póngale nombre, pero yo no cabía en mí de felicidad. Tras todo lo que hemos pasado, tanto tiempo de mascarillas, de distancia, de pena, ningún concierto que haya presenciado, a pesar de que los ha habido apabullantes, me hizo sentir tan en casa como este. La felicidad largo tiempo arrebatada volvió a mi. Regresé a la infancia, la adolescencia, a todo.

Sólo faltaba la guinda: ante el terremoto de aplausos, los luchadores guitarreros y el señor de las canciones volvieron y nos obsequiaron con un encore, como los guiris suelen decir, un “When I write the book” que dictó sentencia: acabábamos de contemplar lo más cercano a un acto divino que puede experimentarse en este valle de lágrimas que pisamos todos los días. Por eso decía al principio esto que voy a decir ahora, ya sin blasfemias, todavía más fuerte, a grito pelado: ANOCHE VI A DIOS.

Fotos Nick Lowe: Juanjo Frontera

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