Sigur Rós – Razzmatazz (Barcelona)

Me enfrentaba a una noche difícil. Podía ser una noche de una inevitable intensidad emocional, o todo lo contrario. Podía ser una noche mágica, o aburrida. De entrada optaba por la primera alternativa. Y la verdad, el concierto de Sigur Ros superó de calle todas mis expectativas iniciales. Las mías y las de muchas de las personas que abarrotaban la sala Razzmatazz.

Y es que no era para menos. Tras habernos plantado en el Fib, teníamos muchas ganas de disfrutar de su directo. Se apagaron las luces, y como si la cosa no fuera con ellos, los islandeses subieron a un escenario muy austero, tan sólo iluminado por unas cuantas velas, y sin mediar palabra, cada uno se parapetó detrás de su instrumento. Iban acompañados por una banda de cuerda y viento. Violín, chelo y flauta escoltaban a la formación inicial para llegar a sumar hasta 9 personas encima del escenario. Nueve personas que apenas se hablaron en la casi hora y media que duró el concierto. Tan sólo se reunieron al final de los bises para saludar al público, como si se tratara de un grupo de teatro, ante un público enfervorecido que se resistía a acabar la noche, y salir del mundo mágico y, por qué no, sobrenatural, al que nos habían transportado.

Un sampler inicial y, de repente, empezó a sonar la primera canción de ( ). Jonsi entró en trance y empezó a ¿cantar? ¿murmurar? Primero de forma muy suave; según avanzaba la canción, cada vez con más ímpetu, hasta alcanzar incluso más protagonismo que la propia música. Debajo de su aparente indiferencia, apenas musitó un par de “Thank you” imperceptibles, mostró una gran fuerza vocal, capaz de escalofriar a más de uno. Fue entonces cuando ya no pude resistirme y me dejé llevar. Me sumergí en un mar de sensaciones que me arrastró de forma irremediable. Me dejé llevar, como la mayor parte de los asistentes, y nos vimos atrapados en una espiral envolvente de melodías imposibles de parar. Los instrumentos de cuerda y de viento, aunque es un discreto y segundo plano, añadían sutiles matices a cada uno de los temas, enriquecidos por la solemnidad del ambiente.

En cuestión de segundos, pasaron de la sutileza y la delicadeza más absoluta a la fuerza y la contundencia más propias de una banda de rock. Fue un concierto ágil, para nada se hicieron pesados sus temas de más de 7 y 8 minutos. Canciones del ( ) y del Agaetis Byrjun, los más conocidos, se dieron la mano. “Ný Batterí”, “Olsen Olsen” o “Starálfur”, como si se trataran piezas sinfónicas del siglo XXI, sonaron inmensas, inmortales. También interpretaron algún tema de su primer trabajo, Von, como “Hafssól”, que sonó muy diferente a como lo hacen sus nuevos temas.

No son un grupo al uso. Su música tampoco lo es. Y menos aún su forma de tocar los instrumentos. Ya es habitual ver a Jónsi tocar la guitarra con el arco de un violín para conseguir efectos de ruido y distorsiones. En el último bis, el tema que cierra su último trabajo, el bajista, Georg, marcaba los inicios del tema tocando el bajo con una baqueta. Fue un punto final de infarto, con un incendio sonoro y luminotécnico impactante, que poco a poco se fue extinguiendo hasta enlazar con un sampler que recordaba al tema que había abierto la actuación que trajo a la banda de nuevo al escenario, esta vez para despedirse. Dos veces tuvieron que hacerlo ante la insistencia del público.

Un concierto precioso, inolvidable, de esos que no se borran fácilmente. De esos sobre los que se hablará durante mucho tiempo. Y que se disfrutará aún más.

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