Standstill – Sala Heineken (Madrid)

Ser seguidor de Standstill se ha convertido en un estilo de vida. Pocas veces podemos afirmar, de verdad, que una banda nos ayuda a vivir. Vivalaguerra supuso una escisión, ya apuntada en su predecesor Standstill, que les transformó de referentes extraordinarios de post-hardcore a referentes inevitables de nuestros conflictos y experiencias cotidianas. El salto ha sido de vértigo y conlleva sentir su lírica en la epidermis misma. Qué les digo del miedo que existía en mí por que, a quemarropa, sus composiciones recientes se difuminaran. Nada más lejos de la realidad.

El repertorio giró en torno a sus dos últimos trabajos -¿de veras alguien a estas alturas pedía otra cosa?- y sonó valiente y poderoso gracias a una acústica nítida, riqueza de matices –ese teclado/guitarra de apoyo fue fundamental-, un Enric pletórico en el plano vocal, y lo más importante: una presencia escénica rotunda, a años luz de las inseguridades filtradas antaño.

El inicio sorprendió por su intensidad: “Poema nº 3”, “Yo soy el presidente de la escalera”, “¿Por qué me llamas a estas horas?”, “G.M.”, “Por todas las cosas”…noquearon con su maquinaria rítmica metrónoma. Qué hablar de lo que supone escuchar a escasos diez metros las letras de “Noticias del frente”, “La risa funesta” o “Víctor San Juan”: escalofríos.

Antes del bis, un encadenado hizo aflorar lágrimas: “1, 2, 3, sol” –emocionante comunión con el público- y el tiro de gracia con “Feliz en tu día” –aún más doliente que en estudio-. La vuelta al escenario supuso un guiño al pasado: “Let them burn” (versión The Latest Kiss), “Not the place” y “Always late”, que no rechinaron con respecto a todo lo anterior, precedieron a la magia de “Cuando”, dejándonos en la encrucijada entre la esperanza, la resignación y la añoranza.

Más vale que les mimemos, no estoy tan seguro de que nos les merezcamos tanto.

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