The Sadies – Sala Shoko (Madrid)

Sin prolegómenos ni artistas invitados, así tal cual se presentaron los canadienses The Sadies a su, más que numeroso público. ¿Para qué más? Si la noche ya estaba ganada de antemano.
Esto, sin ninguna soberbia, fue la realidad de una cita de variedad sin escondites en la que cuatro tipos consiguieron algo especial: hacer que lo difícil pareciese fácil. Porque para hacer un directo como el que se marcaron hay que tener un dominio instrumental que, sin ampararse en efectismos, fuese al grano con rotundidad. Y eso es lo que los hermanos Dallas y Travis Good y compañía consiguieron de sobra.
Con su reciente “Internal Sounds” aún caliente, los de Toronto se llevaron por delante al silencio con un constante devaneo festivo en el que, gracias a un discurso como banda absolutamente consistente y coherente, mezclaron estilos sin apenas esforzarse en mostrar los nexos que unía una canción con otra. Pero, aunque como hemos dicho la noche estaba ganada, el suyo fue un trayecto del menos a más, temperando los ritmos del concierto.
Esto quizás sucedió en parte a que mezclar en una noche latigazos de nervioso rock´n´roll, country enloquecido, instrumentales dignos del spaghetti western más truculento, power pop, punk o efectos psicodélicos, requiere cierta destreza para no dar un paso en falso en el intento. Por eso los Good y, el armazón rítmico de Sean Dean y Mike Belitsky, se aplicaron en la faena de no andarse con distracciones.

Uniendo canciones o saltando épocas, The Sadies, dejaron un sello de seguridad en un repertorio que, como ya es habitual en sus presentaciones, fue extenso y en el que no faltaron perlas como “STORY 19”, “Another Year Again”“Anna Leigh”, etc.  Títulos que traducían el ideario de una banda con un pulso envidiable.
Así, los trenzados de guitarras de los Good supusieron auténticas adivinanzas para saber quién era el que los estaba haciendo. Latentes y sugerentes, entraban y salían entre distintas velocidades y filigranas que, a la par, se reforzaban con el retumbar del contrabajo y la batería. Entonces las canciones se bastaban para dejar sobre el tapete que, siendo una banda de sobresaliente directo, guardaban elementos en los que se podía rascar para descubrir más cosas de su, de por sí, rico background.
Ciertamente hubo un lapso inquietante en el que la iluminación del escenario se fue. Pero ese fue otro momento que, de modo contraproducente, fue especial. Porque ver a los Good haciendo solos acelerados sin perderse en el camino fue encomiable. Quizás esa sea otra de las razones por las que los fans se fueron contentos. Porque se encontraron con un grupo que, fuese como fuese, iban a darles lo que esperaban de ellos. The Sadies lo hicieron, eso fue así. Bien por ellos y por quienes pudimos verles.
 

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