Death Cab For Cutie – Asphalt Meadows (Atlantic / WEA)

Inmerso en una etapa tranquila y reflexiva de su vida, lejos de los focos que alumbraron un éxito puede que inesperado, múltiples vicisitudes con pareja de relumbrón, adicciones varias y tiras y aflojas con el otro cabecilla de la banda, Chris Walla, hacía tiempo que, quienes en su día conectamos con la sensibilidad y la innegable clarividencia compositiva de Ben Gibbard, habíamos perdido la fe entre discos mediocres que ensombrecían un legado lustroso que cada vez resultaba más borroso y lejano. 

Quizás cuando menos esperanzas teníamos y en el tiempo de descuento, cuando muchos ya arrancaban hacia casa evitando el tráfico infernal de vuelta, los destellos de la inspiración consiguen abrirse paso entre los nubarrones, y lo hacen  vigorosos y decididos, en forma de once canciones que suenan creíbles y que por fin nos hacen reconocer a la banda que en su día logró marcarnos con logros del calibre de “The New Year”, “We Looked Like Giants”, “Soul Meets Body”, “A Movie Script Ending” o “Photobooth”, por citar solo algunos. Y es que mucho de lo presentado en este notable Asphalt Meadows (Atlantic, 2022) sintoniza con la magia de sus trabajos publicados hasta el algo tibio Plans (Atlantic, 2005), que supuso el salto a una major y el principio del declive progresivo de su carrera. 

Ya desde los primeros acordes de “I Don’t Know How To Survive” se respira un inconfundible aroma a ese indie-rock tan fuera de tiempo hoy en día, hermanado con Built To Spill, Yo La Tengo, Pavement, Sebadoh y también escorado al pop de Elliott Smith, nombres que tanto calaban en la época post-grunge de We Have The Facts And We Are Voting Yes (Barsuk, 2000), The Photo Album (Barsuk, 2001) y sobre todo en la de esa cima absoluta que fue Transatlanticism (Barsuk, 2003). Palabras mayores, no cabe duda. Y es justo en ese punto donde su nueva criatura hubiera enlazado con total sentido y naturalidad. 

El balance resulta ilusionante desde la primera escucha y convence como ya casi ni recordábamos. Los ingredientes son reconocibles desde el inicio, las líneas maestras de su fórmula no han cambiado, pero hacía mucho que no los combinaban con semejante frescura y nivel de acierto. La distorsión pellizca aguerrida e incisiva, la voz de Gibbard traspasa la epidermis y las melodías consiguen cuajar. Vaya si lo hacen. Tanto que es fácil mirar por el retrovisor y adivinar su silueta esbelta y rejuvenecida ya sea palpitando al ritmo de su vertiente más emo y que parecía ya olvidada (enorme “Foxglove Through the Clearcut”), o redondeando brillantes singles de pop atemporal sin caer en lo edulcorado de sus últimos discos (“Roman Candles”, “Here To Forever” y los que seguramente pronto lo serán: “Asphalt Meadows” y “I Miss Strangers”), sin olvidar esos medios tiempos en los que tan bien se manejan (“Rand McNally”, “Pepper”, “Wheat Like Waves” o una “Fragments From The Decade” de letra hiriente y transitar que acaricia una explosión que nunca acaba de llegar, manteniendo la tensión y la emoción intactas). 

La saneada producción de John Congleton (St. Vincent, Lana del Rey…) contribuye a que todo esté en su sitio en las proporciones adecuadas. Probablemente ya nadie esperaba un buen disco de Death Cab For Cutie, y menos en esta coyuntura. Por eso, la alegría es doble.

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