Howe Gelb – Centro de Arte Contemporáneo (Sevilla)

Penúltima semana de la primera parte de Nocturama. Noches del miércoles y jueves, monográficos de sendos sellos de Chicago, Thrill Jockey y Kranky. En la primera casa se hospeda un tipo con la mirada sabia, calzado con zapatos de piel de serpiente, pantalones de pitillo y tocado por un sombrero clásico azul casi negro. Más público que ninguno de los otros días, un manojo de habituales de la nocturnidad artistica sevillana, miembros de bandas, plumillas varios y algún que otro pequeñajo (curioso, en el Nocturama siempre podemos ver a mas de un crío entre el público) que corría abstraído de lo que allí acontecía. Howe Gelb tardó mas lo deseado en acceder al escenario, pero en cuanto lo hubo hecho el silencio se cernió sobre el CAAC. La de Gelb es una figura que infunde respeto, que se recorta en el fondo con la precisión de un tajo afilado y que contiene más de veinte años de carrera desde su proyecto Giant Sand. Como otros artistas que tiran de folklore popular como Dominique A (aunque bastante más purista que éste), Howe se basta y se sobra solo para dar forma a unas canciones perfectas en duración y sentimiento. Un teclado, una guitarra y pedaleras de efecto para micro y guitarra que desarrollaban el espíritu de Johnny Cash, donde hubo espacio para que apareciesen alguno de los temas de su postrero Sno Angel Like You, pero sin coro gospel, que descansaba cautelosamente ante su concierto en la fiesta presentación del FIB’06.

El recital (porque es lo que fue, tanto de composición como de chorro de voz) duró una hora. Howe arrastraba las sílabas de un modo tortuoso, pulsaba ligeramente teclas de piano mientras buscaba entre el público una sonrisa cómplice. A veces sorprendía añadiendo efectos ambientales a su guitarra, entremetía melodías populares como el “Fly Me To The Moon” mil veces interpretado por Sinatra. Hasta se atrevía a entablar hermosos dialogos a solas con el teclado y sin voz, aclarando el ambiente con baladas crepusculares. Western, country, postales polvorientas para una road movie que muchos de los presentes hubiesen preferido en una sala más intima y recogida, para alcanzar eso que comunmente denominamos ”entrar dentro de…” Sin embargo, cautelosamente tuve a bien de enfrentarme al bigotudo de Tucson en primera fila, junto a un chico que bebía whisky de una petaca y repetía como una letanía ”qué monstruo”. Y entré de pleno, atisbé cada uno de los elegantes y cansados movimientos del autor, se me erizaba el vello con su voz cavernosa que sonaba a veces a un tom Waits suavizado.

La noche de ayer la ganó el sonido americano, después de haber asistido en anteriores semanas a electrónica de juguete y al post rock. Próximo capítulo, The Dead Texan. A por el drone, y más allá.

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