Leonard Cohen – Popular Problems (Sony Music)

Hace ahora una década Leonard Cohen publicaba Dear Heather (Sony, 2004), un álbum que tenía algo de evocación de un pasado glorioso, de aroma a despedida y también, por qué no decirlo, de trabajo hecho con el piloto automático puesto. Casi al mismo tiempo se descubría que su amiga y representante Kelley Lynch llevaba años apropiándose de su dinero, dejando al canadiense prácticamente en la ruina. Este desafortunado suceso impulsó al autor de “Suzanne” a regresar a la carretera, después de muchos años, con el objetivo de reparar sus finanzas aprovechando la popularidad de su cancionero. Hasta aquí, nada fuera de lo normal: en los últimos años se cuentan por docenas los artistas retirados (o casi) que han vuelto a por su parte del pastel.

Lo que diferencia a Leonard Cohen de otros es que, a pesar de que posiblemente sus ingresos no serían demasiado inferiores si se hubiese dedicado simplemente a girar e interpretar sus viejos éxitos, a sus casi 80 años ha sacado fuerza y ánimo para crear dos discos en tres años (¡y ofrecer conciertos de tres horas!), algo inaudito en una carrera que contaba hasta entonces con sólo once referencias en estudio a lo largo de casi cuatro décadas. El primero, Old Ideas (Columbia, 2012), nos mostraba a un autor sólido que, con la ayuda del productor Patrick Leonard (conocido por estar detrás de los mejores álbumes de Madonna), entregaba una serie de canciones ciertamente inspiradas aunque plagadas de autorrefencias. El segundo, Popular Problems (Sony, 2014), vio la luz justamente el día de su 80º cumpleaños.

Este puñado de canciones, algunas de ellas totalmente nuevas, otras en preparación desde hace unos años, insisten en la propuesta temática, estética y sonora del último Cohen. Encontramos así cierto humor autoparódico (como en “Slow”, el crudo y juguetón pseudo blues que abre el álbum), preocupación por la situación política (“Nevermind” y sus referencias árabes acompañadas de un bajo funky), religión (“Born in chains”), una posición de dignidad ante el paso del tiempo (“You got me singing”) y, por supuesto, el amor visto desde la atalaya de la vejez con los consiguientes arrepentimientos y autoinculpaciones (“Did I ever love you” y su estructura dual, con la raspada, arrastrada y ajada voz de Cohen respondida por unos alegres y juveniles coros a ritmo country).

El lienzo escogido por cantante y productor para servir de soporte a estos temas es sencillo pero impecable: los arreglos justos y necesarios para adornar las voces sin esconderlas; los ya consabidos coros femeninos, doblando la voz principal pero siempre unos pasos por delante o por detrás (de nuevo con la intención de destacarla), un efectivo truco usado a lo largo de todo el álbum pero evidente sobre todo en la magnífica y emocionante “A street”; una atmósfera de jazz, de club tranquilo, como si el Tom Waits de los 70 hubiese poseído el alma de Cohen (escúchese “Samson in Nueva Orleans”); finalmente la voz, su voz, que con su tono grave (cada vez más) y sus particular forma de recitar (sí, de nuevo hay algún escarceo con ritmos de vals) le da personalidad y solidez al álbum para comodidad de un oyente que constatará rápidamente encontrarse en terreno conocido.

Tiene mucho mérito para Leonard Cohen haber construido un álbum echando mano de canciones compuestas en diferentes épocas, forzado por circunstancias económicas, con 80 años, y que el resultado no sólo sea atractivo, interesante, consistente y digno dentro del contexto de su carrera, sino que además podamos decir, sin miedo a hacer el ridículo, que estamos ante su mejor trabajo de los últimos 20 años.

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