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Parrita: se apagó la voz de la balada gitana

Vicente Castro Giménez, el gran Parrita, moría el pasado lunes después de hacer frente a múltiples complicaciones de salud. Después de sufrir un ictus hace un tiempo, se encontraba realizando sesiones de diálisis cuando se le presentaron problemas que desembocaron en un derrame cerebral. A pesar de estas contrariedades, y en plena época de confusión general, estaba ilusionado, porque estaba ultimando lo que iba a ser su vuelta a la actividad artística con un álbum que tenía como título La Ciudad De Los Abrazos.

Al valenciano – nacido en el barrio de Nazaret-, gran regenerador de la rumba gitana y de la balada flamenca, fue ninguneado por los programadores culturales de este país, por no decir que Barcelona, cuidad que le acogió cuando él tenía veinte años, rara vez le llamaban para algún certamen cultural. Pocos abrazos recibió por parte de una ciudad que ve la alteridad étnica como algo abocado a las asociaciones culturales, algunas bajo subvención, pero que están al margen de la programación oficial. Yo tuve la suerte de verle en directo, y recuerdo con gran estima cuando se subió al escenario como gran estrella invitada en la XX edición del Concurso de Cante Flamenco De La Mina. Este festival que se celebra en San Adrián del Besós (Barcelona) es un gran escaparate para que las jóvenes promesas del flamenco gitano tengan la posibilidad de subir a un escenario a representar su arte. Hace diez años vi al gran Parrita encaramado a la tarima tocando las palmas, y cantando con su poderosa voz sus baladas o tangos arrumbaos. Fue una noche muy especial en donde se respiraba arte en su acepción más libérrima con un público (gitano en la inmensa mayoría) que jaleaba cada quejío, cada palma, cada requiebro de voz de los que allí se subían a cantar.

 

 

Siempre he tenido debilidad por Parrita, y creo que esta debilidad me viene por parte materna. Muy coplera ella, le encantaba la voz del valenciano, y la oía canturrear sus canciones mientras cocinaba. A lo lejos musitaba letras que se le olvidaban. Mi madre no asimilaba a Parrita como cante flamenco, lo asociaba a la narrativa eufórica y descarnada del bolero.

Una de las veces que estuvo ingresada en el hospital, creo que ya de las últimas antes de su fallecimiento, mi madre compartió habitación con una mujer gitana que no recuerdo su nombre. Una gitana que leía las rayas de las manos a mi madre, mientras ella, conectada a un respirador, la miraba con cierto escepticismo, aunque con respeto. La habitación muchas veces se llenaba de visitas que tenía la mujer, mitad bruja, mitad todo corazón y bondad. Una de sus hijas le cantaba canciones a mi madre, y algunas eran de Parrita. Las enfermeras la hacían callar, e Isabel, mi madre, ponía media sonrisa sin saber que decir. Cuando la enfermera de iba, la hija, que era una polvorilla, se iba al pasillo a comprobar que la enfermera gruñona estaba lejos para retomar sus sus jaleos, sus palmas, y ese arrojo vocal que tanto entretenían a mi madre.

Me entero de la muerte del cantante y telefoneo a Cathy Claret, artista que desde hace muchos años conoce, y ha vivido muy de cerca las visicitudes del autor de gemas como “Eres Mía”. Cathy lleva un par de días desolada. Para el pueblo gitano era un referente junto a Remedios Amaya y Camarón. Me cuenta la cantante francesa que el Tio Baftian y él le pusieron el apodo de “canastera” hace muchos años, y el motivo era porque tenía el alma pura. Y sigue teniéndola, doy fe.

Parrita y sus letras (toda una exaltación a los sentimientos más profundos) eran una debilidad para los gitanos, que se reflejaban en esta narrativa como a un espejo que les devolvía el reflejo de sus almas también puras. Me sigue relatando Claret que Parrita dijo un día que “para ser gitano hay que ser canastero, haber dormido en los ríos, y haber pasado fatigas”. Descanse en paz, maestro.

 

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