Weyes Blood – And In The Darkness, Hearts Aglow (Sub Pop / Popstock!)

Con Natalie Mering me pasa un poco lo mismo que con el universo creado por Lana Del Rey: las dos amigas habitan un espacio-tiempo que es difícil aprehender, y es complicado de situar en alguna coordenada factible. Me fijo en la portada: la mirada es la de una mujer que fija su punto en el infinito, es la representación de la nostalgia de la mujer blanca que anhela algo que no ha podido vivir. El escritor Grafton Tanner habla de “nostalgia mediatizada”, o lo es lo mismo, una nostalgia por los sonidos e imágenes del pasado pero que no tienen por qué tener relación con los medios en los que esta se ha canalizado (que si en cintas VHS, en casetes…). Weyes Blood, sin ir más lejos, en el video de su sencillo “It’s Not Just Me, It’s Everydody” -tema que abre su último disco- viste como Gene Kelly en la película de George Sidney Anchors Away de 1945, y ella despoja a este homenaje de cualquier atisbo de nostalgia porque ella no ha vivido esa época y se permite reapropiarse de ese espacio-tiempo para devolvernos unas imágenes de una América inventada, como diría Luis Boullosa en su libro sobre Lana Del Rey. El estar fuera de un tiempo no vivido permite esta reapropiación simulada, teatralizada.

Es fascinante este simulacro en el que se ha convertido Weyes Blood, una mujer que tiene un aura especial. La portada de este solemne And In The Darkness, Hearts Aglow (Sub Pop, 2022) aparece vestida de época, con una luz en su pecho que simboliza un corazón candente, y una mano en su pecho. La misma artista comenta en una entrevista para la revista Wire que es un pastiche entre ET, Blade Runner y las novelas de Jane Austen. Además, añade al final de esta entrevista que un corazón no puede estar realmente lleno hasta que no ha sido roto en más de una ocasión:  romanticismo kamikaze en tiempos de alienación virtual.

Las diez canciones del elepé son de un gran virtuosismo, y la demostración de que esta artista se encuentra en un momento dulce. El piano en “Children of The Empire” abre una tonada que se expande en una pieza de pop orquestado en cinemascope, y en “Gravevine”narra su añoranza por volver a un espacio de ensueño, de seguridad, lleno de vides y faroles de gas. Un Los Angeles que solo pertenece a Natalie Mering.

Los ingrávidos sonidos de “God Turn Me Into A Flower” son de una emoción extrema, y encara el estribillo con un “Cause the person on the other side has always just been you” que desarma:  eso es precisamente lo que somos en el espacio que habita Weyes Blood, las sombras de un espejo que devuelve imágenes distorsionadas.

Laura Nyro o Joni Mitchell danzan al son de la hermosa “Hearts Aglow”, una oda al amor y a la libertad simbolizada en la velocidad de un coche y en el vaivén del ritmo de las olas. “Oh, hearts aglow/We don’t know where we’re going/Oh, hearts aglow/We don’t know where we’re going”.

El compás de una caja de ritmo y unos coros celestiales van guiándonos por los meandros de “Twin Flames” en la que Blood nos avisa de que en el amor somos algo más que disfraces. La instrumental “In Holy Flux” recuerda al paisajismo fantasmal de Daniel Lopatin, para después arrancarse con el impetuoso mensaje de dejar atrás todo lo malo y ver a gente nueva, nuevos espacios después de todo el mal pasado tras el confinamiento. Ese es el leitmotiv esperanzador de “The Worst Is Done”, para acabar en plan Dionne Warwick guiada por Bacharach en la inmensa “A Given Thing”. Me gustaría habitar en esta fantasía y no volver jamás.

Escucha Weyes Blood – And In The Darkness, Hearts Aglow

 

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